La última princesa de Troya 84
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El agua caliente caía sobre la piel de Luis Conde amortiguando el ruido del exterior.

El vapor llenaba el cuarto de baño y lo transformaba en una niebla.

No escuchó el suave clic de la puerta principal.

Tampoco el leve crujido del parqué bajo unos zapatos.

Afuera, dos figuras esperaban. Quietas. Silenciosas.

Annick Dupont se adelantó unos pasos y depositó una botella de vino tinto y tres copas sobre la mesa del salón. El general Díaz de León caminó despacio hasta la ventana, desde donde podía ver la calle. Todo en él era rigidez y espera.

Seguían sin hablar.

Luis salió del baño envuelto en una toalla y secándose el cabello con otra. Lo primero que vio fue el reflejo de la figura del general en el espejo del pasillo. El corazón le dio un vuelco.

—¡Vaya! —musitó, con la voz aún empañada por el vapor—. ¿No era más fácil llamar?

Annick se giró hacia él. Vestía con elegancia, como si acabara de salir de una reunión diplomática. Sus labios dibujaron una media sonrisa.

—Teníamos miedo de que no abrieras.

Luis avanzó lentamente hacia el salón. Su cuerpo estaba aún mojado y su respiración era fluida. Dejó caer la toalla de la cabeza sobre una silla e intentó aparentar una calma que ya no sentía.

—¿Han venido a matarme? —preguntó sin rodeos.

El general no respondió. Fue Annick quien se acercó a la mesa y comenzó a descorchar la botella.

—Hemos venido a darte una opción —dijo ella—. Una salida digna. La que merecen los Mirmidones derrotados.

Luis soltó una risa seca, incrédula.

—¿Y cuál sería esa salida digna?

Annick sirvió el vino en las tres copas. El sonido del líquido al caer pareció llenar todo el silencio acumulado.

—Una copa. Un brindis final. Por Troya. Por ti —propuso al tenderle una de las copas.

Luis no tomó la copa de inmediato. Miró a Annick, luego al general. Sus ojos mostraban cólera y resignación.

—¿Cicuta? —susurró.

Annick no negó.

—Igual que Sócrates.

Luis tomó la copa y la observó a contraluz. El vino era oscuro, denso. En ese instante, supo que todo estaba perdido. Pero también que aún podía elegir cómo terminaba su historia.

—¿Puedo al menos vestirme antes?

El general asintió con la cabeza.

—Tienes cinco minutos.

Luis dejó la copa sobre la mesa, aún sin probarla, y se dirigió a la habitación. Nadie lo siguió. Nadie lo apresuró. Sabían que regresaría.

Y él lo sabía también.

Luis regresó cinco minutos después, vestido con una camisa blanca y unos pantalones de lana oscuros. Sin prisas, como si fuera a cenar en la terraza con un viejo amigo. Se había peinado el cabello aún húmedo hacia atrás y llevaba en la mirada lo que no tenían los fugitivos: serenidad.

Annick y el general lo esperaban. La copa seguía donde él la había dejado, intacta. La de ellos también.

—¿Qué has decidido? —preguntó el general Díaz de León, con la voz grave, cansada.

Luis no respondió de inmediato. Caminó hacia la ventana y descorrió la cortina. Lyon se extendía más allá, indiferente. Una ciudad viva. Ruidosa. Ignorante de su muerte.

—He dedicado los últimos veinte años a buscar respuestas —dijo sin girarse—. A armar un puzle que solo tenía piezas rotas. A creer que conocíamos la verdad sobre el bien y el mal. Sobre la lealtad. Sobre la historia. Sobre los troyanos.

Se volvió lentamente, para clavar sus ojos en Annick.

—Y al final, ¿para qué? ¡Para que me envenenéis como a un perro!

Sócrates aceptó su condena con dignidad —continuó Luis—.

Pero también tenía la certeza de haber hecho lo correcto.

Yo no tengo esa sabiduría. Pero tengo otra cosa.

Tengo orgullo. El de haber resistido hasta el final.

El de haber luchado por lo que creía justo, aunque estuviera equivocado.

Ella centró su atención en la copa.

El general permaneció impasible, como una estatua.

La copa estaba servida con una elegancia casi ceremonial.

El vino giraba lentamente dentro del cristal igual que un mensajero del destino.

Annick la acercó con la mano, sin temblor, y la colocó frente a Luis sobre la mesa del salón, justo donde la luz de la lámpara creaba un reflejo bermellón en la superficie del líquido.

—Es un vino de Burdeos —dijo ella, vestida de anfitriona aunque fuera emisaria de la muerte—. Lo bebían los nobles y los soldados antes de sus últimas batallas.

Luis la miró. No hacía falta decir nada más. Lo entendía todo. Lo entendió desde que salió del baño. Desde que vio el rostro de Annick, tan limpio, tan firme. Desde que notó el silencio extraño que rodeaba cada gesto.

