La última princesa de Troya 85
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Santiago Reyes había aprendido que los criminales rara vez se abrían paso en línea recta.

En su experiencia, las fechas importantes no anunciaban su llegada con cohetes ni con confetis, sino que se deslizaban entre rutinas aparentemente inofensivas, disfrazadas de días anodinos.

Sin embargo, si algo había tenido esa jornada, era todo lo que un policía podía desear. Y de aburrida, naranjas de la china.

Aquella tarde, con la luz filtrándose por la persiana entornada de su despacho, Santiago repasaba por enésima vez, junto a Daniel Santos, cada vereda, cada camino secundario, cada rincón del laberinto huertano en el que Rubén Pita podía esconderse o huir.

El plano de la zona, abierto como un campo de batalla sobre la mesa, era un testimonio silencioso de la tensión que flotaba entre ambos.

Sabían que la casa se encontraba en un punto estratégico, en el antiguo camino viejo de Orihuela, una lengua de tierra fértil entre la Torre de Rocamora y la Ermita de Nuestra Señora de la Huerta, muy cerca de Alquerías.

Un enclave donde las sombras llegaban antes que la noche.

—Cinco parejas —dijo Santiago, con la voz grave, meditada—. Tres en las vías de escape. Nosotros dos, con las otras dos unidades, vamos por la entrada. Si Rubén intenta huir, no irá lejos.

Daniel asintió. Aquel policía, al que había visto crecer profesionalmente con orgullo, se había convertido en una extensión de su propia voluntad. Sabía que podía confiar ciegamente en él.

—Aquí, detrás de la casa, hay una senda entre limoneros. Podría usarla para escapar si detecta nuestra presencia antes de tiempo —apuntó Daniel y señaló un recodo entre dos fincas.

Santiago comprendió el problema y pensó en cómo solucionarlo.

En su mente, las imágenes componían un montaje de fotogramas: Rubén escapaba, Lucía permanecía atrapada y un destino incierto los amenazaba.

Frente a ellos tenían los dos puntos cardinales.

Por un lado la Torre de Rocamora y, por el otro, la silueta de la ermita de Nuestra Señora de la Huerta, que parecían vigías mudos de un pasado detenido, como si la huerta murciana, con su geografía de bancales, caminos de tierra y árboles de cítricos, les ofreciera una tregua antes de la tempestad.

El auto judicial llegó poco después, traído por la Secretaria del Juzgado, una mujer menuda, de rostro severo, que no ocultaba su desagrado por tener que participar en lo que consideraba una acción policial innecesaria.

—En esa casa no hay nadie, inspector. Se lo garantizo —dijo al entregar el documento, con tono cortante.

Santiago no replicó. Había aprendido que la duda se abre paso en los pensamientos ajenos a través del silencio y de una mirada sostenida.

A la caída del sol, el convoy policial se detuvo en un camino sin salida, flanqueado por bancales de limoneros, cuyos aromas dulzones parecían, paradójicamente, cargar el ambiente de una tensión agria.

Santiago descendió del coche, reunió a los agentes y repartió las últimas instrucciones.

La estrategia era clara: no dar opción a la fuga, no precipitarse, no subestimar a un hombre que ya había demostrado su capacidad para matar sin pestañear.

Santiago ordenó a las tres patrullas de policías que se desplazaran hasta las tres posibles vías de escape que podía utilizar Rubén, en el caso de que pudiera huir.

El anochecer caía sobre ellos como una tela tupida y lo cubría todo con un silencio que hacía daño en los oídos.

El grupo caminó hasta un pequeño promontorio, en el que Santiago y Daniel comenzaron a estudiar la propiedad a través de los prismáticos.

La casa era una construcción antigua, sólida, sin estridencias.

Techos a cuatro aguas, muros encalados y un cobertizo lateral que servía de aparcamiento.

Alrededor, el jardín ordenado, con piscina, césped artificial, jardineras repletas de plantas, varias palmeras, un par de limoneros y una higuera retorcida por los años.

Todo era perfecto, como se alguien hubiera preparado un decorado para distraerlos de lo esencial.

—Demasiado tranquilo —murmuró Daniel—. Ningún movimiento. Ni tan siquiera un perro.

—Por eso me inquieta más.

De vuelta a los vehículos, se pusieron los chalecos antibalas. La secretaria judicial refunfuñó.

—No va a hacer falta. Ahí dentro no hay nadie —alegó, fastidiada.

—El asesino más peligroso de Murcia vive ahí —dijo Santiago, sin alzar la voz—. Puede que no esté. Pero si lo está, no dudará en matar.

La mujer se lo puso.

Santiago dividió al grupo. Daniel, la secretaria y dos agentes rodearían la casa por el acceso principal. Él iría con los otros dos por la parte posterior, a través de la senda flanqueada por limoneros.

Los dos agentes caminaban con la cautela de los que saben lo que significa entrar en la guarida de un hombre sin alma. Caminaron entre la maleza, atentos, en completo silencio. Frente a ellos, la verja oxidada que protegía el jardín. No era alta, apenas medía metro y medio.

—Estad atentos a la radio. Cuando dé la orden, saltáis. No hagáis ruido. Ese cabrón ya ha matado sin escrúpulos —susurró Santiago.

