La última promesa Prólogo
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La última promesa

La última promesa

Por Vicente Garca

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Prólogo

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Algunas promesas se hacen con la boca y se olvidan antes de que termine el día. Otras se hacen con el corazón entero, a los doce años, de rodillas sobre unas tablas podridas, y se quedan esperando. No envejecen ni se rinden. Esperan.

La noche en que murió Julián Arce, el pueblo entero llevaba máscara.

Era la última noche de la fiesta de otoño, y las calles que bajaban hacia el río olían a castañas asadas y a pólvora de cohetes.

Por la plaza pasaban zorros de cartón, lunas de papel maché, diablos de ojos dorados y reinas de plumas.

La banda tocaba sin parar debajo de los faroles.

Nadie miraba hacia la estación. Nadie miraba nunca hacia la estación después de que salía el último tren.

Isabel Montero sí miraba. Desde la ventana de la oficina del telégrafo vio la lámpara de Julián moverse por el andén, de un extremo al otro, como hacía cada noche antes de cerrar. Luego vio otra luz, la de los faros de un automóvil que no debía estar ahí, apagarse junto al depósito de carga.

Escuchó voces. Primero bajas, luego no tanto.

Cuando salió al andén, con el corazón golpeándole las costillas, la lámpara de Julián estaba en el suelo, todavía encendida, rodando despacio hacia el borde. Y junto a las vías había un hombre con una máscara de halcón que se volvió hacia ella.

Isabel no gritó. Años después, esa sería la parte que más le costaría perdonarse: que no gritó. Retrocedió hacia la oscuridad, contó sus pasos como le había enseñado su padre cuando era niña, y no dejó de contar hasta que tuvo la puerta del telégrafo cerrada a la espalda.

Tenía muy poco tiempo y lo supo enseguida.

Abrió la caja fuerte, puso dentro todo lo que Julián le había confiado y una hoja escrita a toda prisa con su propia letra.

Giró la rueda de la combinación tres veces.

Después se quitó el medallón del cuello, lo apretó un segundo contra los labios y salió por la puerta de atrás, hacia el río.

A la mañana siguiente, unos pescadores encontraron su chal rojo enredado en las raíces de un sauce. El río iba crecido. Nadie la buscó demasiado.

Treinta años más tarde, una fotografía llegaría en un sobre sin remitente, y dos personas que se habían jurado algo cuando eran niños tendrían que decidir si todavía les importaba cumplirlo.

Esta es la historia de esa promesa.

Es, también, la historia de cómo se rompió.

Y de cómo, a veces, las cosas rotas encuentran la manera de volver a unirse.