La última princesa de Troya 73
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Lucía se estaba retrasando más de la cuenta en la habitación de Carmen, y aunque su intuición le gritaba que debía marcharse ya, algo más fuerte que la prisa la anclaba allí.

Había ocasiones en que una conversación sincera pesaba más que el protocolo clínico.

Era su paciente, sí, pero también una amiga, un punto de refugio silencioso en medio del caos que la rodeaba desde hacía días.

—No te preocupes. Te vas a curar —le dijo Lucía una vez más para tranquilizarla.

Le acarició la mano y sonrió, pero en el fondo sabía que las palabras eran poco consuelo. La enfermedad de Carmen no se resolvería con palabras.

Carmen la miraba con los ojos turbios y el rostro pálido bajo las gafas nasales de oxígeno. A pesar de ello, aún le quedaban arrestos para soltarle, con una sonrisa fatigada, unas palabras que habrían hecho sonrojar a más de un médico.

—No ha sido tu culpa, Lucía. Son gajes del oficio. Y ya sé que me voy a curar porque estoy en las mejores manos.

Aquello, dicho con voz gangosa y sin dramatismos, le llegó a Lucía como un abrazo suave. No tanto por el contenido, sino por lo que arrastraba detrás, el de una confianza que exiliaba cualquier tipo de dudas.

Miró el reloj. Pasaban cinco minutos de las ocho. Lucía le apretó fuerte la mano antes de despedirse con una sonrisa rápida y sincera. Después abandonó la habitación con pasos ágiles, engullida de nuevo por el ajetreo del hospital.

La sesión clínica comenzaba a las ocho en punto y ella nunca llegaba tarde.

La sala estaba llena. Fue como entrar en una de esas tiendas en las que suena una campana.

Al crujir la puerta, todas las cabezas se volvieron hacia su figura.

La sensación de ser observada se clavó en su piel como una espina invisible y Gonzalo Vidal le lanzó una mirada glacial, cortante, cargada de reproche.

Lucía, que ya no estaba para niñerías ni teatrillos, ni se molestó en saludar. Ni buenos días, ni disculpas. Caminó hasta el fondo de la sala y se sentó en una silla junto a la pared. Tenía que acostumbrarse a protegerse así, con distancia, silencio y frialdad, que era más refugio que escudo.

Desde allí podía observar a todos sin ser vista. Ya no se fiaba de nadie. Ni siquiera de sus compañeros. Ni de los amables, ni los distantes. Ni de los silenciosos, ni los más locuaces. Todos podían esconder algo y, cualquiera de ellos, podía ser un asesino.

Mientras el residente de turno balbuceaba su exposición con una voz que parecía pedir perdón por cada palabra, la sala mantenía una calma extrañamente uniforme.

La sesión era una balsa de aceite. Una farsa con bata blanca.

Los gestos comedidos, los comentarios anodinos, las réplicas tan suaves como el café de máquina.

Ni rastro del habitual duelo de egos entre Gonzalo Vidal y Rubén Pita.

Los habituales cruces de palabras, los desacuerdos airados, incluso las pullas disfrazadas de erudición, se habían esfumado aquella mañana.

Daba la impresión de que todos se habían puesto de acuerdo en bajar el volumen y fingir armonía.

Lucía bostezó. No de sueño, sino de aburrimiento. Aquel ambiente plácido le resultaba tan poco habitual que casi le producía desconfianza. Y no se equivocaba.

Entonces, como si alguien hubiera bajado el telón de la comedia para subir el de la tragedia, ocurrió.

El último caso clínico se presentaba cuando Rubén hizo un apunte, uno de esos comentarios tan suyos, aparentemente inocente pero con un trasfondo que no siempre era fácil de descifrar.

Gonzalo no tardó en reaccionar. Lo hizo con ese tono agrio que utilizaba si algo le molestaba más de la cuenta. Y bastó ese intercambio para que la falsa calma se deshiciera, al igual que una telaraña arrastrada por el viento.

Rubén, que hasta ese instante parecía cómodo en su trinchera, con las piernas estiradas y las manos entrelazadas en su regazo, se enderezó en su silla con movimientos lentos pero seguros.

El ambiente cambió de inmediato: el residente se quedó mudo y todas las cabezas se giraron hacia Rubén, mientras la tensión llenaba la sala.

Lucía no necesitó más que una décima de segundo para despertar de su letargo y entender que la tregua había terminado. Se incorporó también, más atenta, más alerta. No tenía intención de intervenir, pero tampoco de perderse lo que estaba a punto de estallar.

Gonzalo se giró en su silla para encarar a Rubén. Lo hizo con escepticismo y el desprecio que a veces desbordaba a borbotones. Su respuesta fue tajante. Venenosa. Las palabras no eran importantes, pero sí el tono agresivo, provocador y dispuesto a desgarrar. El comentario bordeaba el insulto.

La entonación fue suficiente para provocar miradas de asombro. Un murmullo recorrió la sala, desencadenando un escalofrío colectivo. Todos se dispusieron a prestar atención a la función teatral que, por fin, iba a empezar.

La espera había merecido la pena.

Lucía se tensó en su silla y agarró con fuerza los reposabrazos. Observó a su jefe con un desagrado evidente. Sabía que Gonzalo no hablaba nunca sin intención. Cada palabra, gesto y pausa estaba medida al milímetro.

Rubén no se dejó achicar. La respuesta fue más directa, más visceral. Devolvió el ataque con un comentario que rozaba lo soez.

A Lucía no le pasó desapercibido cómo Roberto, desde su sitio, movía su silla hacia atrás, buscando una perspectiva más amplia del campo de batalla.

En ese momento, Gonzalo lo llamó Pitagorín. Pronunciado con esa sonrisilla de superioridad que se reservaba para las ofensas más cuidadas.

Lucía se sorprendió. El apodo, aparentemente banal, tenía un veneno sutil, una carga de repulsa apenas disimulada que hacía mella.

Rubén se transmutó. Se levantó de golpe con la cara encendida, la mandíbula apretada y el cuerpo tenso. Y eso lo cambió todo.

Gonzalo Vidal lo vio.

Y Lucía también.

Un gesto. Una reacción involuntaria. Un movimiento apenas perceptible en la expresión de Rubén. Un segundo que no debió existir, pero que bastó para hacer que todo encajara.

Lucía contuvo el aliento, puso cara de espanto y empujó su espalda contra la pared instintivamente para protegerse. Su ojo clínico, entrenado para detectar lo anómalo en una mirada o en un temblor de manos, se activó de inmediato.

Gonzalo también se levantó de su silla y el cruce de opiniones se prolongó.

Uno argumentaba y el otro replicaba. No lo había vuelto a ver, por lo que supuso que habían sido imaginaciones suyas.

Sin embargo, Gonzalo lo miraba fijamente, sin pestañear.

Con esa cara de cazador que, tras una mañana sin éxito, por fin acaba de ver la pista del animal.

Rubén volvió a hablar. Esta vez con arrogancia, rozando la burla.

Y Gonzalo respondió con otra estocada.

Lo llamó de nuevo Pitagorín, como si el apodo fuera una daga ceremonial.

Y el gesto reapareció.

Ahí estaba.

Irracional, pero inequívoco.

Lucía, con un nudo en la garganta, lo volvió a ver.