81
A Santiago aún le temblaba todo el cuerpo.
La tiritona comenzaba en las manos, subía por los brazos y estallaba en el pecho en forma de descarga eléctrica que no lograba sacudirse.
Durante años se expuso al peligro, a la detonación repentina de un disparo, a delincuentes de poca monta o al ruido seco de una puerta reventada de madrugada.
Era su profesión y el riesgo iba impreso en el carnet de policía.
Pero lo de hoy había sido distinto. No había enemigo a quien reducir, ni pistolas, ni órdenes.
Solo una curva traicionera, mal calculada.
No se perdonaría nunca a sí mismo el error que había cometido en esa curva de la autovía.
Conducía rápido. Demasiado rápido. Había apurado mucho, actuando como si llevara el corazón en el acelerador.
El coche derrapó al tomar la curva. Por un instante creyó que perdería el control, que todo terminaría allí, estampado contra el quitamiedos.
Notó el deslizamiento del coche y el chillido agudo de los neumáticos.
Un segundo más y hubiera sido parte de las estadísticas.
No fue así. Su instinto al volante y la pura suerte, esa vieja aliada de los que han caminado demasiadas veces por el filo del alambre, lo salvaron.
Recuperó el control y la ruta, aunque no la calma.
Había estado a punto de estrellarse en la carretera y dejar a Lucía sola. Desprotegida.
Eso no podía permitírselo. No ahora. No después de todo lo que sucedía.
Se bajó del coche sin apenas detenerse a cerrar la puerta del todo, empujado por una urgencia que le revolvía hasta las tripas.
El aire olía a humo y a tensión. Las luces rotativas de las ambulancias y los camiones de bomberos pintaban el suelo con destellos rojos y azules.
Policías y bomberos se cruzaban en un caos ordenado que ya comenzaba a estabilizarse tras el impacto inicial.
Daniel Santos lo localizó en cuanto aparcó el coche delante de la puerta principal del hospital. Caminó hacia él con paso rápido, las cejas fruncidas y un gesto desesperado.
—Jefe, esto es un puto desastre —espetó Daniel, y el tono no era de rabia, sino de alguien que necesitaba desahogarse antes de derrumbarse.
—Ponme al día.
—El incendio comenzó en la sala de lencería de la planta de Medicina Interna. Cuando los bomberos lograron entrar, encontraron allí dos cuerpos.
—¿Vivos?
—Uno de ellos ya estaba muerto. El otro está en la UCI. Muy grave.
Santiago sintió el vértigo del que ha escuchado un nombre antes de oírlo. Era igual que en los interrogatorios. Si alguien mentía, ya lo sabía antes de comprobarlo.
—¿Quién es el muerto?
—Gonzalo Vidal. El jefe de Servicio.
Santiago cerró los ojos durante un momento. No por el médico, sino por lo que eso podía significar.
—¿Y el vivo?
—Roberto Campillo.
Esta vez no dijo nada. Inclinó la cabeza y tragó saliva con dificultad. Una punzada le atravesó las entrañas. Escuchar aquel nombre le hirió, por lo que significaba para él y para la protección de Lucía dentro del hospital.
—¿Pasa algo, jefe? —preguntó Daniel.
—No, nada.
Mentía, por supuesto. Pero los hombres como Santiago aprendían a hacerlo desde que descubrían que la verdad no servía de escudo. Que en ciertas ocasiones, mostrar una herida solo valía para invitar al enemigo a apretar más fuerte.
—Si la UCI está operativa, significa que el incendio no la afectó. ¿Y el resto del hospital?
—Sí. Por suerte, el fuego se contuvo en la sala de lencería. La humareda afectó a toda la planta, pero los bomberos fueron rápidos. Solo esa ala está cerrada. El resto del hospital sigue operativo.
—¿Y mi hija?
El silencio de Daniel fue revelador. Lo dijo todo incluso antes de abrir la boca.
—No sé nada de ella. He preguntado, jefe, pero nadie sabe dónde está.
Durante una fracción de segundo, Santiago sintió que todo se le desmoronaba. Pero no lo dejó caer. No podía permitírselo. No todavía.
—Vamos a buscarla —ordenó. Y echó a andar hacia el interior del hospital.
