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Santiago Reyes tenía las manos firmes en el volante y el pie hundido en el acelerador.
El motor rugía al ritmo de su respiración, alimentando el vértigo que se había apoderado de él. La autovía se desplegaba como una cinta gris que devoraba kilómetros sin piedad mientras las señales de tráfico pasaban borrosas, convertidas en fogonazos en la periferia de su campo visual.
Había empezado su jornada con un sueño extraño, de aquellos que se quedan pegados al cuerpo, donde las sombras de sus antepasados lo observaban en silencio, con la exigencia de que cumpliera lo que se esperaba de él.
La madrugada lo encontró empapado en sudor, pero con una serenidad que solo se consigue cuando se está a punto de cumplir un destino ineludible.
Sentía una calma fría y precisa, aún más durante la espera, escondido en su coche, esperando que Eloy Campos apareciera ante él.
La misma que lo acompañó en el momento de la ejecución, en la que no le tembló el pulso.
Mantuvo la tranquilidad porque era lo más razonable para no cometer ningún error y poder cumplir la venganza que le exigían, desde sus tumbas, los troyanos asesinados en las últimas semanas.
Todo se resolvió con una claridad casi premonitoria.
No hubo remordimientos, tan solo la obligación de un deber que pesaba sobre su conciencia.
Sin embargo, toda aquella relajación matutina se había transformado en un torrente de adrenalina que mantenía su cuerpo en tensión.
Avanzaba por la autovía de regreso a Murcia a una velocidad exagerada, muy lejos de las normas de seguridad y del sentido común, de esas que harían sonreír al guardia civil apostado tras un radar.
Su rostro se iluminaba por momentos con una sonrisa que bailaba entre lo perverso y la satisfacción. Estaba alegre por el deber cumplido. También, porque con el asesinato de Eloy Campos, se acercaba el final de esa conspiración contra su pueblo.
El sonido del teléfono móvil lo sacó de su ensoñación.
—Jefe, ¿dónde estás? —preguntó Daniel Santos, con exigencia, cargado de preocupación.
La voz del inspector, grave y urgente, le hizo tensarse como un arco. Apretó el volante con más fuerza. Sabía que no podía revelar su ubicación. Si alguien descubría lo que acababa de hacer, las consecuencias serían terribles.
—¿Qué pasa ahora? —La voz de Santiago salió apretada, con esfuerzo en cada palabra.
—Se ha declarado un incendio en la planta de Medicina Interna del hospital Alfonso X —con rapidez y con un tono de preocupación, informó Daniel.
El pecho de Santiago se contrajo al oír la noticia. Los recuerdos de su hija lo asaltaron y la desesperación se apoderó de él mientras intentaba asimilar lo que le decían.
—¿¡Qué!? —El sonido de la voz de Santiago llenó el coche, los ojos se le crisparon y apretó aún con más fuerza el volante.
—Los bomberos están de camino. Yo también voy para allá. Me temo que está fuera de control, jefe —relató conciso Daniel.
—Nos vemos allí en una hora y media —sentenció Santiago, ya casi sin palabras.
Colgó y, sin perder tiempo, marcó el número de Lucía.
El teléfono sonó antes de que la respuesta metálica lo golpeara como una descarga eléctrica: « El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura ».
Su intuición le dijo que algo había sucedido.
Lucía nunca apagaba su teléfono.
Sin pensarlo, colocó la luz estroboscópica de la policía sobre el salpicadero y pisó el acelerador aún más a fondo.