La última promesa Capítulo 1. El primer día
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Capítulo 1. El primer día

El primer día

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Alejandra Ríos tenía ocho años y una opinión muy clara sobre los niños nuevos: no se les debía hablar el primer día. Había que observarlos primero, como hacía su padre con las noticias antes de escribirlas.

—Uno no publica lo primero que oye —le decía Tomás Ríos mientras se ajustaba los lentes en la mesa de la cocina—. Uno pregunta, compara y espera. La verdad tiene paciencia.

Así que cuando la maestra Clara entró al salón de tercer grado con un niño flaco de cabello oscuro, mochila azul y una venda en la rodilla, Alejandra se cruzó de brazos y decidió esperar.

—Él es Gabriel Herrera —anunció la maestra—. Su familia se acaba de mudar desde el otro lado del río. Espero que lo reciban como se merece.

Veintisiete niños dijeron «bienvenido, Gabriel» con ese tono cantado que se usa en las escuelas para todo.

Gabriel no dijo nada. Miró el salón con unos ojos grandes, color café claro, que se detuvieron un segundo en cada cosa: las ventanas, el mapa descolorido, el pez dorado en la pecera del fondo. Luego se detuvieron en Alejandra.

El único lugar libre estaba junto a ella.

Por supuesto.

Gabriel se sentó sin hacer ruido. Sacó un cuaderno de dibujo, no uno de los de rayas que pedía la escuela, sino uno grueso, con tapas de cartón y las esquinas dobladas, y un lápiz tan corto que apenas se podía sostener.

Alejandra lo miró de reojo durante toda la clase de matemáticas.

Gabriel no copiaba los números del pizarrón. Dibujaba.

Dibujaba la ventana. No la ventana tal como era, sino como sería si alguien la hubiera hecho con cuidado: con un arco arriba y unas flores de hierro en la reja.

—Eso no está ahí —susurró Alejandra antes de poder evitarlo.

Gabriel levantó la vista.

—Ya sé —contestó, también en susurros—. Pero debería.

Ella abrió la boca para decirle que eso no tenía sentido y la volvió a cerrar, porque de alguna manera sí lo tenía.

Durante el resto de la mañana no dijeron nada más.

Pero en el recreo, cuando Héctor Soto y sus amigos rodearon al niño nuevo junto a los columpios para preguntarle por qué tenía la rodilla vendada y si se había caído «como un bebé», Alejandra se descubrió caminando hacia ellos con los puños cerrados.

—Se cayó de un árbol —dijo, aunque no tenía la menor idea—. Del más alto del otro lado del río. ¿Tú te has subido alguna vez a uno, Héctor?

Héctor no se había subido nunca a ningún árbol, y todos lo sabían. Se fue murmurando algo sobre que las niñas no deberían meterse. Gabriel se quedó mirándola.

—No me caí de un árbol —dijo cuando estuvieron solos.

—Ya sé.

—Me caí de la bicicleta. Bajando la loma del puente.

—Eso es casi lo mismo.

Gabriel lo pensó con seriedad. Era un niño que pensaba todo con seriedad, como Alejandra descubriría con el tiempo.

—No, no es lo mismo —dijo al fin—. Pero gracias.

Después le tendió la mano, con una formalidad tan extraña en un niño de ocho años que Alejandra soltó una carcajada. Se la estrechó de todos modos.

—Alejandra Ríos.

—Ya sé. Lo dice tu cuaderno.

—Es de mala educación leer cuadernos ajenos.

—No lo leí. Lo dibujé.

Y era verdad. En la última página de su libreta de tapas de cartón, entre bocetos de ventanas y puentes, había un dibujo pequeño de una niña con dos trenzas, el ceño fruncido y los brazos cruzados. Abajo, con letra torcida, decía: La niña que no quiere hablar.

—Hablo mucho —protestó ella.

—Ahora sí.

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En un pueblo pequeño, una amistad de escuela no tarda en volverse costumbre.

Antes de que terminara el primer mes, Alejandra y Gabriel caminaban juntos a la salida por la calle de los almendros, que bajaba desde la escuela hasta la plaza.

Ahí se separaban: ella entraba a la panadería de su madre, que siempre olía a pan de anís y a café, y él seguía calle abajo hasta la casa de los Herrera, una construcción de dos pisos con un portón verde, a dos cuadras de la comisaría donde trabajaba su padre.

Andrés Herrera era policía. Era un hombre alto, de bigote espeso y voz suave, que saludaba a todo el mundo por su nombre.

A Alejandra le cayó bien desde el primer día, porque cuando Gabriel la presentó como «mi amiga Alejandra», él no se rio ni hizo ninguna broma, sino que se quitó la gorra y le dijo:

—Mucho gusto, señorita Ríos. ¿Usted es la hija de Tomás, el del periódico?

