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Luis Conde estaba aburrido.
No era miedo lo que lo retenía dentro de aquel piso franco del barrio Vieux Lyon, sino aburrimiento. Ese tedio espeso y pegajoso que sólo conocen las personas inteligentes al verse obligadas a no hacer nada.
Había elegido esa ciudad por razones que para él eran lógicas.
Se trataba de una de las ciudades más antiguas de Europa, capital de la Galia en tiempos romanos, vestigio de un pasado que reverberaba entre las piedras gastadas durante siglos de pasos.
Si tenía que esconderse, pensaba, al menos que fuera en un sitio digno.
Desayunaba sin entusiasmo una tostada con mantequilla y un café tibio que había preparado él mismo en la pequeña cocina del apartamento.
Se sentó junto a la ventana, apuró la taza y volvió a mirar la calle, incapaz ya de contar cuántas veces lo había hecho.
Solo veía el empedrado húmedo, los tejados grises y a los dos tipos designados por Eloy Campos que caminaban por la calle, parapetados tras su disfraz de vigilantes discretos, fingiendo que no estaban allí.
No había ni rastro de troyanos, pero eso no era lo que más le inquietaba.
Lo que lo roía por dentro era la sensación de estar detenido en el tiempo, como una de sus amadas estatuas mal colocada en un museo equivocado.
Al otro lado de la ciudad, en una cafetería del centro, el general Díaz de León y Annick Dupont compartían un desayuno sobrio y una conspiración silenciosa.
Él apenas había dormido. Venía de realizar un trayecto extenuante, en avión desde Madrid a París la noche anterior, y a primera hora de esa mañana en el TGV desde París hasta Lyon, pero no le importaba.
En su rostro no se reflejaba ni una mota de cansancio por haber dormido tan poco.
Había aprendido hacía décadas que el cansancio es una forma menor de debilidad, y que un rostro sereno suele engañar mejor que cualquier disfraz.
Ella, impecable con su pantalón azul marino, camisa mil rayas azules y el abrigo sobre la silla de al lado, sorbía un té sin azúcar.
Él, con la sobriedad informal de los hombres que intentan pasar desapercibidos, hojeaba un pequeño cuaderno de notas, marcado con signos que solo él comprendía.
Habían hablado lo justo durante el desayuno para revisar la estrategia, para intercambiar claves.
Compartían el convencimiento de que ese día, al fin, cazarían a Luis Conde.
Díaz de León terminó el café, se levantó y se ajustó la cámara de fotos al pecho igual que un turista más. Annick se despidió de él con tres besos en las mejillas. Cada cual sabía lo que debía hacer.
Luis Conde tomó una decisión. No pensaba pasar otra jornada más encerrado como un ratón asustado en su madriguera.
Salió del apartamento para adentrarse en las callejuelas del Vieux Lyon y saborear cada rincón de la ciudad.
Recorrió las calles medievales, estrechas y serpenteantes, y dejó que el tiempo se disolviera entre fachadas renacentistas de color ocre, tejados que parecían sostener siglos de historia y muros de colores desvaídos.
Caminaba despacio, casi con deleite, con las manos en los bolsillos del abrigo y los ojos pendientes de las piedras resbaladizas que crujían bajo sus zapatos.
Cruzó una traboule , uno de esos pasadizos secretos que unían calles como venas de piedra, y todo lo envolvía en una atmósfera que le resultaba familiar y distante.
Se sintió a salvo, aunque sabía que no lo estaba.
Detrás de él, los guardaespaldas de Eloy lo seguían con un paso más militar que discreto.
A unas calles de distancia, el general Díaz de León comenzó a desplegar su operativo.
El perímetro era reducido. Estaba trazado en rojo en el mapa que Annick le había entregado.
Apenas cincuenta metros de calles y un puñado de edificios de cuatro o cinco plantas que daban la impresión de haberse encogido con el paso del tiempo.
Lo suficiente para intuir que el escondite de Luis tenía que estar cerca.
El cielo seguía cubierto. La llovizna fina se deslizaba con parsimonia sobre los paraguas abiertos y los cristales de las ventanas. Los Guerreros se diseminaron con cautela. Fingían ser turistas solitarios, estudiantes o fotógrafos aficionados. Nadie llamaba la atención. Todos vigilaban.
Bajo ese sirimiri fino, que no calaba, pero que resbalaba desde las nubes para mojar el suelo empedrado del barrio, el general avanzaba con parsimonia, cámara de fotos colgada del cuello y paraguas en la mano.
Tras más de una hora de inspección sin resultado, escrutando cada piedra, repisa y balcón, el semblante del general no se alteró. Su rostro era una máscara inmutable, curtida en campañas más duras y emboscadas más peligrosas.
No había prisa.
Sabía que la paciencia era su mejor arma.
Y la presa terminaría por delatarse.
Luis Conde entró en el Museo de Bellas Artes con la misma actitud serena que había tenido toda la mañana, pero no confiada.
Cruzó las salas con la familiaridad de quien vuelve a casa después de una larga ausencia.
En el fondo, aquello era el único espacio sagrado que consideraba propio.
Se dirigió directamente a la sala donde se encontraba lo que venía a ver: la Kore de Lyon.
Había estado allí muchas veces en sus viajes a la ciudad, pero aquella mañana la estatua lo conmovió más que nunca.
La figura de mármol jónico, confinada tras una vitrina gruesa de cristal, parecía observarlo desde una eternidad callada.
El busto representaba a Atenea, diosa de la guerra y la sabiduría, que había protegido a Aquiles durante la guerra de Troya.
Madre simbólica de quienes, igual que él, llevaban siglos atrapados en un destino que no terminaba de cumplirse.
La sala estaba casi vacía. El suelo de mármol brillaba bajo la luz que entraba por los ventanales altos y las paredes color crema ofrecían un telón sobrio para las obras expuestas.
Luis se quedó inmóvil, hipnotizado frente a la Kore, ante aquel rostro inmutable que había contemplado la gloria de la Acrópolis.
Su respiración se hizo más lenta, y sintió que el mundo exterior, allí también, se detenía.
No pensó en sus guardaespaldas.
No pensó en los riesgos.
Solo en ella. En lo que representaba. En lo que su presencia le recordaba.
Fue su error.
A varios kilómetros de allí, en el edificio de la Interpol, Annick seguía cada movimiento desde su despacho.
Rodeada de pantallas, conectada a la red de cámaras de vigilancia de la ciudad, su atención estaba en el programa informático de reconocimiento facial que escaneaba rostros sin descanso con una velocidad de vértigo.
A través de la aplicación Ilión, el general y Annick permanecían en contacto en todo momento.
Una de las pantallas parpadeó. Annick se inclinó hacia delante y su melena rubia se deslizó sobre su hombro como una cortina de seda.
Allí estaba él.
El rostro de un hombre que miraba ensimismado a la Kore. Perdido en su propio universo.
Y… Annick sonrió.
La caza había comenzado.