La última princesa de Troya 66
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Santiago conducía de vuelta a Murcia con la mirada fija en la carretera mientras rumiaba el enfrentamiento que se avecinaba.

Tenía la espalda erguida, las manos firmes sobre el volante y una expresión grave, de esas que solo adoptan los que saben que en las partidas contra los criminales no hay que dejar jugar al azar.

Lucía tenía los cinco sentidos a flor de piel, asediada por pensamientos que irrumpían sin tregua. El torbellino interior que la habitaba le provocaba un estado de mayor concentración y clarividencia que al examinarse del MIR o al enfrentarse a un caso clínico complicado y de difícil diagnóstico.

Atenta a la carretera, oyó a su padre hablar con la seguridad que ella conocía. Daba órdenes a través del manos libres. Instrucciones cortas, precisas, sin un ápice de duda.

—Necesito tres hombres ahora mismo a las espaldas del Romea.

Quiero vigilancia constante sobre Lucía las veinticuatro horas del día.

Que no se le acerque nadie sin nuestro permiso.

¿Entendido? —ordenó Santiago Reyes. En su interior se abría paso la idea de que tal vez fuera la última vez que veía a su hija.

La voz de Santiago Reyes, acostumbrada a mandar en situaciones límite, resonó con un eco distinto en el habitáculo del coche. No era sólo un padre hablando; era también un hombre consciente de que el tiempo apremiaba, que el peligro era real y se acercaba.

Lucía no dijo nada. No hacía falta. Había comprendido que la protección que su padre le ofrecía no era sólo por amor ni por deber. Era un mandato que venía desde lejos, desde esas raíces enterradas que ahora despertaban después de siglos de espera.

Al llegar al Romea, el coche circulaba con suavidad. El teatro, tan familiar para ella, erguido en su elegancia perpetua, miraba la escena con el escepticismo de los que han sido testigos de demasiadas historias humanas.

En los alrededores, tres hombres aguardaban.

Ninguno llamaba la atención, y sin embargo todos desentonaban lo justo para que Lucía supiera que estaban allí por ella.

Los troyanos, discretos y atentos, con la apariencia de simples ciudadanos.

Uno leía el periódico junto a unos adornos de Navidad, otro miraba el reloj y un tercero disimulaba con el móvil entre las manos.

Santiago detuvo el coche justo en la esquina de siempre.

Lucía lo miró. Y, por un instante, no fue la futura reina de una estirpe perdida, ni la médica brillante, ni la criminóloga.

Fue simplemente una hija. Una mujer joven que sentía cómo el mundo que conocía ya no iba a regresar.

Él bajó la vista, consciente del contraste simbólico de aquel gesto.

Ella lo abrazó con vehemencia y le dio un beso breve, que quedó en su mejilla, sellando una despedida que sabía a miedo.

—Papá, ten cuidado.

Santiago asintió. Nada más. Porque sabía que no podía prometer nada sin traicionarse a sí mismo. No era hombre de ofrecer seguridades vacías.

Ella bajó del coche. Él la observó marcharse sin girarse.

En cuanto Lucía cruzó la puerta de su edificio, Santiago emprendió el regreso a su casa.

Callado. Firme. La ciudad, con las luces de Navidad apagadas, se extendía ante él como un escenario que conocía de memoria.

Su hogar lo recibió con su silencio habitual, testigo de muchas noches en vela y demasiadas decisiones tomadas en soledad.

Se desvistió sin prisa, se duchó y se puso el traje de comisario de Policía con la misma pulcritud con la que un soldado se prepara para el combate.

Luego, bajó al garaje, abrió el maletero del coche y colocó con cuidado la bolsa alargada de cuero que llevaba.

Era parte de él. Lo había sido desde hacía mucho tiempo. Más de lo que nadie imaginaba.

Su mirada reflejaba una determinación casi ancestral. Había en sus ojos la sed de la ira por la muerte de su gente, el odio de tres mil años de historia y la paciencia de quien sabe que por fin ha llegado la hora.

Iba a cazar a un asesino.

Pero también a saldar una deuda.

Con su historia. Con su sangre. Y con Troya.