La última princesa de Troya 77
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Rubén Pita tenía que actuar rápido.

Su vida dependía de ello.

O se pudriría entre barrotes.

El baño estaba impregnado de esa calma inquietante que acompañaba sus pensamientos antes de actuar. Miró al espejo y se encontró allí, reflejado, convertido en un extraño al que observaba sin que nadie pudiera descifrar sus intenciones. No había vuelta atrás.

El sudor le resbalaba por la frente en un descenso lento y serpenteante. Se secó la cara y salió del baño. Aún sentía el agua fría entre sus cejas, pero no lograba apagar el calor que se había instalado en su pecho por la amenaza latente.

Una sola idea retumbaba en su cabeza: « eliminar cabos sueltos ».

Comprobó que la puerta del despacho de Gonzalo seguía cerrada.

Un buen síntoma. O un mal presagio.

Lo importante era que aún tenía unos minutos. Pocos. Pero suficientes.

No sabía cómo lo habían descubierto, pero lo habían hecho. El gilipollas de Gonzalo Vidal lo sabía. La sabionda de Lucía también. Y, por supuesto, el lameculos de Roberto, que siempre olfateaba las migajas que Gonzalo dejaba caer.

No podía permitir que hablaran.

No si quería conservar su libertad. Su carrera. Su vida.

Necesitaba una estrategia. Rápida, certera. Y una coartada lo suficientemente sólida como para flotar en el lodazal de sospechas que se avecinaba.

Tenía que tomar la única decisión que quedaba.

Salvarse.

Y para salvarse, alguien tenía que morir.

La idea llegó como llegan las ideas que valen la pena, caída del cielo, con su viejo instinto que despertó de golpe por el fulgor de la urgencia.

No había margen para sentimentalismos ni titubeos.

Rubén no era de esos. Había vivido en la frontera del peligro demasiados años para asustarse ahora por un poco de pánico y algún cadáver más.

Estaba acostumbrado a elaborar tácticas que hacían pasar cada asesinato por una muerte natural, un accidente y, cuando la ocasión no lo permitía, ejecutar un crimen sin dejar pistas.

Se dirigió con pasos veloces hasta la lencería.

Estaba justo al lado del baño de los médicos.

Nadie se fijó en él. Esa habitación, un almacén para todo, sería su escenario perfecto.

Sabía que allí dentro había sábanas, empapadores, mantas, almohadas apiladas hasta el techo, alcohol, material médico y algún que otro medicamento.

Lo que no esperaba, y que agradeció, fue la bombona de oxígeno. Una joya. Pura dinamita hospitalaria.

Rubén se movió rápido y más preciso que un cirujano en plena operación.

Agarró una botella de alcohol, la abrió con fuerza y empezó a rociar las mantas y todo el material de lencería con generosidad.

Luego, se acercó a la bombona. Abrió la espita y el siseo le erizó el vello del cuerpo.

El oxígeno escapaba, invisible y traicionero, impregnando la habitación con una amenaza silenciosa.

Sacó una cerilla. La encendió y la dejó caer sobre las mantas empapadas.

El fuego prendió con un rugido suave. Una llama temblorosa, naranja y creciente, como una lengua que lamía victoriosa las paredes. Sabía que no tardaría. El oxígeno era un demonio impaciente.

Salió sin llamar la atención, agachando la cabeza. Lo suficiente para evitar las cámaras. Y caminó hacia el control de enfermería.

No había pasado ni medio minuto cuando la voz de una auxiliar se alzó por encima del murmullo general.

—¡Fuego! ¡Fuego! —gritó, y a Rubén le supo a alivio.

La palabra se propagó incendiando todo a su paso y el caos no tardó en aparecer. Gritos. Carreras. El humo se deslizó por el pasillo convertido en un fantasma oscuro y la histeria se desató. En segundos, personal, familiares y pacientes corrían desorientados.

La bombona estalló con un estruendo seco. No fue una explosión de película, sino algo más sordo, más real, un portazo que sacudió las paredes.

Rubén no pestañeó. Había visto explosiones. Había oído otros estallidos más íntimos, como los de la carne al romperse o los del alma al rendirse.

