La última princesa de Troya 82
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El hospital se sacudía todavía las consecuencias del incendio.

Aturdido y confuso, trataba de recuperar el pulso, como un paciente tras una operación de urgencia.

Santiago y Daniel caminaban a través de los pasillos sin levantar la voz pero sin conceder pausa alguna.

El tiempo apremiaba, y ellos lo sabían. Las piezas empezaban a encajar, aunque aún les faltaban datos.

Una mirada, un rostro, una pista que terminase de confirmar lo que sus sospechas empezaban a tejer con demasiado sentido.

Localizaron a Damián, el jefe de seguridad, en una de los despachos del área noble del hospital.

Estaba de pie junto al director gerente y el director médico.

Explicaba lo sucedido durante las horas más intensas del caos.

Los tres conversaban con rostros de piedra, tratando de dar forma a lo que nadie terminaba de entender del todo.

Pero los ojos de fuego de Santiago cortaron la escena con una frialdad quirúrgica.

—Damián —le dijo con voz seca—, ven con nosotros.

El jefe de seguridad dudó. No tanto por rebeldía, sino por ese reflejo adquirido de quien siempre tiene que explicar y justificar. Pero el gesto del comisario Reyes lo sacó de su letargo y se marchó con ellos sin decir una palabra.

La sala de control de cámaras era casi opresiva, cargada con la electricidad del miedo.

El zumbido de los monitores llenaba el aire junto con el olor a café.

Las pantallas mostraban imágenes de la última hora tras el incendio, con pasillos desiertos, humo que se filtraba por las rendijas y personal que corría con prisa.

Había también fragmentos sin sentido en los que se veía una camilla mal aparcada, una sábana tirada en el suelo y gestos que pasaron desapercibidos, pero que ahora, al ser repasados a cámara lenta, cobraban un sentido distinto. Una amenaza real.

—Damián —dijo Santiago con premura—, necesitamos las grabaciones de esta mañana, desde las ocho de la mañana hasta que los bomberos dieron por extinguido el incendio.

Damián lo entendió y no pidió explicaciones.

Las imágenes aparecieron en las pantallas con una nitidez que contrastaba con la confusión que todos vivían en directo.

Eran escenas frías, sin sonido. Un desfile mudo de figuras con batas blancas, pacientes en pijama, familiares asustados y humo, mucho humo.

Con cada minuto revisado, Santiago y Daniel sabían que estaban más cerca.

Y allí, entre el caos, un conductor de ambulancia que empujaba una silla de ruedas con una figura inerte, con el rostro medio oculto por su cabello. Santiago lo supo al instante. Sintió un pinchazo que le atravesó el estómago, un impulso que lo empujó hacia la pantalla.

—¿Quién es ese?

—No lo sé todavía. No aparece en la lista oficial de personal. Pero parece tener acceso completo al hospital.

Al final, Santiago le dio una dirección de correo electrónico. Damián comprimió el archivo en una carpeta y se lo envió.

—Volvamos a Medicina Interna —ordenó Santiago, en cuanto su móvil confirmó la recepción del mensaje.

El vestíbulo era ahora un pequeño hervidero de idas y venidas. Un puñado de médicos, algunas enfermeras, auxiliares con rostros marcados por el agotamiento. Nadie parecía tener muy claro qué debía hacer y aun así seguían en pie, aferrándose a la rutina como si fuera un salvavidas.

Santiago lo vio. Allí, de pie junto a una columna, con el rostro demudado y los ojos llenos de una angustia que no podía disimular, estaba Samuel Morales.

—¿Sabes algo de Lucía?

Samuel negó despacio, visiblemente afectado.

—La estoy buscando desde que me enteré del incendio. Pero nadie sabe dónde está. Nadie la ha visto.

Santiago asintió sin hablar. Había visto eso antes. La desesperación de alguien que empieza a pensar en lo peor, pero no se atreve aún a pronunciarlo.

Del ala derecha, en la que se había producido el incendio, emergió Rubén Pita.

Caminaba como un torero al que le han lanzado claveles y palmas en la plaza de toros más importante del mundo.

Llevaba el cabello perfectamente peinado y ni una mancha en la bata.

Como si no hubiera pasado nada. Como si todo lo que ardía alrededor no le concerniera.

Pasó al lado de ellos sin desviar un milímetro su trayectoria y les dedicó uno de esos gestos que no necesitan palabras para escupir desprecio, atravesando, sobre todo, la figura de Santiago.

Los tres hombres se quedaron quietos, con la impresión de que ese cruce de miradas marcaba un punto de inflexión.

—Vamos a registrar todo de nuevo —dijo Santiago, sin quitarle los ojos de encima a Rubén.

Decidieron dividirse. Santiago y Samuel revisarían el ala derecha. Daniel haría lo propio con la izquierda.

Santiago caminaba con el móvil en la mano. No dejaba de preguntar, de buscar. Entró en la sala de sesiones clínicas. Nada. En el despacho de Gonzalo Vidal. Y después, en la sala de administración que estaba vacía, se detuvo. Necesitaba respuestas y sabía dónde empezar a buscarlas.

Activó la aplicación Ilión. En la pantalla comenzaron a aparecer los rostros familiares de Los Ojos del Cielo. Santiago no perdió tiempo en detalles. Les explicó todo lo sucedido esa mañana en la planta de Medicina Interna y les pidió lo que sabía que podían hacer.

—Annick, Arthur y Olivia, os voy a enviar un archivo con las imágenes del incendio de hoy en la planta de Medicina Interna. Usad el programa de reconocimiento facial. Comparad estas imágenes con las de los asesinatos anteriores.