Cogió la copa con suavidad. Pesaba más de lo esperado. La sostuvo en el aire, lo justo para repasar el camino que lo había llevado hasta allí. No había gloria. Tampoco arrepentimiento. Solo una certeza amarga, pero digna para el fin que se acercaba.

—Por los Mirmidones —brindó Luis, con una sonrisa amarga.

—Por Troya —brindaron Annick y el general.

Levantó la copa a la altura del pecho, la olfateó y bebió el primer trago sin vacilar.

El vino le llenó la boca con un sabor potente, cálido, lleno de taninos y dudas.

Al principio no notó nada extraño. Pero al segundo trago, más largo, una aspereza inusual le arañó el paladar, como un filo vegetal, seco, rústico.

No era el amargor del vino, era otra cosa.

Una nota sucia, escondida detrás de la fruta oscura.

—¿Cuánto tiempo?

—Treinta, tal vez cuarenta minutos. Morirás sin dolor. Pero con conciencia —respondió Annick, con una mirada llena de odio.

Luis asintió. Dio un tercer sorbo. El último. Luego dejó la copa con cuidado sobre la mesa.

Pasaron unos minutos antes de que el veneno comenzara su obra.

Primero fueron las yemas de los dedos. Un leve cosquilleo, como si el frío de la mañana se hubiera colado en sus nervios.

Luego las manos. Intentó cerrar el puño, pero sintió que no respondía del todo.

El calor del vino se transformaba en una rigidez lenta y silenciosa que ascendía por los brazos.

—No me lo imaginaba así —musitó.

—Nadie lo hace —confirmó Annick.

La vista se le nubló, pero recuperó el enfoque. La mente seguía clara, demasiado clara. Esa era la trampa. El cuerpo caía, pero el pensamiento se mantenía, atrapado en una cárcel que se encogía minuto a minuto.

El pecho le pesaba. No por angustia, sino por la extraña presión de un músculo que comenzaba a fallar. El diafragma. El aire entraba, pero menos. Más corto, más rasgado.

Quiso incorporarse, pero las piernas ya no obedecían. Cayó hacia atrás en el sillón con una especie de elegancia involuntaria, como si el cuerpo se rindiera antes que el alma.

—¿Dónde está el rey de los troyanos? —preguntó, casi en un susurro.

—A salvo. Y tú cumplirás tu destino.

Luis quiso sonreír. No lo logró. La parálisis ya había alcanzado su rostro. Un músculo tiritó bajo su ojo izquierdo y luego quedó inmóvil.

En su mente, sin embargo, aún brillaba un nombre: Aquiles. Porque, igual que él, había elegido su muerte. Y moriría sabiendo que fue fiel a su juramento. Aunque solo fuera a una causa perdida.

La última exhalación se deslizó por sus labios sin fuerza. No hubo espasmos, ni gritos, ni súplicas. Solo el silencio. El silencio exacto que deja un hombre que ha sido muchas cosas y que al final decidió ser digno.

Annick se le acercó y le cerró los ojos con suavidad, como si ese gesto fuera parte de un ritual sagrado.

—Se lo merecía —murmuró Annick, apenas audible.

—Se merecía mucho más —respondió el general.

Díaz de León no hizo gesto alguno. Se limitó a guardar el teléfono móvil en el interior de su chaqueta.

La cámara había captado cada momento de la escena.

El gesto de Luis al alzar la copa, el temblor de su mano al beber, la lenta caída, la muerte digna de un hombre que alguna vez fue temido por todos.

En la pantalla del dispositivo, la transmisión en directo a través de Ilión había finalizado con un leve destello.

A miles de kilómetros, en lugares dispares y seguros, cuatro personas observaron el final sin pestañear. No hubo palabras. Solo miradas que decían lo suficiente.

Santiago Reyes, apoyado contra el capó de su coche, sonrió con frialdad y cerró la aplicación en su teléfono. El arco de sus antepasados descansaba en el asiento trasero, aún excitado por la muerte de otro asesino.

Arthur Phillips, en su elegante despacho, cruzó los dedos sobre su regazo y musitó con voz templada:

—Un Mirmidón menos.

Olivia Parker dejó el móvil sobre la mesa y bebió el último trago de su café. Sus labios se curvaron, como quien tacha una deuda en una libreta de espiral.

Rodrigo Calderón, desde un despacho sin ventanas en algún lugar de Madrid, dejó escapar una carcajada seca, oscura.

En todos sus dispositivos, una misma notificación parpadeó en la parte superior de la aplicación:

« El jefe de los Mirmidones ha caído. La guerra continúa ».

Y mientras Lyon dormía ajena al fin de un imperio secreto, los troyanos celebraban su victoria en silencio, como lo hacen los que saben que el camino aún es largo, pero que hoy la balanza de la justicia se había inclinado a su favor.

Annick y el general salieron del apartamento sin mirar atrás.

Dejaron una copa vacía, una ciudad dormida y a Luis Conde, que por fin descansaba.