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Antes de oír nada, Rubén percibió una presencia en el soplo de aire que bajaba por la escalera.
Se quedó inmóvil, con la piel erizada bajo la armadura y el disfraz de Aquiles adherido a su cuerpo como una segunda piel.
En su mente, los límites entre lo que era y lo que representaba se habían difuminado. Ya no era Rubén Pita. Era el héroe.
Se apretó contra la pared con la determinación de un dios antiguo.
La espada brilló con la violencia de un relámpago y cayó con precisión sobre el arma que Santiago acababa de empuñar.
El metal saltó en el aire y la pistola fue a parar bajo el arcón.
Desarmado, Santiago retrocedió un paso, solo uno, antes de cuadrar los hombros y mirar a su adversario de frente.
—¿Qué has hecho con ella?
—¡Papá! —Fue un grito ahogado, que casi no pudo salir de su garganta.
Rubén no respondió. El brillo en sus ojos era el de un iluminado. Sujetaba la espada con ambas manos, con la teatralidad de un actor convencido de su papel. Aquiles, el gran héroe de los Mirmidones, dispuesto a matar por su destino.
El primer tajo fue horizontal, buscando el cuello.
Santiago lo esquivó a tiempo, pero el filo le rozó la mejilla que comenzó a sangrar.
Siguió una estocada directa al pecho que logró desviar con un giro de hombros.
La hoja rebotó contra el marco de una estantería y el sonido metálico reverberó en las paredes.
Rubén atacaba siguiendo los pasos de una coreografía sagrada. Cada movimiento era preciso, ensayado, como si no luchara contra un hombre, sino contra el eco de un mandato antiguo.
Santiago se defendía con los puños, los codos, lo que tuviera a mano. Se lanzó contra él con el hombro, lo empujó contra una columna y lo hizo tambalearse, pero Rubén se rehízo enseguida y le asestó una patada en el estómago que lo dobló.
El hombre que se le venía encima a Santiago no era el médico. Era un espectro enloquecido.
Después vino un tajo que le abrió el brazo y luego otro que le alcanzó la pierna.
Santiago no se rendía. La pelea entre ambos hombres parecía llevar años. El padre y el asesino de las mil caras se enfrentaban en una batalla que no era solo física. Era un enfrentamiento ancestral, una herencia que ardía en su sangre desde hacía generaciones.
Lucía gritaba. El ruido de la pelea la había sacado del trance del dolor.
Las siluetas de ambos hombres se movían violentas, rápidas, entre las cuatro paredes del sótano.
Su padre esquivaba los embates con la agilidad de quien se sabe en inferioridad, pero la espada de Rubén empezaba a abrirle heridas y su pantalón comenzaba a teñirse de sangre.
Santiago cayó sobre una rodilla y comenzó a notar el calor pegajoso del dolor.
—No la vas a tocar —dijo, justo en el momento en el que alzaba la cabeza con los ojos fijos en el monstruo que tenía delante—. Tendrás que matarme antes.
—Eso haré —respondió Aquiles por fin, con la voz apagada detrás del casco.
Lucía contuvo el aliento. Empezó a tirar con fuerza de la cinta que sujetaba su muñeca izquierda. La sangre le bajaba por el antebrazo, pero no se detuvo. Aprovechó el filo del puñal clavado junto a su muñeca y comenzó a raspar el borde del adhesivo mientras sus ojos no se apartaban del combate.
Santiago retrocedió, desarmado. Pero no indefenso.
Rodó hacia el arcón buscando la pistola y levantó la tapa justo a tiempo para bloquear el siguiente tajo.
El choque de la espada con la cubierta del arcón le entumeció los brazos, pero se mantuvo firme.
No era la primera vez que peleaba por su vida.
Pero sí era la primera vez que lo hacía con la vida de su hija en juego.
Lucía gritó, encolerizada, destrozada por lo que presentía inevitable. Forcejeaba con la cinta de su muñeca. Tiraba con una fuerza desesperada mientras la piel se le desgarraba y sus ojos permanecían clavados en su padre, que esquivaba los ataques con reflejos cada vez más lentos.
Rubén lo hería.
Su padre caía poco a poco.
Lo iba a matar.
Lo sabía.
Rubén embistió de nuevo.
Santiago esquivó y se arrastró. Sintió el filo de la espada cortar el aire a centímetros de su pecho. Se estiró y soltó una patada, pero el asesino se movió con una velocidad casi animal.
El dolor se dibujó en el rostro de Santiago como si fuera también un convidado de piedra.
Con las pocas fuerzas que tenía, intentó ponerse en pie para iniciar el ataque.
Pero un tajo lo volvió a herir.
Y cayó de rodillas.
Vio su propia sangre extenderse por la camisa. Alzó la vista. Rubén lo observaba con la paciencia fría del cazador que va a rematar a su presa. Santiago intentó incorporarse, pero ya no le respondían las piernas.
Rubén se giró hacia la lanza apoyada en la pared. La tomó con ambas manos y la alzó con solemnidad. Parecía una estatua de mármol griego lista para rematar al enemigo vencido.
Dio un paso hacia su enemigo dispuesto a ejecutar al policía metomentodo con una lanzada.
Con el aliento de la muerte ya sobre el pecho, Santiago vio a su hija liberarse de las ataduras y empuñar un puñal. Le sangraban los brazos, pero no le temblaban.
—Aléjate de él —chilló Lucía. El grito que lanzó fue más un rugido que una palabra, amplificado por el eco de las paredes de hormigón.
Santiago no entendió lo que decía, solo sintió el torrente de fuerza que había detrás de su voz.
Rubén se giró.
Y entonces, un brillo metálico cruzó el aire.
El puñal atravesó el espacio en un instante y se clavó con fuerza en la parte alta de su abdomen.
Rubén se arqueó de dolor y la lanza resbaló de sus manos. Bajó la mirada hacia el puñal clavado en su cuerpo y, al alzarla de nuevo, encontró a Lucía frente a él. De pie. Libre. Con los ojos llenos de rabia, las manos manchadas de sangre y con otro puñal en la mano.
Santiago aprovechó el momento. Se arrastró hasta la lanza, la apartó de un golpe, y se incorporó con esfuerzo. El suelo estaba lleno de sangre. Suya. De Rubén. De nadie más.
Rubén trató de moverse, pero la realidad empezaba a abrirse paso en su mente. El delirio se resquebrajaba. Ya no era Aquiles. Ya no era invencible. Solo era un hombre herido, traicionado por la ficción que se había construido para soportar la realidad.
Y el segundo puñal voló.
Fue un destello de bronce. Un relámpago que cruzó el aire. Se clavó en el corazón del asesino con un sonido sordo, preciso. Rubén dio un paso torpe hacia delante y después cayó desmadejado.
Santiago lo vio desplomarse en el suelo. Inmóvil.
Lucía corrió hacia su padre. Cayó de rodillas a su lado y lo rodeó con los brazos. Le apretó la cabeza con fuerza contra su pecho y lo besó.
Santiago intentó hablar, pero le faltaba aire. Solo pudo observarla, hundirse en la mirada de su hija y saber que estaba viva. Que había luchado. Que por fin había dejado de ser la princesa que todos querían salvar. Que ahora era ella quien salvaba a los demás.
Escucharon pasos descender por la escalera. Daniel y los agentes llegaban tarde, como en las películas.
El combate había terminado.
Pero la guerra no.
Santiago cerró los ojos. Solo para retener esa imagen. La de Lucía libre. La de su hija convertida en lo que siempre había sido, una luchadora.
La última princesa de Troya.