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A mediodía, la ciudad de Lyon se mostraba espléndida. El otoño había dejado ya una huella definitiva en los árboles que flanqueaban las calles y en el aire flotaba una fragancia húmeda que se confundía con el bullicio sereno de los turistas.
Los Guerreros del general estaban allí, desplegados con discreción en los alrededores del museo.
De ellos no se podía decir mucho a simple vista.
Ni un gesto fuera de lugar, ni una palabra innecesaria, ni una mirada prolongada que pudiera delatarlos.
Su presencia era natural, indistinguible de la de cualquier transeúnte que se entretenía ante un escaparate o esperaba, con paciencia, a que cambiara el semáforo.
Ni el mejor de los espías hubiera detectado en ellos algún detalle, alguna manifestación que los delatara como troyanos, esperando que hiciera acto de presencia el pez gordo de los Mirmidones.
A lo lejos, el general Díaz de León observaba. De pie, resguardado por la sombra de un toldo, sin llamar la atención. Nadie se acercó a él. No hacía falta. Bastó con su voz a través del canal seguro de Ilión para poner en marcha el dispositivo.
—Preparados. El objetivo no tardará en salir.
Luis Conde se hizo esperar. Fue cerca de la una cuando apareció por la puerta del museo, sin urgencias ni premuras, con ese aire sosegado y algo desfasado de los hombres que nunca han tenido prisa.
El general lo vio desde el otro lado de la calle.
—Objetivo en movimiento. Iniciamos el seguimiento.
Su voz, seca y segura, llegó por la aplicación para imponer el ritmo de la caza.
Uno tras otro, sus hombres se pusieron en marcha, siguiendo a Luis con ese arte invisible que se aprende en el miedo y se perfecciona con el valor, conscientes de que el menor error podía ponerlos a todos en peligro.
Era lo que tenían las cacerías humanas, que el cazador no siempre estaba a salvo.
Luis vestía con sobriedad, las gafas oscuras le daban un aspecto reservado, y caminaba sin compañía aparente, aunque dos guardaespaldas lo seguían a una distancia prudencial.
No parecía advertir que lo vigilaran. Se detenía a mirar fachadas, a leer pequeños carteles históricos, a fijarse en detalles arquitectónicos que a otros les pasaban desapercibidos.
A veces se giraba y los suyos le respondían con una señal sobria, con el puño cerrado y el pulgar en alto. Todo en orden.
Pero no lo estaba.
El general seguía los movimientos de Luis sin perder detalle.
Annick y Arthur estaban conectados y recibían información en tiempo real a través de Ilión.
La vigilancia se repartía con precisión.
Luis se detuvo ante un restaurante del centro, próximo ya al corazón del Vieux Lyon.
Cruzó el umbral y el general habló de nuevo.
—El objetivo ha entrado en un restaurante. Annick, ¿te apetece comer conmigo?
La respuesta no se hizo esperar.
—Encantada.
—Así lo podemos vigilar de cerca.
—Dame quince minutos y estoy allí.
Díaz de León se acercó a uno de sus hombres, le entregó su cazadora y la mochila con la cámara de fotos dentro, recibiendo a cambio una chaqueta más elegante.
Ajustó el nudo de su bufanda y cruzó la calle con el paraguas en la mano, con la naturalidad de quien lleva muchos años dominando la escena sin ser parte visible de ella.
Entró al restaurante, pidió mesa y se sentó no demasiado lejos de la que había escogido Luis. Desde allí podía observarlo sin levantar sospechas. Luis hojeaba la carta con interés y poco después hacía su pedido con cortesía. En la mesa vecina, sus guardaespaldas hacían lo mismo.
Annick llegó más tarde, con paso decidido y un bolso amplio.
Se sentó frente al general, sacó un ordenador portátil y lo abrió como si fuera a enseñarle un balance de cifras o un informe de rendimiento.
Hablaron en voz baja, sin mirar demasiado a su alrededor.
Desde fuera, parecían dos personas que discutían sobre una inversión.
Desde dentro, sabían que cada palabra era parte de una estrategia precisa.
Luis comía con la misma placidez con la que un hombre común disfruta de un día libre. Ni se le pasó por la cabeza sospechar que a escasos tres metros de él estaba sentada también la muerte, disfrazada de troyanos que vestían como unos ejecutivos.
Pagaron la cuenta apenas unos minutos después de que Luis solicitara la suya.
No hubo prisa, ni gestos llamativos. Se marcharon igual que habían llegado, discretos y eficaces.
Annick regresó a su despacho en la Interpol.
El general retomó su puesto mientras sus hombres, ya vestidos con otras ropas, tomaban posiciones estratégicas.
Luis salió del restaurante con el gesto relajado tras una comida tranquila y sin contratiempos.
La operación de vigilancia volvió a ponerse en marcha.
Continuó su paseo por las calles empedradas del Vieux Lyon.
Se detenía aquí y allá, sin mostrar preocupación alguna.
La llamada de Eloy Campos no se había producido esa mañana, pero Luis no le dio mayor importancia.
Quizá lo haría por la noche, para ponerlo al día de cómo avanzaban los nuevos asesinatos de troyanos que habían ordenado.
La calle por la que se adentró Luis Conde era estrecha, adoquinada, con balcones, algunos llenos de macetas. Se detuvo ante un portal, observó la fachada y entró.
Los guardaespaldas siguieron caminando, uno hacia cada extremo de la calle, atentos.
Una pareja de turistas se acercó a uno de ellos. Querían una foto. El guardaespaldas asintió.
Ellos posaron.
El guardaespaldas retrocedió unos pasos para encuadrar la foto con la panorámica de los edificios y la calle desierta.
En la imagen, los turistas sonreían. Detrás, aparecía el portal por el que Luis Conde había desaparecido.
Una fotografía inocente.
La guarida de un hombre que todavía creía que controlaba el destino.
Y que, sin saberlo, ya tenía la muerte muy cerca.