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Eloy Campos no conducía.
Y tampoco hablaba.
Viajaba en el asiento del copiloto, en uno de los vehículos del convoy oficial que escoltaba al comisario europeo hasta La Moncloa.
Iba callado, lo que para quienes lo conocían bien era señal de tormenta interna.
El conductor, un agente del CNI que había compartido con él más de un trayecto y más de una misión, lo miraba de reojo.
Le costaba reconocer en ese hombre ensimismado al superior de verbo suelto y mirada implacable que solía marcar el pulso de cada operación.
Eloy miraba la ciudad sin verla. Calles, edificios, señales de tráfico.
Todo se desdibujaba en el cristal. No gesticulaba.
No movía las manos. Respiraba como si cada bocanada de aire tuviera que atravesar una maraña de bronquios congestionados.
Su pensamiento estaba anclado en otra parte: en la ausencia de noticias, de certezas y de resultados.
El grupo de Mirmidones, a los que Eloy había ordenado muy sutilmente eliminar a los troyanos, no habían dado señales en toda la mañana. Ni un informe. Ni un mensaje. Ni una llamada telefónica.
El silencio de sus fieles no presagiaba nada bueno.
Blas Redondo, unos coches más atrás, se había aflojado el nudo de la corbata.
El malhumor que lo había acompañado durante toda la mañana se había disipado.
Ahora estaba relajado, con esa sonrisa burlona que mostraba al darse cuenta de que alguien acababa de meterse en un buen lío, sin que él aún lo supiera.
Charlaba con el subinspector que conducía el coche. No mostraba interés en lo que ocurría fuera del vehículo, lanzando frases sueltas y anécdotas sin importancia.
Pero no era un desinterés auténtico. Blas era de los que sabía esconder lo que pensaba bajo una palabra amable.
Y aunque no tenía a Eloy a la vista, eso no le inquietaba.
Sabía perfectamente que llegaría el momento de volver a cruzarse con él, y llegado ese instante, prefería ir un paso por delante.
Las puertas metálicas de la Moncloa, custodiadas por la ceremonia rancia de los uniformes, se abrieron de par en par y el convoy entró sin detenerse. Dentro, la maquinaria del Estado siguió su curso con indicaciones medidas al milímetro y los saludos protocolarios.
Eloy Campos bajó del coche sin vacilar. Dio un par de órdenes con voz seca y se aseguró de que todo quedara bajo control.
Pero no estaba tranquilo. Solo recuperó la calma al ver cómo el comisario europeo desaparecía tras las puertas del palacio presidencial.
Durante esa hora larga, o tal vez más, no tendría que estar pendiente de los rostros de las personas, ni vigilar las esquinas ni las ventanas de los edificios.
Aprovecharía para no tener que fingir, ni dar la cara, ni improvisar respuestas.
Podía pensar.
Y pensar, a esas alturas, era tanto un privilegio como una condena.
Se apartó del grupo y caminó sin rumbo claro por una de las zonas ajardinadas.
El césped estaba húmedo y había una fragancia leve a tierra mojada y a hojas recién podadas.
Se detuvo bajo un árbol. El follaje era denso y proyectaba una sombra espesa.
Aquel rincón, oculto del resto, le dio la falsa impresión de estar a salvo.
Sacó del bolsillo su teléfono encriptado y marcó un número sin dudar.
—¿Cómo va la misión? —preguntó con voz baja.
—Lo siento mi capitán. Hasta ahora no ha sido posible eliminar a la familia. Hay un grupo de troyanos vigilando. Están muy protegidos toda la mañana —la voz del Mirmidón, ronca y directa, fue como un golpe seco en la mandíbula—. Si siguen con esa protección, va a ser imposible acercarse a ellos.
Eloy achicó los ojos, torció el morro y el rostro de Luis Conde se cruzó por su mente, con esa mirada que no toleraba la incompetencia ni el azar.
—Seguid ahí. En cuanto tengáis la menor opción, matáis a esos troyanos, incluidos a los vigilantes, que con toda seguridad son miembros de ellos. Haz fotos a los protectores para saber quiénes son y luego me las envías. Mantenme informado —dictaminó con voz de hielo.
