68
La autovía hacía Madrid se desplegaba ante Santiago Reyes como un río manso en busca de la desembocadura, una cinta de agua y asfalto, lisa y silenciosa.
Conducía con las manos firmes en el volante y la mirada fija más allá del horizonte inmediato, impulsado por la motivación del que se encuentra ante la misión más importante de su vida.
Entre esas rectas interminables y los campos que se extendían a los lados, intuía el desenlace de aquello que llevaba siglos gestándose.
El teléfono móvil, sujeto en el soporte magnético junto al salpicadero, rotado hacia su rostro, le devolvía la imagen fragmentada de los rostros de sus hermanos: Arthur, Rodrigo, Annick, Olivia, el general y el de su hija.
Los miembros de Los Ojos del Cielo estaban conectados, cada uno desde un lugar del mundo, pero todos latiendo con el mismo pulso.
—Eloy Campos está hablando por teléfono ahora mismo —informó la voz ronca del general Díaz de León—. Está justo fuera de La Moncloa.
La revelación cayó en el interior de Santiago de golpe, implacable. Apretó con más fuerza el volante y fijó la vista en la carretera. Pensó en su hija y en la sangre que corría por sus venas, tan antigua como la Historia misma.
—Arthur, Rodrigo, Annick, localizad esa llamada — ordenó Santiago con la voz cargada de una tensión imposible de disimular.
—A la orden —respondió Rodrigo, con una energía que desbordaba lealtad —. ¡Vamos a por ese hijo de puta!
—Manos a la obra —dijo Annick, ya centrada en su pantalla.
El sonido de las teclas al ser golpeadas comenzó a llenar el espacio virtual. Santiago observó sus rostros, cada uno tan diferente, de personas que sabían lo que hacían y, más importante aún, sabían por qué lo hacían.
—Cazado —anunció Rodrigo con una sonrisa torcida.
—Localizada —comunicó Annick, con su acento francés entonando la palabra con un marcado entusiasmo.
Las pulsaciones de Santiago se aceleraron. Cada vez que giraba la vista hacia la pantalla, veía cómo sus hermanos se acercaban al núcleo de la red enemiga. Eloy Campos. El verdugo de los descendientes de Troya, al que ahora mismo querría tener agarrado por los huesos.
—Interceptad la señal. Hay que escuchar esa conversación —ordenó Santiago.
—Estoy intentando acceder a su proveedor para romper el cifrado y escuchar la conversación —dijo Arthur, visiblemente agitado. Su voz era más alta de lo habitual. Sentía que el tiempo se les escurría entre los dedos.
—Arthur, inténtalo. Seguro que está dando instrucciones a sus secuaces —apremió Olivia.
Desde la penumbra de su despacho, Rodrigo ya se había infiltrado en la red telefónica y ahora seguía los patrones de las llamadas telefónicas de Eloy Campos.
—Ha llamado dos veces a Murcia y una a Roma.
Annick, centrada en la ventana que seguía abierta en su ordenador, clavó sus ojos azules en la llamada que Eloy realizaba.
—Ahora habla con alguien en Sevilla.
Arthur echó un vistazo rápido por los cristales de su despacho. Aún no había nadie más en las oficinas de la NSA. Era temprano. Demasiado temprano para la mayoría, pero no para él.
—No puedo romper el cifrado. Lo estoy intentando, pero no logro infiltrarme para escuchar la conversación —informó Arthur, frustrado, con el sudor en la frente—. El cifrado que utilizan es muy seguro. Voy a cruzar metadatos y a probar rutas alternativas.
Santiago seguía conduciendo. El paisaje desfilaba por las ventanillas como una película muda. En ocasiones giraba la cabeza para mirar a sus compañeros. No necesitaba verlos. Bastaba con oírlos.
—No te desesperes, Arthur. Estás haciendo un gran trabajo. Todos lo hacéis.
Olivia, inquieta por no poder colaborar directamente, preguntó con el mismo tono de quien no soporta quedarse atrás.
—¿Están protegidos todos los troyanos en esas ciudades?
—Sí. He dado la orden de alerta máxima. Nadie va a tocarles un solo cabello.
Santiago giró levemente la cabeza para mirar la pantalla y observar a los seis rostros, seis vidas entrelazadas con la suya, que no solo eran troyanos, sino los últimos guardianes de un legado.
—Llama de nuevo —Rodrigo anunció la llamada con el tono de quien presiente que lo que estaba a punto de suceder podía cambiarlo todo.
—Ya me he percatado —respondió Arthur Phillips con su voz melodiosa, aunque con esa frialdad que había aprendido a cultivar tras años de vigilancia, espionaje digital y guerras que nunca se libraban en campos visibles—. Está llamando a Lyon.
Todos comprendieron lo que eso implicaba y el nombre de la ciudad reverberó como un castillo de fuegos artificiales.
Annick, la mujer que desafiaba al destino desde su atalaya de teclas y redes invisibles, hasta entonces sentada con una compostura serena, se irguió en su silla como si acabara de ver al mismísimo diablo.
