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Annick Dupont se mordía el labio inferior con un gesto casi infantil y sus ojos brillaban ante a las pantallas.
No podía apartarlos de Luis Conde, que seguía ensimismado frente a la estatua, intentando descifrar la mirada enigmática de Atenea y qué había visto la Kore durante su existencia en la época de esplendor de la Acrópolis griega.
—Lo tengo —avisó Annick con voz cantarina, a través de la aplicación Ilión, a Díaz de León.
El general, siempre calculador, no mostró emoción alguna, pero su mente comenzó a trabajar a toda velocidad.
—¿Dónde está? —preguntó, con su voz baja y autoritaria mientras sostenía el paraguas con una mano y miraba la pantalla del móvil con la otra.
—En el Museo de Bellas Artes. Lleva un buen rato observando la Kore de Lyon —respondió Annick, con un gesto automático al apartar el pelo de su rostro, sin permitirse ni un instante de distracción.
Luis Conde no se movía. Apenas parpadeaba. La escultura arcaica lo tenía hechizado, como si esperara escuchar en el mármol la voz de la diosa. Estaba solo, y en su figura había una grandeza que recordaba a los viejos héroes griegos, que aún se permitían mirar a los ojos al destino.
—No le pierdas de vista. Vamos para allá —ordenó tras cerrar el paraguas, puesto que le dio la impresión de que el sirimiri había cesado.
—¿Algo más, general? —preguntó Annick, sin quitarle el ojo de encima a Luis Conde a través de una de las pantallas que tenía frente a ella.
—Sí, avisa a Arthur Phillips, para que también lo siga con el satélite. No quiero sorpresas y que lo podamos perder.
—Así lo haré.
Se desconectó del canal y, sin pausa, se conectó al chat privado de Los Ojos del Cielo para comunicar la información.
En pocos segundos, las confirmaciones comenzaron a llegar.
Uno por uno, los cinco estaban activos. Arthur, despeinado, en camiseta, todavía con restos de sueño, ya se calzaba los zapatos para ir a su oficina.
Ella podía ver en la cámara cómo el hombre se transformaba de analista dormido a depredador digital en cuestión de minutos, para seguir los pasos de Luis Conde.
Pero fue Santiago quien rompió el ritmo del grupo.
—Lucía no responde. Hay un incendio en su hospital. Es en la planta de Medicina Interna.
El silencio que siguió a su mensaje fue más atronador que cualquier alarma. Annick notó cómo el nudo en su garganta crecía.
El rostro de Santiago, proyectado en una de las ventanas de Ilión, se veía contraído, irreconocible. Su voz tembló con la cadencia quebrada del que está a punto de romperse.
—La he llamado ya siete veces. Sigue sin responder. Lucía nunca apaga el móvil.
Una vez más, la volvió a llamar y obtuvo la misma respuesta.
Tenía el presentimiento atávico de que Lucía estaba en peligro.
Santiago pisó el acelerador a fondo.
La curva llegó como una emboscada, sin aviso, y no se dio cuenta de que era demasiado cerrada para esa velocidad tan exagerada.