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Desde hacía horas, Santiago permanecía reclinado en el asiento trasero de su coche, envuelto en un silencio que le resultaba cómodo. Pensaba en las decisiones que lo habían conducido hasta allí, a esa calle anónima donde todo parecía condenado a suceder desde hacía siglos.
Acariciaba el arco y las flechas con una devoción arcaica, casi religiosa, como si en esa madera curvada y esa punta de bronce, afilada con meticulosidad y aún impregnada del aroma de la antigüedad, estuviera escrita sin palabras, la historia de todos sus muertos.
Era el mismo arco con el que, según le contaron su padre y su abuelo, se defendieron los últimos troyanos mientras ardían las murallas de su ciudad.
El mismo que había cruzado mares, guerras y lenguas hasta reposar, silencioso, entre las manos de Santiago, el hombre que no hablaba de sí mismo.
Tenía la vista fija en la pantalla del teléfono, en la aplicación Ilión, que mostraba la imagen estática de la entrada del escondrijo de Eloy Campos.
La visión satelital se mantenía acechante como un ojo ancestral, un vigía de Arthur Phillips.
También, los Guerreros del general lo avisarían cuando Eloy pusiera un solo pie en la calle.
Los cristales tintados de su coche le ofrecían una protección que agradecía puesto que, desde la calle, nadie podía observar lo que sucedía dentro del coche.
No tenía prisa. Sabía esperar. Ya había pasado por esa situación en cientos de ocasiones, en circunstancias menos favorables, aguardando a que los delincuentes cometieran el error que los condujera hacia sus garras. Sabía que, tarde o temprano, Eloy cometería el error de dejarse ver.
Comenzó a pensar en los muertos. En Antonio Fajardo, en Carlos Duro y la familia de ambos.
En Rafael Moya, en el senador y el profesor Leone.
En los nombres que tachó en su cuaderno con tristeza.
Pensaba también en Carmen, en su piel blanca contra las sábanas del hospital, aún atada a la vida por los hilos frágiles de la medicina, padeciendo las consecuencias de la investigación que llevaban a cabo.
Y, sobre todo, pensaba en Lucía. Su hija.
La última princesa de Troya. La que no se merecía nada de todo aquello.
Por fin había llegado el día. La hora de la venganza.
Su objetivo consistía en llevar la paz a la sangre de su pueblo.
Y él, Santiago Reyes, rey de los troyanos, estaba dispuesto a ejecutar el mandato de los reyes que antes le habían precedido.
Eloy Campos estaba más tranquilo que el día anterior.
Tras los asesinatos que había ordenado, ya tenía la confirmación de sus hombres de que los troyanos habían adoptado medidas defensivas exhaustivas y que iba a ser mucho más complicado llevar a cabo los nuevos crímenes.
Hasta el Flaco, uno de sus mejores hombres, tampoco ejecutó el nuevo homicidio la noche anterior.
Esas noticias aún no se las había trasladado a Luis Conde. No tenía ganas de importunarlo. Lo que sí que tenía claro es que debía de organizar una nueva estrategia para que sus hombres pudieran eliminar a los troyanos.
Ya no tenía miedo o, al menos, tenía menos miedo que las últimas cuarenta y ocho horas, puesto que las medidas de protección que había adoptado, surtían efecto.
Santiago sintió que el momento había llegado antes de que la notificación llegara. Fue un cambio en la atmósfera. Un frío distinto. Un silencio más palpitante.
Lo vio a través de Ilión y luego, sí, el mensaje vibró en su teléfono, y lo sacó de su letargo. Dos palabras que lo activaron como un resorte: « Objetivo fuera ». No necesitó leer más.
Santiago no pestañeó.
Eloy Campos cruzó el umbral de su escondite con la sensación vanidosa del hombre que cree haber ganado la batalla sin saber que ha perdido la guerra.
Iba tranquilo. Incluso despreocupado. Miró a un lado y a otro.
Nada llamó su atención. Su seguridad era el escudo de los que han matado demasiado y creen que la impunidad es eterna.
Caminaba deprisa. No miraba al cielo. Nadie lo hace si cree estar por encima del destino.
Pasó junto al coche sin reparar en él. Los cristales tintados protegían a Santiago, oculto en la penumbra. No vio nada. Solo su reflejo en el cristal oscuro.
Santiago lo miró a través de la ventanilla. Su rostro. Sus ojos. El gesto de quien cree tenerlo todo bajo control.
Con la lentitud calculada de un cazador veterano, Santiago abrió la puerta trasera. El clic fue apenas un murmullo entre los ruidos de la mañana y los pasos de la ciudad.
Salió a la acera y pronunció una única palabra:
—Mirmidón —dijo, con voz ronca, como si esa palabra contuviera siglos de memoria.
Eloy se giró de inmediato, con la conmoción de quien ha vivido rodeado de enemigos, y se le cayó el cielo encima. Tenía la pistola en la mano. Pero ya era tarde.
La punta de una flecha atravesó su tráquea como si la carne solo fuera papel de fumar. No pudo gritar. No pudo disparar. Solo abrir los ojos en un gesto de asombro y horror.
Santiago empuñaba el arco de sus antepasados, con firmeza, como si fuera el propio rey Príamo quien lo hiciera con toda la furia que ardía en su corazón. Con un movimiento muy preciso, cogió otra flecha del carcaj, la ensambló en el arco, apuntó y disparó.
La segunda, apenas un instante después, le perforó el pecho, exacta, certera, directa al corazón.
Eloy Campos cayó de rodillas, herido de muerte. Miró a Santiago sin entender qué demonios pasaba, sin comprender que aquello era el final. Luego se desplomó en la acera.
Santiago bajó el arco con calma. No dijo nada.
No celebró nada. Solo observó el cadáver durante unos segundos.
Los ojos aún abiertos. El rostro aún incrédulo.
La sangre que se desparramaba por la acera.
Un hombre que había matado a muchos troyanos y al que nadie le había dicho jamás que los fantasmas también sabían disparar.
Llegaron los cuatro Guerreros. En silencio, como si el asesinato fuera un ritual sagrado. Desprendieron las flechas del cuerpo con una delicadeza que contrastaba con la violencia anterior, las limpiaron y se aseguraron de que todo estuviera en orden.
Santiago recuperó las flechas y las envolvió en una tela blanca, con el mismo cuidado con el que un sacerdote guarda sus reliquias.
Antes de marcharse, alzó la vista hacia el cielo pálido.
—Matamos al asesino Eloy Campos —murmuró, dirigiendo sus palabras a sus antepasados ausentes, convencido de que aún lo escuchaban.
Luego se dio la vuelta y desapareció con los suyos, sin mirar atrás.
Como hacen los que han jurado lealtad a los muertos.
El aire olía a justicia.
A Troya.