Sus ojos se abrieron con una alarma extrema y el corazón le dio un salto, pero no permitió que la emoción desbordara su lógica.
—Voy a triangular la llamada —dijo ella mientras se ajustaba las gafas.
Los dedos de Annick danzaron sobre el teclado con la misma urgencia con la que una madre busca a su hijo perdido.
Era una mujer acostumbrada a mirar el mundo desde otra perspectiva, desde los códigos, los patrones ocultos, los mensajes encriptados que se superponen a la vida real.
Pero en esa ocasión no estaba ante claves, estaba ante un hombre que intentaba aniquilar a su pueblo.
La pantalla del teléfono vibró varias veces.
Fue suficiente para que Santiago levantara la vista y viera cómo se comía el arcén.
Dio un volantazo, seco, con precisión, y el coche dio un bandazo suave para volver a su carril.
Soltó una maldición entre dientes, el corazón se le encabritó en el pecho y, una vez repuesto del susto, volvió a centrar la mirada en la aplicación.
—¡Lo tengo! —Gritó Annick—. El capo de los Mirmidones se encuentra en el Vieux Lyon. El barrio más antiguo, con callejones estrechos. Ideal para perderse.
Santiago sintió cómo una corriente fría le recorría por todo el cuerpo. El nombre del barrio, con sus callejuelas empedradas y su arquitectura anclada en siglos pasados, le resultaba evocador, casi literario. Había oído hablar de ese barrio medieval.
—Annick, intenta localizar el punto exacto desde donde habla. Lo necesitamos con el menor margen de error para que Arthur lo localice.
—Dame un momento…
Annick no hablaba más de lo necesario. Se movía con soltura entre protocolos de geolocalización y rastreos de antenas móviles.
—Cincuenta metros de diámetro —confirmó con voz triunfante—. Es lo máximo que puedo hacer por ahora. Arthur, te paso las coordenadas. Ahí tienes el mapa.
Arthur murmuró un recibido y se lanzó de cabeza a su software de geolocalización por satélite.
—Yo tengo acceso a todas las cámaras de la ciudad —añadió Annick, con una chispa cruel en los ojos—. Ese fils de pute no se me escapa.
Santiago apretó el volante con los dedos helados. El coche parecía flotar sobre el asfalto y, una vez más, se permitió desviar la mirada hacia el teléfono.
—Arthur, dirige los satélites hacia Lyon. Usa todo tu software de reconocimiento facial. Quiero a ese cabrón marcado desde que cruce una acera. No escatimes recursos.
—Ejecutando —respondió, al comenzar el programa de rastreo facial a desplegar su red digital sobre la ciudad francesa.
El general estaba de pie, junto a su escritorio, incapaz de mantenerse sentado ante la trascendencia de la misión. Su voz emergió en el canal, llena de una autoridad que en otra época habría levantado ejércitos.
—Blas acaba de informarme que Eloy Campos se dirige hacia la entrada de La Moncloa. Ya ha finalizado la llamada.
Lucía, en el despacho de su casa, contenía la respiración con el corazón encogido.
Los libros de medicina, abiertos, eran ahora apenas un decorado.
Su atención estaba ahí, anclada a la videollamada, al corazón de su padre y a la realidad de que aquello ya no era una guerra de otros.
Era suya también. Hubiera querido intervenir, pero su sensatez le decía que ayudaba más escuchando. Y en eso era buena.
Los ojos de Santiago seguían en la carretera, aunque su mente procesaba toda la información con una lucidez implacable.
—General, que Blas no lo pierda de vista. Y que siga informando.
—Ya lo sabe. No lo dejará respirar sin informar.
—Llegaré a Madrid en tres horas. Nos vemos allí, general.
—Lo esperaré, Majestad —aseguró Díaz de León.
La palabra resonó como un eco de otra época. Una época de reinos perdidos y juramentos en la arena. Santiago se removió en su asiento con la frialdad de quien ya ha condenado a los asesinos de su pueblo.
Pisó un poco más el acelerador.
—Seguimos en alerta máxima. Todos activos en la aplicación. Annick, no le pierdas la pista a Luis Conde. Quiero que sienta tus garras afiladas antes de verte. Rodrigo, Arthur, interceptad todas las comunicaciones de esos dos pájaros. No dejéis pasar ni un suspiro.
La conexión no se cortó. El silencio ocupó el canal. Pero no era un silencio vacío. Era espeso, como el de los campos antes de una tormenta. Solo el rumor del motor, el lamento de los neumáticos y las respiraciones acompasadas a través de Ilión.
Todos sabían que la batalla estaba en marcha.
Que la cuenta atrás había comenzado.
Y que esta vez no habría redención para los asesinos.
Lucía, aún sin hablar, se acercó al libro de Medicina Interna que tenía frente a ella. Intentó leer, pero las letras se desvanecían delante de sus ojos.
Pensaba en el arco. El de esa mañana. El de sus ancestros. El que aún exigía justicia.
Y supo, con la convicción que tienen los sueños antiguos, que el tiempo de las flechas había regresado.
Y con él, la sangre.
La sangre que debía ser vengada.