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No recordaba la última vez que había conducido sin apremio. La ciudad le ofrecía, por fin, una tregua. Santiago Reyes la aceptaba sin resistencia, como un soldado cansado que se permite saborear el paso del tiempo al borde del fin de la batalla.
El navegador de Google Maps guiaba su ruta con voz femenina neutra, sin emociones. Se dirigía hacia un parque en el que Víctor Díaz de León había establecido el cuartel general de sus Guerreros troyanos.
—Gire a la derecha en la próxima calle.
La noche declinaba sobre las azoteas y las sombras comenzaban a dibujar un nuevo paisaje. Las farolas, ya encendidas, se alineaban a lo largo de las calles anónimas, esas que nunca salían en las noticias pero donde, a menudo, se libraban los verdaderos combates.
Ya no tenía necesidad de pisar el acelerador con el pulso ansioso de quien persigue una pista que se escapa.
No ahora. No después de haber atado los cabos sueltos.
Ahora podía permitirse el lujo de conducir con cuidado.
Sin prisas. Con la serenidad tensa de quien ha reconocido el terreno del enemigo y sabe que la siguiente jugada va a ser la suya.
Había en el rostro de Santiago una expresión de satisfacción serena, de esas que no hacen alarde de la victoria, sino que la contienen con la humildad de quien sabe cuánto ha costado llegar hasta allí.
El seguimiento de Eloy Campos, meticuloso y en tiempo real gracias a la aplicación Ilión, le había proporcionado información valiosa, y también una intuición.
Durante aquella última llamada telefónica de Eloy, Santiago había sentido un cosquilleo conocido, una especie de voz interna que, igual que tantas veces durante su carrera, se activaba sin que mediara razón lógica.
Algo le decía que uno de los asesinos, o tal vez el asesino que buscaba en Murcia, estaba al alcance de su mano.
Los miembros de Los Ojos del Cielo habían operado como una maquinaria invisible y efectiva.
No sólo habían trazado el itinerario de Eloy por Madrid, sino que también habían localizado una dirección en la huerta murciana vinculada a un Mirmidón.
Aunque todo estaba por confirmar, la información prometía abrir una nueva línea de investigación que podría dar respuesta a los interrogantes que lo acosaban después de semanas de dudas, de fracasos convertidos en titulares periodísticos.
Esa información era suficiente para volver a respirar con esperanza.
Lucía lo seguía todo desde Murcia. No había pronunciado una sola palabra en horas, pero su atención era absoluta.
Con cada movimiento registrado en la aplicación, con cada paso dado por Los Ojos del Cielo y por los Guerreros de Víctor Díaz de León, crecía en ella una sensación de asombro y respeto.
No por la eficacia, sino por la entrega, por la dignidad casi silenciosa con la que aquella red secreta trabajaba.
Por primera vez, comprendió del todo en qué consistía pertenecer a esa hermandad.
Santiago llegó al parque pocos minutos después.
A esas horas de la tarde, la zona de juegos infantiles se encontraba ya vacía.
Los columpios crujían con el viento. Los bancos, que una hora antes habían acogido a padres absortos en sus teléfonos, estaban ahora huérfanos.
Solo quedaban los últimos corredores que esquivan farolas con auriculares puestos, mujeres con mallas de colores que corrían en grupos de dos o tres y algunas personas paseando a sus perros que olisqueaban árboles.
Una estampa común que apenas dejaba entrever la escena que se fraguaba entre sombras.
Los hombres del general Díaz de León estaban allí.
Parecían un grupo de amigos entregados a una charla trivial sobre fútbol, tráfico o las prisas cotidianas.
Pero bajo esa apariencia distendida, Santiago reconoció de inmediato a los Guerreros.
No llevaban escudos ni espadas, pero en su manera de mirar, de moverse y la alerta sutil en cada uno de sus movimientos había una actitud que recordaba a los centinelas de las murallas de Troya; hombres y mujeres entrenados no sólo para matar, sino para esperar.
Allí estaban los operarios, vestidos ahora con ropa elegante como si fueran a salir de marcha, el hombre mayor con porte marcial, la mujer sin su bebé, el repartidor de Just Eat sin su bicicleta, la joven del perro, que ahora corría suelto por el parque, y varios más.
Todos diferentes y todos iguales, unidos por una causa más vieja que la memoria.
Todos formaban parte de aquel engranaje preciso y silencioso.
El general, en cuanto vio a Santiago, salió a su encuentro con la solemnidad de un súbdito. Lo abrazó con una fuerza serena, con la seguridad de que aquel encuentro estaba escrito desde los tiempos en que los hombres aún sentían miedo de los dioses.
Algunos de los Guerreros hicieron una reverencia.
Otros, tímidos, apenas inclinaron la cabeza.
Después, rodearon a Santiago en un círculo natural, sin imposición.
Sellaron el encuentro con la solemnidad de un ritual antiguo, reconociendo en él al rey que descendía de un linaje ancestral.
Santiago los observó en silencio, con el orgullo de un maestro ante sus alumnos más valientes.
—¿Está el pájaro en su jaula? —preguntó Santiago, serio, sin levantar la voz.
El general, alto, fuerte, con el porte de quien aparenta que los años no han dejado su huella y que parecía esculpido por la misma piedra que los colosos de Rodas, asintió.
—Sí. Está dentro. Dos soldados vigilan desde puntos estratégicos con la debida discreción.
—¿Dónde vive?
—En un dúplex adosado, a dos manzanas de aquí. No ha salido desde que cayó la tarde… —Tras dudar, añadió—: Quiero pedirle permiso para partir hacia Lyon. Quiero ser yo quien cace al otro pájaro.
—Concedido —respondió con la voz de hielo y el rostro de acero.
Santiago alzó la mirada. La luna se insinuaba entre las copas de los árboles, pálida, redonda, vigilante.
Pensó en lo que lo había traído hasta allí, en los cuerpos sin vida que se habían acumulado, en las preguntas sin respuesta, en las noches sin sueño.
Pensó también en su hija y en la carga que le había legado sin querer.
Una carga antigua, remota, que ahora los envolvía a ambos.
El general respetó su silencio. No lo apuró. No lo interrumpió. Esperó. Sabía que las decisiones importantes no se dictan al instante, sino que se sienten, se arrastran desde lo más hondo del alma. Santiago volvió a mirarlo y Díaz de León formuló la pregunta que ya flotaba en el aire.
—Majestad, ¿cuándo va a ser la ejecución?
Santiago apretó los labios. Sus facciones reflejaban solemnidad, pero también una dureza que no buscaba impresionar, sino proteger. Lo miró directamente, con el temple de quien ha aceptado el precio de la sangre y respondió:
—Al alba. Igual que en los tiempos de nuestros antepasados.