Vio a Lucía desaparecer al fondo, entrando en una habitación, y a Roberto salir del despacho con los ojos desorbitados.

Rubén fue a su encuentro, con paso firme y el rostro neutro, casi preocupado. Se acercó simulando que tenía una información importante que darle. Roberto se detuvo y arqueó las cejas, a la espera de una explicación.

Rubén no dijo nada. Solo dejó que la tensión flotara entre ambos.

Un silencio cargado de electricidad. Y entonces, con un movimiento preciso, casi elegante, giró la muñeca y descargó el canto de la mano derecha contra el lateral del cuello de Roberto.

Justo en el punto donde el esternocleidomastoideo marcaba un trazo oblicuo desde la apófisis mastoides del hueso temporal, debajo de la oreja, hasta el esternón.

Fue un golpe limpio, seco, quirúrgico. Ejecutado con la fuerza justa para comprimir el seno carotídeo sin fracturar huesos ni dañar la tráquea.

Roberto soltó un suspiro breve, sus ojos se abrieron al máximo, y cayó de rodillas sin oponer resistencia. Después, se desplomó de lado, igual que una marioneta sin hilos, inconsciente.

Rubén lo atrapó antes de que la cabeza golpeara el suelo. Miró a los lados. Nadie lo había visto. El humo empezaba a llenar el pasillo y la confusión jugaba a su favor.

Lo arrastró con rapidez hacia la lencería, que ardía con un fuego más denso.

El calor era insoportable. Colocó el cuerpo de Roberto cerca de las sábanas ennegrecidas, aparentando un desmayo mientras intentaba apagar las llamas.

Pronto, los gases harían su trabajo. Muerte por inhalación.

Accidente trágico. Una víctima más del fuego.

Rubén Pita salió de allí y regresó a la confusión del pasillo, actuando con la pericia de un cirujano que acaba de cerrar la última incisión.

La primera parte del trabajo estaba hecha.

Nadie sospecharía.

Pero aún no había terminado.

Rubén caminó sin vacilar por el pasillo envuelto en humo.

Las alarmas desgarraban el aire con un chillido histérico y el olor a plástico quemado se metía en los pulmones, un veneno invisible y letal.

Se detuvo junto al despacho de Gonzalo Vidal, empujó la puerta con la punta de los dedos.

Vacío. Ninguna sorpresa. Nadie con dos dedos de frente se quedaría quieto mientras todo arde.

El calor ya empujaba con fuerza. Una capa de aire abrasado que ondulaba como si el propio hospital ardiera desde las entrañas.

Avanzó entre la humareda y los gritos, echando un vistazo fugaz a cada habitación. Los rostros que se cruzaban con él apenas se fijaban. Solo alguien más que trataba de ayudar. Solo humo. Solo caos.

Y entonces, lo encontró.

Gonzalo Vidal venía hacia él desde el control de enfermería. Tosía con violencia, con los ojos rojos, como una figura espectral entre la bruma. Gritaba órdenes con la voz tensa que nadie obedecía, porque en mitad del infierno sólo se obedece al instinto.

Rubén se aproximó con gesto de confusión. Gesticuló con las manos y gritó algo incomprensible, como si buscara supervivientes.

Gonzalo lo miró con un destello de extrañeza, incluso de sospecha. Aquella cara no cuadraba del todo allí.

Por un instante, pensó lo impensable.

¿Y si había sido él?

Pero lo descartó de inmediato. Rubén no tenía agallas para eso. ¿O sí?

Ya estaban uno frente al otro, apenas a un metro de distancia. Justo junto a la puerta de la sala de lencería, el corazón ardiente del incendio.

Rubén no dudó.

El golpe fue seco. Letal. Un movimiento entrenado y brutal que emergió de la cortina de humo para percutir el seno carotídeo. Gonzalo ni siquiera lo vio venir. Se desplomó sin resistencia, sin entender nada.

Rubén lo sujetó en el aire. Tiró de él con fuerza y lo arrastró dentro. Allí, el calor quemaba hasta los pensamientos, por lo que evitó respirar. Roberto yacía aún inconsciente y su cuerpo ya estaba cubierto por una capa de hollín. Colocó a Gonzalo junto a él y salió por piernas.