—Si el autor del incendio es el mismo que el asesino, no tengas duda de que en unos minutos sabremos de quién se trata —prometió Olivia, con la voz grave, pero con esa eficacia segura que la caracterizaba.

—Vamos a trabajar —ordenó Santiago.

Santiago recorría la planta mientras el archivo era examinado por los tres analistas de la hermandad.

El hospital se le antojaba más desordenado a cada paso.

Cada habitación le pesaba más que la anterior y volvía sobre las ya revisadas por Samuel, por simple necesidad de asegurarse.

Y porque la ansiedad, si es intensa, exige confirmaciones múltiples aunque sean inútiles.

La única noticia positiva había sido la información transmitida por el general y Annick, acerca del paradero del jefazo de los Mirmidones, pero ni esa buena noticia calmaba su preocupación.

Preguntaba por Lucía al poco personal que estaba en esa zona y la respuesta era la que ya conocía. Ni idea, era la respuesta que siempre recibía.

—¡Eureka! Lo tengo —anunció Olivia, con un entusiasmo inconfundible.

—Yo también lo tengo —gritó Annick.

—Dadme veinte segundos más y yo también lo tendré —afirmó Arthur, con una sonrisa.

Santiago miró el dispositivo y soltó el aire que había contenido durante demasiados minutos. En esta investigación perdía la calma proverbial que le acompañaba en cada una de sus investigaciones.

—Si los tres coincidís, tenemos al asesino. Y seguramente, a la persona que tiene secuestrada a Lucía, o bien, al que sabe cuál es su paradero.

—El asesino es el conductor de ambulancia que empuja una silla de ruedas. Coincide también con el médico Rubén Pita —sentenció eufórica Olivia, sin tener visible en esta ocasión el café que ya formaba parte de ella.

—Tus datos son correctos, Olivia. Son los mismos que los que ha analizado mi programa —afirmó Annick.

—¡Repóquer! ¡Igual que los míos! —exclamó alborozado Arthur Phillips.

Santiago se quedó en silencio. El nombre no era nuevo, pero ahora tenía la contundencia de una revelación. Rubén Pita el Mirmidón. El médico asesino. Y, tal vez, secuestrador.

Sintió cómo la impaciencia se le instalaba bajo la piel.

No iba a descansar hasta encontrar a Lucía.

Y hasta hacerlo pagar.

—Vamos a por él —espetó Santiago, con un tono de voz que vibraba de rabia—. Rodrigo, necesito la localización exacta de la casa de la huerta a la que llamó Eloy Campos. Estoy seguro de que esa casa pertenece al asesino.

Rodrigo no tardó en enviar la dirección. Era una casa antigua, escondida entre bancales de limoneros, en una vereda que apenas salía en los mapas digitales. Un lugar así no se elegía al azar.

Miró a sus hermanos, aún en tensión por la desaparición de Lucía. Asintió y se despidió.

Santiago guardó el teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta. El gesto fue breve, mecánico. Su mente ya estaba a unos kilómetros de allí.

Salió al pasillo y encontró a Samuel apoyado contra la pared. Daba la impresión de que la espera había erosionado su cuerpo. Al ver a Santiago, enderezó el torso.

—Me tengo que ir. Tú quédate. No creo que Lucía esté en el hospital, pero sigue buscándola.

Samuel se limitó a acatar. No le preguntó a dónde iba ni por qué. Lo conocía lo suficiente para saber que cuando hablaba así, lo hacía con un rumbo claro y una determinación sin resquicios.

Caminaron juntos por el ala derecha hasta desembocar en la izquierda. Allí estaba Daniel, de pie, con el rostro tenso, casi desencajado, reflejo de una frustración tremenda porque no había ni rastro de Lucía.

—Vamos a la Jefatura de Policía —ordenó Santiago, sin darle más detalles.

Daniel lo miró desconcertado. El tono del comisario, su expresión decidida, y tal vez un presentimiento, lo empujaron a obedecer sin objeciones.

—Rubén Pita es el asesino —afirmó de pronto—. No tengo ninguna duda. Es él quien está detrás de todos los asesinatos, del incendio y ahora tiene a Lucía.

—¿Rubén Pita? ¿Estás seguro?

—Lo estoy. Hay una casa en la huerta, aislada. Un lugar ideal para ocultar a alguien o para hacerla desaparecer.

Cada palabra de Santiago presagiaba lo peor. Daniel volvió a mirarlo y por primera vez lo vio distinto. No era el padre de Lucía, ni el comisario, sino un hombre dispuesto a cruzar todas las líneas rojas si era necesario.

—Conozco la dirección exacta —añadió.

—¿Pero cómo la has logrado?

Santiago se limitó a encoger levemente los hombros, dejando claro que había cosas que era mejor no verbalizar. La información que manejaba era tan precisa que cualquier comentario sobraba.

—¿Y cómo piensas entrar?

—En la jefatura voy a pedir una orden judicial de registro de la casa de Rubén Pita a Salvador, el juez amigo mío que está encargado de la instrucción de los asesinatos que investigamos. Quiero que esté al tanto de todo.

Daniel lo observó. Sabía que Santiago no hablaba por hablar. Que no solía errar en sus intuiciones. Y que si decía que Lucía estaba en esa casa, valía la pena moverse como si lo estuviera.

—Tenemos poco tiempo. Si Rubén se da cuenta de que lo hemos descubierto, imagino lo que hará con Lucía.