Regresaba hacia la entrada principal y, de pronto, el teléfono vibró en su bolsillo.

Se detuvo en seco, apoyó una mano en el capó del coche y desbloqueó la pantalla.

La aplicación Ilión se abrió y la imagen en directo le cortó el aliento.

La retransmisión mostraba al general Díaz de León, a Annick...

y a Luis Conde, al que ya no le quedaba alma, solo cuerpo.

La escena se desarrollaba frente a sus ojos con la maestría de un ritual antiguo.

El veneno era lo de menos.

Lo importante era el mensaje.

Observó sin parpadear. Su semblante no cambió, salvo por una contracción apenas perceptible en la comisura de sus labios que perfilaba una sonrisa de rabia.

Santiago no dijo nada. Solo tensó la mandíbula y sintió que una parte de él se quebraba en silencio.

Otra promesa que ya no necesitaba ser formulada.

La noche se había cerrado como un manto espeso sobre la huerta. El aire arrastraba el olor dulzón de los limoneros y el murmullo cercano del cauce del Segura, que bajaba tranquilo, ajeno al abismo que se abría en torno a aquella casa.

Santiago Reyes levantó la vista hacia el cielo, cubierto de alguna nube que intentaba ocultar la luna, y pensó que ese era el momento.

La casa de Rubén Pita parecía una figura en medio de un tablero negro, una pieza sin alma, sin señales de vida, o tal vez contenía demasiado silencio para ser inocente.

Pese a la cólera que crecía en su estómago, las caras de los miembros de Los Ojos del Cielo lo observaban como estrellas en un cielo encapotado. Y en ese lugar, más que nunca, sentía la necesidad de no estar solo.

—Ahora mismo estoy en la casa de Rubén Pita —anunció Santiago—. En plena huerta.

El efecto fue inmediato. Los rostros de sus hermanos se acercaron a la pantalla, atentos, expectantes.

—Arthur, necesito tu ayuda —continuó Santiago, sin levantar la voz.

—Majestad, usted ordena y yo obedezco.

Santiago tragó saliva. El título le pesaba más que nunca, pero esa noche lo aceptaba, cargando con la herencia que no podía negar.

—Necesito que dirijas tus satélites hacia esta casa. Dime si hay alguien dentro, si detectas algún movimiento. Cualquier pista antes de que entremos. No quiero que ninguno de mis hombres entre a ciegas.

—Deme unos minutos —respondió Arthur antes de desaparecer de la pantalla, sumergido en su propio campo de batalla.

Mientras tanto, el resto aguardaba. Nadie apartaba los ojos de las pantallas.

Sabían que lo que estaba en juego no era solo una operación más, sino la posibilidad de acabar con una conspiración que llevaba demasiado tiempo oculta bajo tierra.

Todos deseaban que Arthur le pudiera proporcionar a Santiago la confirmación de sus sospechas.

Santiago pensaba en lo que podrían encontrar dentro. En lo que Rubén Pita habría hecho con Lucía. En lo que podría ocurrir entre aquellas paredes si llegaban demasiado tarde.

Pasaron los minutos. Volvió Arthur. Su rostro apareció y la gravedad de su gesto habló antes que él.

—Majestad, en esa casa no capto ninguna señal de movimiento. Las cámaras térmicas tampoco detectan calor. Parece que no hay nadie.

Santiago mantenía la vista fija en el rostro de Arthur. Buscaba, tal vez, algún matiz oculto. Pero no lo había.

—Está bien. Gracias. Voy a entrar con mis hombres. Permanece alerta. Si detectas algo extraño, me avisas de inmediato. Tendré Ilión activa, pero solo en vibración.

—Así lo haré, Majestad.

Santiago guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta. En su gesto no había duda ni temor, solo una determinación tranquila. Luego, caminó hacia la entrada de la casa como quien avanza por un túnel sin retorno.

—Vamos —dijo.

« Liberar a Lucía. Acabar con el asesino. Y enterrar esta pesadilla », pensó. Una detrás de otra, con orden y sin margen de error.

Las luces del jardín se encendieron de golpe. Santiago supuso que serían automáticas, programadas para mantener el engaño de normalidad. Pero él sabía que la normalidad había muerto ese día.

—Vamos a entrar —ordenó.

—No puede realizarse el registro domiciliario sin la presencia del interesado —replicó la Secretaria Judicial, con voz seca y el rostro pálido.

Una culebra atravesó las hierbas junto a sus pies y la mujer emitió un grito ahogado. Dio un salto hacia atrás y, por un instante, pareció recordar que la muerte puede venir de las formas más insospechadas.

—Hágalo constar en la diligencia —replicó Santiago, sin alterarse—. Pero esta casa es el último escondite del asesino más peligroso que ha conocido Murcia. Vamos a entrar, con o sin su consentimiento.

Ella dudó. Sin embargo, después asintió.

—Adelante. Autorizo el registro.

—Usted se queda aquí. No se mueva, no se exponga. Rubén Pita ya ha matado a demasiadas personas.

Él, Daniel y dos agentes avanzaron hacia la puerta.

El silencio se había vuelto absoluto.

Ni los grillos cantaban.

Frente a ellos, la casa los observaba.

La noche, ahora sí, se había desplomado por completo sobre la huerta murciana.