La última princesa de Troya 69
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Cuando el avión del comisario europeo desapareció por la pista de despegue con su rugido de despedida, como un pájaro de acero llevando en las alas los secretos del día, el dispositivo de vigilancia se deshizo igual que un hechizo cumplido.

Los coches de lunas tintadas desfilaron en procesión hacia las dependencias del CNI, escoltados por el ruido infame del tráfico de la tarde.

Arrebujado en el asiento del copiloto, Eloy Campos permanecía petrificado por una fiebre invisible que lo había acompañado durante todo el día.

Llevaba horas sumido en un silencio agobiante, con la mandíbula apretada y los ojos encendidos por una inquietud que no lograba disimular.

No era solo enfado. Era algo más espantoso, más cruel.

Una desconfianza que le trepaba por los huesos, impregnada del olor del fracaso.

En el despacho del CNI firmó lo que tenía que firmar. Repasó los informes con desgana. Se detuvo apenas unos instantes ante la pantalla del ordenador y, sin consultar nada más, se levantó. No pidió escolta, ni comunicó a donde iba.

Simplemente se marchó.

Su decisión de volver a casa era imprudente en términos tácticos, porque de nuevo iba a estar expuesto a los troyanos.

Sin embargo, en términos humanos, era comprensible.

A esas alturas del día, sabía que no existía refugio donde pudiera esconderse, salvo en las dependencias del CNI, y lo único que todavía podía ofrecerle consuelo era la rutina del hogar, aunque fuera un escondite, aunque solo fuera para constatar que aún tenía uno.

—Estás jodido, amigo —se dijo a sí mismo en voz baja al cruzar la puerta de salida—. Y lo sabes.

Salió del edificio con los hombros encogidos y la mirada escudriñando cada movimiento a su alrededor. Se detuvo al pisar la acera con la necesidad de escuchar lo que la ciudad tuviera que decirle. Luego echó a andar, con paso seguro, en dirección a la boca de metro.

Simulaba tranquilidad, pero cada músculo de su cuerpo estaba en guardia. Era una fachada, un teatro bien ensayado. Los hombres de su calaña sabían cómo ocultar el miedo. Lo habían hecho tantas veces que casi habían olvidado cómo se sentía de verdad.

Madrid, a esa hora, comenzaba a llenarse de una luz tostada que acariciaba las fachadas y dibujaba perfiles melancólicos en el asfalto.

La ciudad olía a otoño y a gente cansada.

A paso rápido pero sin llamar la atención, Eloy pasó entre unos operarios que descargaban una caja que juzgó demasiado grande para ser cualquier otra cosa que un electrodoméstico. Tal vez un frigorífico.

Se sobresaltó al notar una presencia demasiado cercana a su espalda.

Un hombre mayor, vestido con un chándal pasado de moda, avanzaba hacia él con ese paso singular de los que practican la marcha atlética.

No corría, no caminaba. Flotaba con zancadas veloces, sin mirar a nadie.

Un gesto inofensivo en apariencia, pero que le crispó los nervios.

Imaginó que era un perseguidor, una amenaza.

Pero pasó de largo, lo vio alejarse, y supo que no era él quien iba a matarlo esa tarde.

En los túneles del metro, el bullicio de la hora punta lo envolvió como un enjambre.

Gente que salía del trabajo, que corría hacia su destino con la cara cansada y los sueños vencidos.

De pie, escaneó los rostros de todos los viajeros y nada le llamó la atención.

Una mujer joven, con el cabello recogido y un bebé dormido en el pecho, subió en el último momento, él se apartó y le cedió su asiento.

Fue un gesto automático, mecánico, pero cuando sus ojos se cruzaron con los del bebé, pequeños, redondos, serenos, sintió un leve estremecimiento.

Sonrió y recordó que no todo estaba perdido.

La mujer le devolvió una mirada agradecida y siguió escuchando música, un pódcast o lo que fuera que le llegaba por el auricular blanco que asomaba de su oreja.

Al salir a la superficie, la ciudad ya había comenzado a vestirse con la calma del atardecer.

Las sombras se alargaban por las aceras y un cielo de tonos malva y cobre se desplegaba sobre las azoteas.

Era una belleza silenciosa, indiferente a sus derrotas.

Una postal que se burlaba de la tensión que aún le oprimía el pecho.

Adoptó la misma liturgia ya ensayada durante todo el día, observando las esquinas, los rostros de las personas y cualquier detalle que le llamara la atención. Pero siguió sin detectar ninguna señal sospechosa.

Caminó unos metros más y sacó su móvil. Solo se detuvo para marcar un número de teléfono y luego reanudó la marcha, con la vista atenta al entorno.

—Buenas —la voz al otro lado sonó seca, impaciente.

—Flaco, no me digas que tú también has fallado — espetó Eloy, sin preocuparse por disimular su ira.

El Flaco estaba en el exterior de su casa. Podaba las hojas mustias y rotas de las orejas de elefante que tenía repartidas en macetas de barro.

—Hoy iba a ser imposible cumplir la misión. Había demasiada vigilancia y no necesitaba exponerme a ser descubierto —respondió con fastidio—. Así que me he venido a mi casa. Lo volveré a intentar esta noche.

—Y si no puede ser esta noche, mañana lo intentas de nuevo. Pero no puedes fallar. ¿Entendido?

El Flaco, aún inclinado sobre sus plantas, levantó la vista hacia una palmera que bordeaba su jardín.

—Entendido. Pero no entiendo las prisas. Tarde o temprano, los troyanos bajarán la guardia. Siempre lo hacen —objetó el Flaco, mascando las palabras, tras bajar la cabeza para mirar hacia el huerto de limoneros—. Y cuando eso ocurra, será el momento oportuno para cazar a esos miserables.

—Bueno, está bien, pero tú a lo tuyo y si puedes eliminar a esa familia esta noche, mejor —sentenció Eloy, mirando a un repartidor de Just Eat que pedaleaba con parsimonia buscando la dirección encomendada.

—Lo que tú digas —balbuceó el Flaco antes de colgar, con la resignación de quien sabe que hay órdenes que no se discuten, aunque no se compartan.

Eloy guardó el teléfono y volvió a mirar a su alrededor. Las calles estaban tranquilas. Demasiado tranquilas. Solo una mujer luchaba por controlar a un perro labrador que, en lugar de pasear, parecía arrastrarla en una dirección concreta.

Aceleró el paso y la adelantó. Ya quedaba poco para llegar a su refugio.

Solo tenía que girar a la derecha en la próxima esquina.

Lo hizo.

Y el perro, que tiraba de la mujer, también giró tras los pasos de Eloy Campos.