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Lucía no solía salir de casa con el alma en vilo.
En otras épocas, había cerrado la puerta de su piso con prisas, con desgana o con el cansancio propio de las guardias interminables.
Pero nunca como esa mañana. La cerró con el corazón latiéndole en el cuello y con la sensación, extraña y concreta, de que no era solo una doctora que iba al hospital, sino alguien que llevaba en su interior algo que debía ser protegido.
Eran poco más de las siete de la mañana.
Las calles de Murcia seguían adormecidas tras un puente largo de cuatro días que había dejado la ciudad suspendida entre la fiesta y el silencio.
Abrió la puerta de su edificio, giró la cabeza a la derecha y no vio a nadie.
A la izquierda, sin embargo, sus ojos encontraron a Samuel y Roberto que aguardaban en la esquina, puntuales y disciplinados; la calle era un cuartel y cada acera un perímetro que debían custodiar.
No llevaban uniforme ni daban señales de estar de servicio, pero había en su postura y en sus ojos una determinación más firme que cualquier acreditación oficial.
La noche se resistía a morir. Las farolas aún proyectaban sus haces de luz cálida sobre las aceras y la sombra de Lucía se deslizaba por el suelo como un alma que caminara a su lado.
Se acercó a ellos sin premura, con los latidos marcándole el paso.
No hacía frío, pero sentía en el pecho un soplo incómodo, ese estremecimiento que a veces da la certeza de estar viva y saber al mismo tiempo que puedes morir en cualquier momento.
Saludó con un buenos días que buscaba establecer una complicidad nueva. La que nace entre quienes han cruzado un umbral invisible y ya no se miran igual. Samuel respondió con una inclinación de cabeza. Roberto con una sonrisa tenue, casi imperceptible.
Comenzaron a caminar los tres. Lucía iba en el centro, flanqueada por ellos, y no sabía qué decir.
Las palabras le bailaban en la lengua, como si ninguna fuese la adecuada para la deuda silenciosa que sentía.
Nadie hablaba, pero todo estaba dicho. Samuel, con la mirada, inspeccionaba cada rincón del camino.
Roberto, más taciturno, mantenía los ojos abiertos.
Lucía los miraba de reojo, atrapada en un nudo de emociones que no sabía deshacer.
Ella pensaba en lo absurdo que había sido desconfiar de Samuel.
Y en lo injusta que había sido con Roberto.
En otro momento, antes del sábado, no habría reparado en esas cosas.
Sin embargo, ahora todo había cambiado. No solo porque su vida estuviera en riesgo, que eso lo aceptaba con naturalidad, sino porque había descubierto que las lealtades verdaderas se manifiestan en las situaciones más inesperados, y que las personas a las que una vez había despreciado sin razón alguna podían ser quienes le salvasen el pellejo sin pedir nada a cambio.
Murcia aún se mecía entre sueños y sus habitantes apuraban los últimos minutos antes de lanzarse a la calle después de un puente demasiado extenso.
Por las calles desiertas, solo algún coche solitario rompía el silencio.
Una farola parpadeaba, y a lo lejos, una figura abrigada caminaba deprisa, sin mirar a nadie.
La entrada del hospital los recibió con su acostumbrado murmullo de pasillos y luces frías.
En el vestíbulo de la planta de Medicina Interna, Samuel se despidió de ellos.
Roberto y Lucía entraron juntos. Una enfermera los vio pasar y les lanzó una de esas miradas picaronas que decía mucho sin decir nada.
Lucía la ignoró. No tenía tiempo para chismes, ni ganas de alimentar suspicacias.
Se sabía observada, medida, evaluada. Pero también se sabía fuerte.
En el vestuario, donde los azulejos devolvían un frío institucional y la luz no perdonaba imperfecciones, Lucía se cambió con calma.
Se puso la bata como quien se pone una armadura y se colocó el fonendo sobre el cuello.
Después pidió una mascarilla FFP2 en el control de enfermería, saludó con un gesto afable y tomó aire antes de encaminarse a la habitación donde Carmen Pardo había pasado la noche.
La subinspectora estaba ingresada desde la tarde anterior.
Neumonía por Legionella, le había informado su padre.
Diagnóstico clínico, sí. Pero también un recordatorio brutal de que en su profesión, incluso los tubos de ensayo podían matar.
Carmen, la mujer de acero, sufría los efectos colaterales de su profesión, pagando un precio demasiado alto.
Lucía se detuvo un instante frente a la puerta de la habitación.
Antes de entrar, inspiró profundamente.
Sabía que lo que iba a encontrar al otro lado no sería solo un caso médico.
Era el rostro humano del infierno en el que estaba metida.