—Sí, señor.

—Entonces dígale a su papá que el artículo sobre el puente estuvo muy bien. Aunque a la alcaldía no le haya gustado.

Alejandra se lo dijo esa misma noche, y Tomás Ríos sonrió de una manera que ella no entendió del todo.

—Andrés es un buen hombre —dijo su padre—. Hay pocos.

—¿Pocos policías buenos?

—Pocos hombres buenos, hija. Los policías son hombres, nada más.

Elena, su madre, le lanzó a su marido una mirada por encima de la olla de sopa, una de esas miradas de adultos que significaban «no delante de la niña».

Alejandra las coleccionaba. Las anotaba en su libreta de tapas rojas, la que su padre le había regalado para su cumpleaños con una dedicatoria: Para la mejor periodista de la familia.

Tenía una lista entera de «Cosas que los adultos no dicen».

La mirada de esa noche fue la número diecisiete.

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Los sábados, si no llovía, Martín los llevaba al río.

Martín Herrera era primo de Gabriel, aunque tenía veinte años más que él y a Alejandra le parecía más un tío joven que un primo.

Era agente de policía, como Andrés, pero no se parecía en nada a él: era ancho de hombros, se reía muy fuerte y siempre llevaba colgada al cuello una cámara fotográfica plateada, de esas que imprimían la fecha en una esquina de cada foto con unos numeritos naranjas.

—Para que nadie diga nunca que no estuvimos aquí —explicaba, guiñando un ojo, cada vez que les hacía una foto.

Les enseñó a pescar con hilo y anzuelo en el remanso debajo del puente de hierro.

Les enseñó a reconocer las huellas de las garzas en el barro y a no meterse nunca al agua más allá de las piedras grandes, porque el río, decía, «tiene más memoria que la gente y menos paciencia».

También les enseñó a hacer rebotar piedras planas sobre el agua.

Gabriel llegó a seis rebotes en una tarde.

Alejandra, que no soportaba perder, se quedó practicando hasta que se hizo de noche y llegó a siete.

—Eres terca como tu padre —le dijo Martín, divertido, mientras los llevaba de vuelta en su camioneta.

—Mi papá dice que la terquedad es la paciencia de los que tienen razón.

Martín se rio, pero luego se quedó callado un buen rato mirando la carretera. Alejandra pensó que era la número dieciocho, aunque no estaba segura de que contara, porque Martín no había dicho nada. Solo había dejado de reírse.

✦ ✦ ✦

Hubo un día, ese primer otoño, que Alejandra recordaría siempre, aunque al principio no supo por qué.

Era la semana de la Fiesta de las Máscaras. La escuela organizaba un taller para que los niños hicieran sus propias máscaras de papel maché, y la maestra Clara les pidió que trabajaran en parejas. Alejandra y Gabriel no tuvieron que mirarse para decidirlo.

Ella quería hacer un lobo. Él quería hacer un búho.

—Los búhos son aburridos —dijo ella.

—Los búhos ven en la oscuridad —respondió él—. Ven lo que nadie más ve.

Al final hicieron las dos: un lobo gris de orejas puntiagudas para ella y un búho de ojos enormes para él, pintados con témperas que les mancharon los dedos durante una semana.

La noche del desfile caminaron juntos por la plaza, detrás de la banda, con las máscaras puestas.

Fue entonces, mientras los adultos bailaban y los cohetes estallaban sobre el río, cuando Gabriel se detuvo de repente en la esquina de la calle que bajaba a la estación.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—Hay una señora llorando.

Alejandra miró. En la sombra del viejo kiosco, lejos de los faroles, una mujer mayor, de cabello blanco recogido en un moño, miraba hacia la estación con un pañuelo apretado contra la boca. No llevaba máscara. Era la única persona en toda la plaza que no llevaba máscara.

—Es la señora Montero —dijo una voz detrás de ellos. Era Elena, la madre de Alejandra, que había salido de la panadería con una bandeja de buñuelos—. Pobre mujer. Cada año viene a mirar.

—¿A mirar qué? —preguntó Gabriel.

Elena dudó. Y Alejandra, que coleccionaba silencios, supo que estaba a punto de oír una mentira.

—Las luces, mi amor. Solo las luces.

Esa noche, en su libreta de tapas rojas, Alejandra escribió con letra cuidadosa: 19. La señora Montero llora mirando la estación. Mamá dice que mira las luces. No es verdad.

Luego, antes de dormirse, añadió una línea más, porque le pareció importante y porque no tenía a nadie más a quien contárselo:

Gabriel también lo vio. Gabriel ve lo que nadie más ve.