La última princesa de Troya 86
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Rubén Pita descendió los últimos peldaños con una lentitud reverencial. Cada paso sobre los escalones de hormigón era como el retumbar de un tambor lejano que marcaba el ritmo del avance de las tropas griegas sobre Troya.

El aire en el sótano estaba viciado. Olía a humedad, a hormigón y a aceite. Allí abajo no entraba ninguna señal de vida. Ni el ruido de los tractores en la huerta, ni el canto de los pájaros, ni el aliento de la civilización. Solo Rubén, el silencio y su obra.

Había preparado aquella estancia con paciencia, igual que quien prepara un altar para su dios. Y no había forma más pura de devoción que el ritual que estaba a punto de consumar.

Caminó hacia el espejo encajado entre dos columnas y se detuvo ante él. Lucía, aún aturdida, lo observaba desde el rincón opuesto, con los labios secos y una mirada fija que oscilaba entre la incredulidad y el pánico.

Lucía estaba inmovilizada. La había atado con determinación, rodeando sus muñecas y tobillos con cinta americana.

Su cuerpo entero permanecía sujeto a una diana de madera pintada a mano, con los brazos y las piernas extendidos, como si fuera una representación grotesca del Hombre de Vitruvio o una figura sagrada.

—¿Sabes por qué no me reconociste, Lucía? —preguntó sin mirarla—. Porque jamás quisiste ver lo que había detrás de Rubén Pita. Porque te resultaba más cómodo pensar que yo era uno más, un peón en la guerra contra Gonzalo.

Rubén se movía con calma, sin prisa. Cada gesto suyo, cada paso, parecía estudiado, medido.

Comenzó a despojarse de su ropa habitual.

Se quitó primero la bata, después la camisa y finalmente los pantalones.

Al desprenderse de esas prendas también dejaba atrás el personaje que había encarnado durante tanto tiempo.

Lo hacía sin vergüenza, con la naturalidad de quien llevaba años esperando ese instante.

—Tú eras una de los nuestros —continuó mientras sacaba con cuidado una túnica de lino del arcón de madera—. Estabas en la lucha. Lo veía en tus ojos, en tu desprecio por ese miserable de Gonzalo Vidal. Pero en el momento decisivo, no salió de tu boca ni una palabra.

El hombre que antaño había llevado bata blanca y estetoscopio al cuello; el médico metódico de andar sosegado y voz apagada, había desaparecido.

En su lugar, emergía lentamente otro ser más flaco, sí, pero más definido, más pulido.

Su torso, fibroso y cincelado, parecía esculpido con paciencia de siglos.

Cada músculo se marcaba con nitidez bajo su piel pálida, fruto de años consagrados a moldear su cuerpo con el único propósito de encarnar a su héroe.

Durante el año sabático que se había tomado, una ausencia que nadie cuestionó demasiado, transformó su cuerpo con obstinación.

—Él ya está muerto, ¿lo sabes? —añadió, y dio un paso hacia ella—. Ahora sólo faltas tú.

Una corriente de miedo le atravesó el estómago a Lucía.

Intentó mover la mano derecha. Nada. La izquierda, imposible.

El pánico empezaba a apoderarse de su cuerpo.

Sintió un sabor metálico en la boca, una presión en el pecho y los latidos del corazón en las sienes.

El hormigón armado de las paredes absorbía cualquier esperanza de fuga.

Allí no había ventanas, ni salidas, ni nadie que pudiera escucharla si gritaba.

Se movía por la estancia con un ritmo casi sagrado.

Había comenzado por despojarse de su última piel, la del médico Rubén Pita, con la misma delicadeza con la que otros se desprenden de una prenda de gala al final de una fiesta.

Esa identidad era solo una máscara, una capa más en la cebolla fruto de años de mentiras.

Al final, se desprendió también del hombre de las muertes sin rostro, del Flaco.

Tomó el frasco con aceite perfumado, un aroma antiguo hecho de laurel, mirra y almendras amargas, y comenzó a embadurnarse el torso con movimientos lentos, ceremoniosos.

El líquido brillante resbaló por su piel para recorrer su clavícula, bajar por los brazos, el pecho y acentuar los contornos de sus músculos, decidido a dejar claro que ya no era solo un hombre.

Cerró los ojos. Sintió el calor del aceite, la vibración bajo la piel, el temblor del cuerpo que ya no era solo suyo. Era el cuerpo del guerrero. El cuerpo de su héroe.

Después, soltó su cabello. El verdadero.

Una melena larga, negra, que liberó de la redecilla que la había ocultado durante años, con pelucas específicas para cada personalidad.

Cayó por su espalda como una cascada oscura, la recogió con una cinta de cuero y la ajustó en la nuca con el mismo esmero con el que más tarde ataría los cordones de sus sandalias de combate.

Lucía lo miraba en silencio. No gritaba.

No suplicaba. Su respiración era tensa, pero serena.

A pesar del terror, conservaba la entereza suficiente para observar con cierta lucidez cómo aquel hombre que había conocido durante años, el compañero de pasillos, de turnos, de confidencias triviales, se transformaba ante sus ojos en un personaje mitológico.

Un hombre atrapado en una fantasía bélica, modelado por un delirio que ya no tenía vuelta atrás.