El horno realizaba su trabajo.

En pocos minutos, los gases tóxicos terminarían la labor y ambos morirían asfixiados.

La segunda parte del trabajo estaba hecha.

Ahora faltaba la tercera.

El pasillo era un infierno. Voces, carreras, lamentos. Siluetas que cruzaban de un lado a otro como fantasmas atrapados en un limbo de humo y fuego.

Rubén se metió en el baño. Se lavó la cara, manchada por la humareda negra que había en la sala de lencería.

Luego, se dirigió al vestuario. Allí no había nadie.

La taquilla se abrió con un chirrido metálico y comenzó a cambiarse de ropa con la tranquilidad del actor que sabe que la obra depende de su papel.

Había ensayado ese acto tantas veces que le pareció una escena ya vivida.

Al final se quitó la barba, se cambió la peluca y se miró al espejo

El Flaco salió al pasillo y se incorporó al grupo de salvadores, moviéndose con ellos.

Encontró una silla de ruedas en la puerta de una habitación y no lo dudó.

La cogió y se dirigió con ella hacia el control de enfermería.

Nadie preguntó nada. Nadie lo miró dos veces.

Era solo otro sanitario más que ayudaba a evacuar a los pacientes.

Pasó de largo y siguió empujando la silla hasta el fondo de la planta de Medicina Interna.

Y entonces apareció Lucía.

No caminaba. Flotaba. Su cuerpo presentía lo que el alma aún no sabía. Iba directa hacia él, con el gesto roto por la confusión y la sospecha. Y algo, en sus ojos, lo decía todo sin palabras.

Se detuvo en seco cuando vio al Flaco.

Y lo reconoció.

No tenía dudas.

Lucía estaba segura de que el incendio lo había provocado él y ahora venía a por ella.

Sin embargo, el Flaco avanzó muy rápido hacia ella.

—¿Queda alguien más por ahí? —gritó, alzando la voz por encima del estruendo—. ¡Tengo una silla!

Terminó de hablar y el Flaco ya estaba a la altura de Lucía.

A ella no le dio tiempo a responder. No hizo falta.

El golpe en el cuello fue certero, rápido, de esos que no provocan escándalo, pero sí consecuencias. La sujetó antes de que se desplomara, como si fuera un desmayo, una caída menor entre tantas. Le quitó la bata, se guardó el fonendoscopio y le puso una peluca rubia, ensortijada.

La sentó en la silla de ruedas y empujó con decisión a través del pasillo, en dirección a la salida.

Nadie reparaba en un conductor de ambulancia que empujaba una silla de ruedas, intentando salvar a la familiar de una paciente ingresada en la planta de Medicina Interna, en la que se había declarado un incendio.

A través del pasillo, el Flaco sorteó al personal, los familiares y algunos pacientes que huían despavoridos.

Salió al vestíbulo, el lugar que separaba las dos alas de la planta de Medicina Interna. Allí, la zona estaba llena de camas con pacientes y los rostros eran máscaras de humo, de miedo, de cansancio.

Carmen Pardo creyó reconocer a Lucía, por la vestimenta, en la persona que sacaban en una silla de ruedas. Sin embargo, no se pudo cerciorar.

El Flaco se dirigía con gran velocidad hacia los ascensores de servicio exclusivo del personal. Sabía que estaba prohibido utilizarlos durante un incendio. Se podía quedar atrapado en el ascensor y ser descubierto. Pero no había otra opción.

Se la tenía que jugar.

El ascensor no tardó en llegar. Pulsó el número del sótano y, una vez allí, tomó dirección hacia el aparcamiento.

El Flaco salió sin mirar atrás y empujó hasta su coche, sin que nadie se percatara de su presencia.

Metió a Lucía, que seguía inconsciente, en el maletero. Cerró de golpe. Empujó la silla de ruedas lejos, para alejarla de su coche. Arrancó y salió del hospital.

En la calle, a lo lejos, oyó las sirenas que anunciaban la llegada de los bomberos y la policía.

El hospital ardía.

Y él, se marchaba con su trofeo.

Lucía, la sabelotodo que lo había descubierto, estaba en sus manos.

La tercera parte del plan acababa de comenzar.