La última princesa de Troya 87
98%

87

La valla metálica cedió con un crujido seco, apenas audible entre las ramas de los cipreses que rodeaban la propiedad.

Santiago Reyes saltó al interior con la agilidad de quien ha entrenado para hacerlo en silencio.

El inspector Daniel Santos cayó detrás de él.

Los dos policías los siguieron, uno tras otro, con el sigilo de cazadores en terreno enemigo.

La noche se había vuelto cálida, cargada de esa electricidad vaga que precede al drama.

El jardín era un laberinto de sombras. La luna, casi oculta entre nubes, dejaba filtrar su luz sobre el área exterior de la casa. El césped estaba mojado y el aire tenía ese olor húmedo y áspero de las noches de huerta, con el agua estancada en las acequias.

—Daniel —susurró Santiago sin volverse, en voz baja—. Registra la casa.

—Entendido.

—Vosotros —miró a los policías—, rodead la casa por atrás y revisadla. Con cuidado. Yo me encargo del cobertizo.

Los tres asintieron y se separaron en silencio.

Rodearon la piscina que reflejaba con inquietante claridad el movimiento de las nubes.

El agua tenía un tono turquesa, como de cala natural.

La casa, iluminada por la luz difusa del cielo nocturno y los focos, parecía deshabitada.

Pero Santiago sabía que no estaba solo. Lo sentía en el pecho, ese cosquilleo palpitante que nunca fallaba.

Se acercó al cobertizo. Era una estructura baja, con un portón metálico deslucido por el tiempo. Se agachó frente a la cerradura, sacó una pequeña ganzúa del bolsillo interior de su chaqueta y comenzó a trabajarla. En menos de medio minuto, la cerradura hizo clic.

Levantó el portón con lentitud para evitar que chirriase.

El interior olía a metal y gasolina. A mano derecha, dos coches aparcados y una moto, similar a la que se veía en las imágenes del asesinato de la familia Fajardo.

A mano izquierda, una estantería con equipos de buceo y de caza, gorras y cascos de moto.

En las paredes, colgadas con orden casi militar, herramientas de todo tipo: llaves inglesas, sierras, taladros, destornilladores.

Algunas más grandes, más pesadas, más inusuales.

Santiago pensó en los cuerpos del hospital, en el asesinato del matrimonio de buceadores.

Aquello no era un simple garaje. Era un santuario de la muerte.

Avanzó con cautela. Analizó cada rincón, cada caja, cada grieta en el suelo. Apartó una esterilla, golpeó las paredes con los nudillos, buscó un sonido hueco, una anomalía. Nada. Nada que delatara una entrada. Y sin embargo, algo no encajaba.

Volvió a mirar el bastidor de herramientas. Todas estaban alineadas con obsesiva meticulosidad, cada una colgada de su propia alcayata. Menos una.

Una llave inglesa grande, de hierro pesado, colgaba de un gancho más robusto, distinto al resto. Santiago frunció el ceño y se acercó despacio. Agarró la llave y tiró con fuerza.

El gancho cedió con un chasquido sordo y, ante sus ojos, una parte del panel de madera se abrió hacia adentro. Un mecanismo oculto, sencillo pero eficaz. Detrás, una puerta de hierro negro, que empujó con ímpetu.

Unas escaleras de hormigón descendían hacia el subsuelo. El aire que subía desde allí era más frío, con olor a cemento. Bajó el primer escalón.

Y entonces lo escuchó.

Primero un zumbido cortante. El silbido de algo que se desplazaba a gran velocidad por el aire. Luego, un grito. Corto, agudo, ahogado. El sonido de una mujer.

—¡Lucía! —exclamó en voz baja. Apretó los dientes y desenfundó su arma.

Bajó otro escalón. Sintió cómo el pulso se le aceleraba, pero mantuvo la vista al frente. Sabía que en ese momento lo que contaba no era la fuerza, ni siquiera el valor. Solo la lucidez. Solo saber mirar al monstruo y no apartar la mirada.

Y seguir bajando, aunque no supiera si al final de la escalera habría justicia o solo venganza.

No esperó más. Bajó los escalones de dos en dos con el corazón acelerado.

Sabía que en ese sótano se iba a librar la batalla más decisiva.