Subieron las escaleras a paso rápido. El tufillo a humo aún estaba presente, mezclado con ese olor de hospital que siempre rememoraba a limpieza, productos desinfectantes y miedo.
Santiago iba por delante con coraje y angustia al mismo tiempo.
En el pecho, el corazón le golpeaba con la violencia de sus peores días.
Pero era distinto. En esta ocasión no investigaba por justicia, ni siquiera por deber. Esta vez era personal.
Era su hija. Su sangre.
Era intuición. La misma que lo había guiado en todos los casos importantes de su vida.
De pronto, en mitad del ascenso, se detuvo. En un descansillo giró sobre sus talones, como si una luz se le hubiese encendido en la mente. Levantó el dedo y señaló un punto invisible en el aire.
Daniel se le acercó, desconcertado.
—¿Qué ocurre?
—Espera.
Santiago no respondió de inmediato. Pensaba.
Repasaba. Encajaba las piezas que llevaba horas sin resolver en la cabeza.
Se concentró en una frase, en un recuerdo, en una conexión que había estado ahí todo el tiempo.
Gonzalo Vidal. El único que había notado algo extraño en los vídeos de las cámaras de seguridad.
Igual que Lucía. Ambos habían reparado en un detalle que los demás habían pasado por alto.
Y ahora, uno estaba muerto y la otra desaparecida.
—El jueves, durante el interrogatorio, Gonzalo fue el único que percibió una anomalía en las grabaciones de las cámaras del hospital.
Daniel lo miraba con atención.
—Y Lucía también. Detectó un gesto. Una pista que la hizo sospechar del asesino.
—¿Está diciendo? —insinuó Daniel.
—Quizá esta mañana los dos se dieron cuenta de quién era. Y ese alguien, al sentirse acorralado, prendió fuego al hospital.
Daniel lo comprendió.
—Y después mató a Gonzalo durante la confusión.
—Exacto.
El silencio que siguió fue tan denso como el humo que aún se percibía en el ambiente. La magnitud de la deducción se posó sobre ambos con una tonelada de preocupación.
—Lucía es la clave. Y está en peligro. Hay que encontrarla.
El hospital olía a humo y a desaliento. El incendio había sido sofocado, sí, pero la devastación no se medía únicamente por los metros calcinados.
Una sensación extraña flotaba en el aire: un pesar que se extendía como una marea de ceniza, impregnaba los pasillos, se aferraba a los uniformes blancos y ensombrecía los gestos.
Entraron en la planta de Medicina Interna acompañados por un silencio que no era físico, sino emocional.
Lo habían visto antes. En las caras de quienes sobrevivían al desastre.
En las miradas que no buscaban consuelo, sino solo sentido.
Daniel caminaba junto a Santiago, sin decir nada, con el rostro serio y los puños cerrados.
Sabía que cada paso era una cuenta atrás.
Porque lo que esperaban encontrar allí no eran respuestas, sino más preguntas.
La sala de lencería era ahora una cueva carbonizada. Quedaban apenas rescoldos, jirones de tela adheridos al suelo quemado y un olor penetrante a plástico y muerte.
Allí estaba Ignacio, el inspector jefe de la Científica. Dirigía a sus hombres que recogían muestras y documentaban la escena con fotografías y bolsas numeradas.
—¿Alguna novedad sobre el origen del incendio? —preguntó Santiago.
Ignacio estaba agachado junto a unos restos carbonizados. Llevaba el traje blanco, guantes azules y la expresión habitual de quien ya no espera milagros. Se incorporó al verlos y señaló con el mentón los restos del suelo.
—Está muy claro. Lo he contrastado con el jefe de bomberos y los dos coincidimos. Fue provocado con una botella de alcohol. Prendió rápido. El autor sabía lo que hacía o al menos lo suficiente para obtener el resultado deseado.
—¿Seguro?
—Tan seguro que ahí está la botella —añadió, señalando un rincón del suelo—. Derretida, medio calcinada, pero identificable. Ni se molestó en esconderla.
Santiago se acuclilló y observó el punto señalado. Lo pensó en silencio. El tipo o quien fuera había actuado con urgencia. Con un objetivo muy claro.
—Eso indica que el autor tenía prisa.
