72
Santiago Reyes dormía en una de las dependencias de los príncipes del Palacio de Troya cuando lo despertaron los gritos en el idioma de sus antepasados, las llamas que incendiaban el ágora y los rostros desfigurados por el pánico de la derrota.
La escena aún palpitaba en su mente. No parecía un recuerdo heredado, sino suyo. Sentía que él mismo había vivido la caída de Troya, no entre relatos alrededor del fuego, ni linajes, sino con la espada en la mano.
El sueño lo había atrapado sin permiso, como una emboscada en un callejón sin salida por unos delincuentes de poca monta. Y lo había sacudido con la violencia de los siglos.
Era solo un sueño, pero se despertó sudoroso y con el corazón repiqueteando en el pecho, sobre la cama de la habitación de huéspedes del general Díaz de León.
Casi no había conciliado el sueño en toda la noche.
Cada intento de descanso lo devolvía a los mismos rostros que surgían desde lo más profundo de su herencia.
No rostros conocidos, no los de sus padres ni los de sus hermanos de sangre.
Sino otros, más antiguos, más severos, más exigentes.
Antepasados desesperados que no le concedían descanso, que clamaban ayuda y, también, vendetta.
Desde hacía unas semanas, vivía con la carga de una culpa heredada, una deuda que debía saldar. Los fantasmas de Troya lo acechaban y ahora era él quien debía cerrar el círculo. La historia de su pueblo, de su familia, no podía ser una sucesión de derrota, ni de huida.
No. No podía.
Encendió la lámpara con dedos temblorosos, no por miedo, sino por la certidumbre de lo que le esperaba. Se sentó en la cama, se frotó los ojos e intentó desterrar las voces que aún murmuraban en su cabeza. Voces antiguas. Voces de ultratumba.
No soportaba estar allí postrado, así que se levantó y miró por la ventana. La noche estaba en calma, pero él ardía por ejecutar la venganza. Sabía que era temprano. Mejor así. Porque igual a Eloy Campos le daba por abandonar su escondite muy temprano y perdería la ocasión.
No le daría esa opción. No hoy. El día en que Eloy Campos había firmado su sentencia de muerte.
Se vistió en la oscuridad, con movimientos mecánicos, y bajó sin hacer ruido. Al cruzar la puerta, el aire frío de la madrugada le golpeó la cara, pero no titubeó. Iba al encuentro de lo inevitable.
Condujo despacio, escuchando el silencio de la ciudad.
Las luces de los semáforos eran señales sin testigos.
Nadie más transitaba esas calles, excepto los espíritus.
Santiago los sentía cerca, sentados a su lado, vigilándolo con la misma calma con la que lo habían hecho generaciones atrás, aguardando el momento exacto para consumar la justicia de los suyos.
No eran ni las cinco y media. Aparcó en una calle demasiado estrecha para ser escenario de lo que iba a ocurrir.
Cuatro Guerreros del general ya estaban allí.
Vigilaban las vías de escape de Eloy. Dos en esta dirección y dos en la contraria.
Como si la madrugada fuera un campo de batalla que esperara a ser activado con una sola orden.
Hombres y mujeres que no hubieran dudado en ejecutar a Eloy Campos si éste hubiera abandonado su guarida antes de la llegada de Santiago.
Bajó del coche sin hacer ruido. Sus pasos no eran de este tiempo, sino de otro más lento, más solemne, más irrevocable.
Se acercó al vehículo en el que vigilaban un hombre y una mujer.
Les bastó con mirarse para entender que no había noticias.
Y eso, a esa hora, era una bendición. Santiago agradeció la fidelidad sin palabras, posando la mano en el hombro de la mujer y luego en el del hombre.
Era su forma de decirles que seguían unidos por un vínculo más profundo que las órdenes.
Por algo más que una causa. Por una herencia que no podían traicionar.
El cielo estaba despejado. No había luna llena, ni luna roja, luna de sangre, de la noche en la que ardió Troya. Solo la inmensidad del firmamento.
Observó las estrellas que refulgían en el cielo y se acordó de los dioses.
Pero los troyanos ya no creían en ningún dios y menos aún en los dioses vengativos que los entregaron a las garras de los aqueos.
Su pueblo había sobrevivido a la traición de la historia a base de tesón, sacrificio y una lucha desesperada ante la adversidad.
No habían necesitado la ayuda de creencias que ya creían absurdas.
Santiago comenzó a caminar, solo, cruzando la acera al encuentro de su destino, con las manos vacías pero el alma armada hasta los dientes.
Pensaba en sus antepasados. En los que murieron sin nombre.
En los que sobrevivieron para preservar una historia que casi nadie conocía.
En los que, igual que él, sentían en las vísceras el mandato del recuerdo.
Dio la vuelta y comenzó a caminar hasta su coche, con la respiración acompasada y en paz consigo mismo. Abrió el maletero y extrajo la bolsa alargada de cuero. La depositó en el asiento trasero y se arrebujó a su lado.
No quedaba nada más que decidir.
Solo esperar a que la figura de Eloy Campos apareciera caminando por la acera para ejecutar un acto de justicia ancestral.
Cerró los ojos, paciente, y acarició la bolsa de cuero con una ternura reverente.
El tesoro que más apreciaba de sus antepasados.