—Así lo haré.
Eloy marcó de nuevo. Otro número para obtener el mismo resultado. Uno tras otro llamó a diferentes números, pero todos los informes fueron negativos.
Los troyanos de la lista que tenía Eloy, descubiertos por el hacker, habían desplegado un dispositivo de protección que los hacía inmunes al ataque de los Mirmidones.
Habían anticipado cada uno de sus movimientos.
Más de lo que jamás había imaginado.
Y otra vez tuvo la sensación de que el terreno bajo sus pies comenzaba a resquebrajarse.
Blas Redondo, parapetado tras un seto bien cuidado, estaba al acecho.
Tenía a Eloy en el punto de mira. No necesitaba oír sus palabras para saber qué ocurría.
El lenguaje corporal hablaba más alto. Lo percibía en la tensión que mostraba en los hombros, la rigidez en la mandíbula, los gestos de quien se enfrenta al fracaso y aún no está dispuesto a aceptarlo.
Blas hablaba por teléfono también. En voz baja. Con el general Díaz de León.
—Está hablando por teléfono.
—¿Puedes escuchar lo que dice?
—No.
—¿Qué impresión te da?
—Está nervioso, frustrado. Ha hecho ya alguna llamada —su tono era sosegado, casi confidencial—. Parece dar órdenes. Supongo que sus hombres no han podido cumplir lo que les ha ordenado.
—No dejes de informarme. Estamos rastreando esas llamadas telefónicas para saber a qué lugar llama —exigió el general, con un susurro afilado.
Blas lo haría. Pero, sobre todo, esperaría. Sabía que los hombres como Eloy no caen de golpe. Se desmoronan por dentro, despacio, hasta llegar a una situación en la que simplemente ya no están.
Eloy no podía posponerlo más. Tenía que informar a Luis Conde. Sabía que no le iba a gustar nada lo que tenía que relatarle, pero no tenía otra opción.
Marcó el número de teléfono del señor de los Mirmidones.
Luis Conde estaba aburrido en el piso franco de Lyon cuando sonó su teléfono y solo se permitió el lujo de dejarlo sonar dos tonos antes de responder.
—Dime, Eloy —la voz de Luis Conde sonó tranquila, incluso cansada—. Cuéntame buenas noticias.
—No son buenas, mi señor.
—¿Qué ha pasado?
—Todos los objetivos están protegidos. No hemos podido ejecutar ninguna misión. Los troyanos han desplegado un gran dispositivo de vigilancia. Están organizados.
—Entonces lo saben. Saben que vamos a por ellos.
—Sí —admitió Eloy—. Pero he ordenado obtener fotografías de sus protectores. Podremos identificarlos. Es lo único que hemos conseguido por ahora.
—Buena idea. Sigue así.
—Mi señor, yo ya no estoy en mi casa. He cambiado de ubicación. Y sigo con medidas de precaución. ¿Hay novedades allí en Lyon?
—Nada. Todo tranquilo. Este barrio es silencioso, casi soso. No hay movimientos extraños.
—Manténgase dentro. No salga de ahí bajo ningún concepto. Ese lugar es seguro. Y ahora más que nunca, debemos ser discretos.
—Lo haré. Aunque es una situación muy aburrida, me quedaré en el apartamento.
La conversación terminó sin más. No hubo promesas ni palabras de ánimo. Sólo la culpa compartida del fracaso.
Eloy guardó el móvil con movimientos lentos y alzó la mirada hacia las ramas del árbol. El viento apenas se movía. Pensó en su vida antes de todo esto, en el tiempo en que creía que la lealtad bastaba para vencer al enemigo. Ahora sabía que no era así.
A unos metros, Blas Redondo se incorporó levemente tras el arbusto. Desde allí lo había visto todo.
El rostro crispado de Eloy y sus pasos apresurados hacia la entrada del palacio.
Supo que el enemigo estaba perdiendo el control.
Y sonrió.
Porque, al fin y al cabo, eso era lo que esperaba desde que le echara el ojo.