—En efecto.
—¿Qué me puedes decir de los cuerpos?
—La información que me ha trasladado el jefe de los bomberos es que estaban tirados en el centro de la sala. En la posición típica de haber sido arrastrados. No tenían señales de lucha.
Ignacio dibujó con el dedo en el aire la disposición de los cuerpos. Un gesto silencioso que heló el ánimo de todos los presentes.
Santiago miró el suelo ennegrecido. Imaginó la escena y comenzó a elucubrar cómo pudo el asesino sorprender en el pasillo a Gonzalo y a Roberto.
Primero uno y después al otro. Cómo los pudo dejar inconscientes a través de un producto químico, usando la técnica del mataleón o cualquier otro modo de ataque físico.
Y, después, cómo los arrastró hasta el interior de la sala para que el incendio realizara el resto del trabajo.
—Otro asesinato más que añadir a la lista —masculló Daniel, con un rictus de amargura—. Otra muerte a nuestras espaldas.
—En efecto. El fuego no fue casual. Fue una coartada —corroboró Ignacio con gravedad.
Santiago lo miró con los ojos entornados y supo que aquello no era solo una investigación. Era una caza. Y ellos, los que perseguían, también eran observados entre bambalinas por sus superiores.
—Gracias —zanjó Santiago.
Salieron de la sala y comenzaron a recorrer la planta.
Las caras que encontraban eran un espejo del desastre.
Rostros pálidos, ojeras profundas, pasos erráticos.
Los sanitarios se movían con una especie de automatismo doliente.
Nadie lloraba abiertamente, pero todos reflejaban el sentimiento de quien ha presenciado lo terrible, de quien ha hecho lo que ha podido y sabe que no ha sido suficiente.
A todo el personal le preguntaban por Lucía y siempre obtenían la misma respuesta.
Nadie sabía nada de ella.
Todos respondían con la misma letanía. Que la habían visto al inicio del incendio mientras ayudaba a sacar a los pacientes de las habitaciones, salvando vidas, pero que después ya no la volvieron a ver.
Con cada nueva pregunta aumentaba la zozobra de Santiago, que ya presentía que su hija podría estar en las garras del asesino.
Esa era la mejor de las opciones.
Porque de la otra, más trágica, Santiago ni siquiera se permitía pensar.
—Vamos. Tenemos que hablar con Carmen —dijo con un tono que no admitía discusión.
Carmen estaba reubicada en otra planta. Aquello era un hervidero de cuerpos y voces. Camillas en los pasillos, enfermeros sin descanso, pacientes aún con el miedo estampado en las pupilas.
Entraron en la habitación y vieron a Carmen que apenas podía mantener los ojos abiertos. Tenía las mejillas hundidas, la piel pálida y unas gafas nasales conectadas al oxígeno. Había empeorado, pero al verlos, esbozó una tímida sonrisa y una chispa de brillo apareció en sus ojos.
Daniel se acercó primero. Le cogió la mano con cuidado, consciente de su fragilidad.
—¿Cómo estás?
Ella balanceó la mano débilmente de un lado a otro y cerró los ojos. Santiago se sentó en el borde de la cama. Le acarició el cabello con los dedos y se inclinó hacia ella.
—Carmen. Estamos buscando a Lucía.
Ella abrió los ojos. Le hizo un gesto con la mano. Quería decir algo. Les indicó que se acercaran más. Con un hilo de voz, que se abría paso desde lo más profundo del dolor, murmuró:
—Me pareció verla. Iba en una silla de ruedas. La empujaba un conductor de ambulancia.
Santiago se tensó.
—¿Estás segura?
—No, no del todo. Pero juraría que era ella —dijo Carmen, y después sus ojos se nublaron, agotada.
Santiago le tomó la mano y se la besó con ternura.
—Gracias. No te molestamos más, Carmen. Ponte bien, que te necesitamos.
Salieron en silencio.
Santiago no habló durante un buen rato. No hizo falta. Su rostro era ya una sentencia.
La información de Carmen le había congelado el alma.
Ya no tenía dudas.
Su hija había sido secuestrada por el asesino.
Deseó con todas sus fuerzas que así fuera, porque significaba que Lucía seguía con vida.