—¿Sabes quién soy en realidad, Lucía? —preguntó, sin esperar respuesta—. Soy Aquiles. El único digno de portar estas armas. El único capaz de decidir quién vive y quién muere.

Aquella frase le golpeó el alma. Sintió una gota de sudor frío que le descendía por la frente.

El corazón se le había desbocado hacía minutos, pero ahora el pánico le llegaba por otras vías, al descubrir que Rubén Pita era un Mirmidón, por la certeza de que si él descubría que era una troyana, perdería la única posibilidad de salir viva de aquella locura. Si es que existía alguna.

No hablaba con rabia. Ni siquiera con violencia. Hablaba con convencimiento. Con la extraña tranquilidad de quien ya no necesita justificarse.

Extendió el brazo y señaló la mesa sobre la que reposaban sus armas: una lanza de madera robusta, una espada de bronce, el escudo circular con el emblema grabado de los Mirmidones, un arco artesanal y seis puñales perfectamente alineados.

—Me traicionaste —la acusó, herido en su orgullo—. Primero, al no defenderme ante Gonzalo. Después, al decidir buscar respuestas y descubrir que era el asesino del hospital. Pero esta vida no está hecha para los que buscan justicia. Está hecha para los que saben empuñar el poder.

Lucía no apartó la vista. Podía temblar por dentro, sí.

Pero por fuera, se mantuvo firme. Lo había descubierto durante la discusión con Gonzalo, desde el instante en el que había realizado ese gesto milimétrico al elevar el hombro, ese tic que solo realizaba en situaciones en las que estaba rabioso y, también, desde aquella última mirada que cruzaron en el hospital, mientras las llamas salían por la puerta de la sala de lencería. Sabía que Rubén era el asesino.

Rubén se colocó la armadura de cuero, ajustó las grebas en sus piernas y envolvió su antebrazo con las correas del escudo.

Cada pieza de su atuendo era un símbolo.

No solo de una mitología lejana, sino de la vida que se había construido en secreto durante años.

En la que no había sitio para la moral, ni para la empatía. Solo para la victoria.

—Podrías haber estado a mi lado —la miró por fin, de frente, y su voz se tiñó de una tristeza amarga—. Pero no todos están hechos para la grandeza.

El sótano se quedó en silencio.

Lucía cerró los ojos. No sabía si era para rezar, para concentrarse o para aferrarse a un recuerdo que la hiciera sentir lejos de aquel encierro.

Ese en el que todavía brillaba el sol, en el que la vida seguía con su absurda normalidad, ajena a ella, encerrada en aquel sótano oculto en la huerta, a la espera de su destino a manos de un hombre que una vez fue su colega.

Tomó la lanza. La elevó. La sopesó. La giró en su mano con la facilidad de quien la ha blandido durante mil años. Luego la dejó apoyada contra la pared.

Le mostró uno por uno el juego de puñales. Se acercó a Lucía con uno de ellos y lo levantó hasta la altura de su mejilla.

—Esta hoja tiene el filo de la justicia antigua. No la que aprendiste en la universidad. La verdadera. La que se impone sin juicio, sin defensa. La de los elegidos.

Ella apartó la cara, lo que le hizo sonreír aún más. La tocó con el dorso de la mano, con ternura perversa, y luego se alejó para colocarse detrás de una línea trazada en el suelo con tiza.

—Mira lo que eres ahora, Lucía. Un blanco. Un objetivo. Un error que necesita corregirse.

Tomó un puñal. Lo alzó, lo giró entre los dedos. Le gustaba el peso, el equilibrio. Sentía cómo la tensión le recorría los brazos, cómo la mente se centraba, cómo la sangre le palpitaba en las sienes con un ritmo casi musical.

—Y pensar que tú y yo compartimos cafés, turnos, secretos —su voz era más grave ahora, un susurro que se deslizaba por el aire—. Creí que éramos aliados. ¡Pero cuando me descubriste!

Sus dedos apretaron el puñal. Dio un paso al frente.

—Por eso estás aquí.

Alzó el brazo. Lucía cerró los ojos.

Pero no lanzó. Aún no.

Porque quería saborear el momento.

Volvió al espejo. Se contempló con calma.

Aquiles.

Sí. Ahora lo era. En cuerpo, en alma, en destino.

Y, por fin, lanzó el primer puñal. Se clavó cerca de la muñeca izquierda de Lucía y la obligó a retorcerse, pero no era ese el propósito. El objetivo era el sufrimiento, el control, esa necesidad de ver cómo ella se rendía.

El segundo puñal le rozó el costado. Unos centímetros más y ya no respiraría.

Frente a ella, disfrazado como un héroe caído de la mitología que tanto le enseñaron a admirar, Rubén la observaba con los ojos desorbitados de quien ya no distingue entre lo real y lo simbólico.

Su melena ondeaba con cada paso que daba. Llevaba ya el tercer puñal en la mano.

Ella era la víctima elegida. La diana era real. El sacrificio, también.

Y entonces, Lucía supo que lo único que podía hacer era resistir.

Con la dignidad que aún le quedaba.

Con la esperanza remota de que, en alguna parte, alguien la buscara.