La última princesa de Troya 75
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Rubén Pita clavó los ojos en Gonzalo Vidal con un odio que no sabía bien de dónde nacía, pero que le abrasaba por dentro.

Un odio que no se parecía al desprecio profesional ni a la rivalidad entre colegas.

Era más antiguo, cocido a fuego lento, como si alguien hubiera desgarrado una herida que llevaba años suturada a la fuerza.

Había perdido los papeles. Lo sabía. Lo sabía demasiado bien.

Y lo peor de todo era que todos también lo sabían.

El estallido de furia que había tenido minutos antes había destrozado la fachada de médico impecable, sereno, que tanto se había esforzado por construir.

Su comportamiento había sido necio y ridículo ante la mirada de toda la plantilla.

Y el culpable de esa caída, de ese derrumbe íntimo y vergonzoso, era Gonzalo Vidal.

Lo que le dolía, más que el ridículo en sí, era haberle concedido a Gonzalo exactamente lo que quería: un resquicio para dejarlo en evidencia.

Gonzalo Vidal lo conocía. Sabía cómo provocarlo.

No con gritos ni ataques frontales, sino con esas frases medidas, los silencios sibilinos, las ironías afiladas que tan bien manejaba.

Era un manipulador fino. Un depredador de la palabra.

Y él, Rubén Pita, había caído con la torpeza de un novato sin templanza.

La sesión clínica llegaba a su fin. Gonzalo dijo una frase para cerrar el acto y un murmullo inquieto recorrió la sala, semejante a un reflujo esofágico repentino.

Aún sentado en mitad de la sala, con los médicos elevando el tono de sus voces, Rubén se repetía que todo aquello había sido producto de la tensión de las últimas semanas.

El desgaste, la presión creciente, las noches sin sueño.

Era eso, tenía que serlo. Se prometió, con una firmeza que no admitía grietas, que no volvería a ocurrir.

Nunca más.

A su alrededor, la sala entera comenzó a ser un hervidero de opiniones susurradas.

Los médicos se levantaron sin mirarse demasiado a los ojos, marcados por haber sido testigos de una escena incómoda que no debía haber ocurrido.

Algunos fingían indiferencia, otros comentaban en voz baja, casi divertidos, el espectáculo al que acababan de asistir.

No todos los días se presenciaba un duelo dialéctico tan despiadado como el que acababa de enfrentar a los dos nombres con más relevancia del servicio.

Ya sabían que aquella mañana quedaría tatuada en la historia del hospital.

En los pasillos ya se fraguaba el eco de ese enfrentamiento memorable.

Nadie hablaría de otra cosa durante días.

Lucía, por su parte, se mantenía al margen. No intervino. No tomó partido. Observó el duelo con la frialdad con la que se contempla un incendio lejano, en silencio, con inteligencia y la distancia que tanto la caracterizaban. Sabía que no era su guerra.

Estaba a punto de cruzar la puerta cuando la voz de Gonzalo retumbó con claridad desde el fondo de la sala y la detuvo.

—Lucía, espera un momento. Quiero hablar contigo.

Ella se giró despacio. Los ojos se le entornaron y una chispa de sorpresa cruzó su rostro. No dijo nada, pero en su fuero interno pensó con fastidio: « ¡Joder, a ver qué quiere este ahora! ».

Rubén también lo escuchó. Y aunque ya se había levantado y fingía estar enfrascado en una conversación insustancial con un compañero, no pudo evitar que sus ojos siguieran la escena con disimulo.

Gonzalo terminó de dar instrucciones a los residentes y luego se dirigió hacia Lucía. Iba solo en apariencia. Aunque detrás caminaba Roberto, su sombra inseparable.

—A mi despacho —ordenó Gonzalo con seriedad.

Lucía lo siguió sin titubeos. No necesitó avanzar mucho puesto que el despacho del jefe estaba justo al lado. Entró tras él, con la cabeza alta y el gesto sereno, y Roberto cerró la puerta tras ellos.

Desde el control de enfermería, Rubén los vio desaparecer. Disimulaba escuchando lo que le decía el otro médico, pero su mente estaba en otra parte. Un presentimiento se abría paso en su interior, parecido a una intuición afilada.

Dentro del despacho, Gonzalo se sentó con meticulosidad y dejó que sus manos descansaran sobre la superficie pulida de la mesa.

—Siéntate ahí, Lucía —dijo y señaló con el dedo la silla frente a él.

Ella obedeció. No estaba nerviosa, pero sí atenta. Intuía que no iba a ser una conversación cualquiera.

Roberto permaneció de pie, alerta.

—¿Lo has visto, verdad? —preguntó Gonzalo sin rodeos.

—¿El qué?

Roberto aguzó el oído y miró fijamente a Gonzalo.

Lucía fingió no saber a qué se refería, pero sus ojos se entreabrieron levemente. No era del todo una mentira, pero tampoco una negación.

Sin embargo, Gonzalo ya había leído la respuesta en su gesto. Entrelazó las manos con calma sobre la mesa. No era momento de ironías.

—Tú también lo has visto. Te observé después de que Pitagorín hiciera ese gesto con el hombro. Sé que tú también sabes quién es.

El apodo Pitagorín, pronunciado con desprecio, flotó en el aire como una señal inconfundible.

Lucía no vaciló. Ni pestañeó.

—Sí. Sé muy bien de quién se trata —afirmó con seguridad, sin adornos.

Roberto dio un paso al frente. Miraba a uno y a otro, descolocado.

—¿Se puede saber de qué habláis? —Roberto se había perdido la escena. Igual en esos momentos miraba a Gonzalo o en otra dirección.

Lucía se levantó. Ya no había nada que ocultar. No había desafío en su gesto. Tampoco miedo. Sólo la gravedad serena de quien acaba de encontrar lo que buscaba y no le gusta ni un pelo.

—Roberto, Gonzalo y yo acabamos de descubrir al asesino del hospital.

El silencio posterior se volvió opresivo, imposible de ignorar.

Durante un momento, ninguno se movió.

Rubén Pita cerró la puerta del aseo. Lo hizo sin prisas, sin mirar atrás.

Se sentó sobre la tapa del inodoro como un rey en su trono, con las piernas abiertas y los codos apoyados sobre los muslos.

De su bata blanca, inmaculada, extrajo el teléfono móvil.

Lo sostuvo en la mano, dudando. Luego abrió la aplicación.

El icono, discreto, no llamaba la atención. Pulsó sobre la última grabación.

Las voces comenzaron a sonar con nitidez. Las había captado con absoluta precisión el micrófono que había colocado con minuciosidad hacía unos días, en el rincón más discreto del despacho.

«—… acabamos de descubrir al asesino del hospital .»

Rubén no parpadeó. Ni siquiera tragó saliva. Escuchó en silencio y dejó que cada palabra penetrara dentro de él como una aguja intravenosa lenta. Terminó, apagó el móvil y lo guardó con la misma pulcritud con la que se cierra una herida bien suturada.

No estaba sorprendido. No del todo. En realidad, llevaba tiempo esperando que lo descubrieran. Lo que le sorprendía era la certeza con la que ellos lo decían. La convicción.

Y sin embargo, aún no sabían nada.

« Ahora sí », pensó. Ahora empieza el verdadero juego.

Ya no era cuestión de venganza.

Era estrategia.

Y él sabía jugar.