La última princesa de Troya 83
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La lluvia caía con mansedumbre sobre Lyon, como si la ciudad estuviera acostumbrada a su caricia persistente.

En el Vieux Lyon, el empedrado brillaba bajo la luz cálida y tenue de las farolas, transformando las calles en espejos medievales que reflejaban retazos de vidas pasadas.

Todo parecía envuelto en un velo de melancolía, como si la ciudad misma presintiera lo que iba suceder.

Avanzaban sin hablar. Una mujer y un hombre.

Juntos, pero sin necesidad de tocarse. El vínculo entre ellos no era de afecto, sino de deber.

De silencio compartido. De una misión que los superaba, pero que ambos sabían necesaria.

Él caminaba con la pesadez silenciosa de los hombres que han visto la muerte demasiado de cerca.

Ella, con la concentración exacta de quien no permite que el alma interfiera en el trabajo.

Ella sostenía el teléfono móvil con una mano y con la otra el paraguas. La pantalla encendida lanzaba una luz fría que le tallaba los pómulos. Tenía los ojos fijos en la imagen térmica que les guiaba entre las sombras.

Arthur Phillips observaba con la mirada aséptica de quien ha convertido la vigilancia en religión. La imagen en la pantalla mostraba el cuerpo de Luis Conde recortado en rojo intenso bajo el agua caliente de su ducha. Parecía una criatura viva a punto de desvanecerse.

—Es el momento oportuno —advirtió la voz de Arthur, amortiguada desde Ilión, con un tono que resonaba desde otra dimensión—. Luis Conde está en el último apartamento. Ahora está duchándose. Aprovechad para entrar sin ser descubiertos.

Fue la señal esperada desde hacía siglos.

Annick guardó el teléfono. Sacó una ganzúa del bolso, se agachó frente a la puerta del portal y, en menos tiempo del que se tarda en abrir una carta con malas noticias, hizo ceder la cerradura. Ni un chasquido. Ni un gemido de metal.

El general Díaz de León no dijo nada. Solo esperó y, antes de entrar, examinó el entorno.

Nadie los vio. Nadie debía verlos.

El interior del edificio los recibió con olor a madera envejecida y humedad antigua.

Subieron los escalones de los cuatro pisos uno a uno, sin apresurarse, sin detenerse tampoco.

El ascensor habría sido más cómodo, sí, pero también más ruidoso.

Y a esas horas, ambos sabían que hay formas de entrar a un sitio que no deben hacer ruido.

El silencio entre ellos no era incómodo, sino consciente. Seguían sin hablar. No porque no quisieran, sino porque no les hacía falta. Lo que venían a hacer no necesitaba explicación, solo precisión.

En el cuarto piso, Annick volvió a sacar su herramienta. La cerradura del apartamento de Luis Conde no opuso resistencia. Al abrir, se coló un leve vaho caliente que les habló de un hogar habitado, de una rutina detenida en su momento más íntimo.

Dentro, el apartamento de Luis los sorprendió por su calidez. Era una combinación de discreción y buen gusto, con estanterías repletas de libros bien ordenados, cortinas gruesas en tonos neutros, alfombras sobrias y un par de cuadros antiguos.

El vapor de la ducha flotaba desde el fondo del pasillo. La puerta del baño estaba entreabierta. Se escuchaba el agua fluir, constante.

Annick y el general intercambiaron una mirada.

—¿Estás lista? —murmuró él.

—Lo estoy —respondió ella.

Y se instalaron en el salón, con la dignidad que se reserva para los momentos cruciales.

No hablaron más. No hacía falta. Sabían que en cuestión de minutos el destino que venían a sellar entraría en la habitación, quizá con una toalla sobre los hombros, quizá con una última palabra por pronunciar.

Pero vendría. Y ellos estarían allí, esperándolo con un silencio cargado de historia.

Fuera, la lluvia caía. Persistente.