65
Santiago Reyes aparcó junto a la esquina de siempre y se quedó allí, inmóvil, con los ojos entornados tras el parabrisas empañado.
Bajó la ventanilla y escaneó la calle. Observó los balcones, las esquinas y el reflejo de una ventana, atento a cualquier movimiento, a cualquier figura ajena que le oliera a amenaza.
Tras asegurarse de que no había ningún Mirmidón, sacó el móvil del bolsillo del chándal y marcó el número de Lucía.
—Puedes bajar.
La puerta del edificio se abrió poco después. Ella apareció enfundada en una sudadera rosa, coleta alta y mirada tensa. Su padre no necesitó preguntarle si había dormido bien, porque ambos no lo habían hecho.
Durante el trayecto hasta la galería de tiro de la policía hablaron de lo de siempre.
De las primeras veces que él la llevó allí.
De cómo ella, con apenas quince años, cerraba los ojos antes de apretar el gatillo y cómo, con el paso de los años, el miedo se desvanecía para dejar en su lugar una puntería segura y precisa.
—Ahora sé por qué insistías tanto —dijo ella, con la voz rasgada—, y me llevabas allí todos esos fines de semana. No era por diversión, sino por esto y por todo lo que pueda pasar.
—Te entrené para sobrevivir, Lucía. No por deporte —reconoció él, sin apartar la vista de la carretera—. Quería que estuvieras preparada. Nunca sabes cuándo vas a necesitar defenderte o defender a los que amas.
Lucía asintió. Era una mujer de ciencia, de lógica, de datos y certezas. Pero en los últimos días había empezado a aprender a escuchar ese otro lenguaje: el de la intuición, la sangre y la memoria antigua. Sabía que el tiempo de las explicaciones había quedado atrás. Ahora venía el de la acción.
La galería de tiro, un lugar que Lucía había visitado tanto en los últimos años, parecía más fría de lo habitual.
La luz suspendida del techo iluminaba las paredes de cemento gris, que reflejaban, como un espejo apagado, los ecos de las balas que habían perforado el aire durante horas.
Todo en ese espacio hablaba de concentración, de nervios controlados, de decisiones cruciales tomadas en fracciones de segundo.
Santiago Reyes ajustó sus gafas de protección sobre el tabique de la nariz y observó a su hija mientras empuñaba la pistola reglamentaria. Una HK Compact, nueve milímetros Parabellum. Negra, sobria, eficaz. Esa pistola de reglamento que, en sus manos, se convertía en una extensión de sí mismo.
La miraba con orgullo, comprendiendo de repente por qué las viejas historias de la familia nunca hablaban de lo que significaba ser verdaderamente fuerte.
Quizás porque, igual que él, Lucía también llevaba consigo la carga del futuro.
Como si estuvieran atrapados en un ciclo infinito de destinos ya escritos.
Lucía, sin decir palabra, tras revisar el cargador, se colocó frente a la silueta de cartón.
El sonido del disparo, seco y preciso, cortó la tensión.
Lucía no se inmutó. Los ojos de Santiago, que la contemplaban con intensidad, notaron el control absoluto que había logrado.
Era un control diferente al de los agentes que entrenaban en la galería.
Su precisión no era solo fruto de la práctica, sino de un instinto primario que a él le resultaba imposible de describir.
Como si su hija ya estuviera preparada para una batalla más grande que cualquier otra.
El contraste entre los dos era palpable.
Lucía, tan segura de sí misma, se preparaba para otro disparo.
Él, de pie a su lado, se debatía entre la admiración y el temor.
Temía por ella y por lo que se avecinaba.
Sabía que el futuro de su hija era incierto, pero también sabía que ella era capaz de afrontarlo, incluso si ello significaba arriesgar su vida.
Santiago tomó el subfusil HK MP5 con la misma actitud seria con la que había afrontado cada uno de sus años de servicio.
A medida que apretaba el gatillo, pensaba que lo único que le quedaba por aprender era cómo explicarle a Lucía lo que sentía.
Pero eso, igual que tantas otras cosas, lo callaba. Estaba acostumbrado a no contarlo todo.
Lucía cogió el subfusil y comenzó a disparar.
Notó cómo el impacto de los tiros hacía vibrar la diana.
Su respiración era pausada y su mente quedó suspendida en un espacio sin tiempo, ajeno a toda presión externa.
En ese pequeño instante de quietud, se sintió más conectada con su destino, con lo que la historia de sus ancestros le había reservado.
La sensación era extraña; no se trataba solo de acertar al blanco, sino de pulir el carácter de la líder en la que estaba destinada a convertirse.
—No te preocupes, papá. Todo saldrá bien.
La seguridad con la que lo dijo le erizó la piel.
No era la seguridad de una joven que no comprendía las consecuencias.
Era la determinación de alguien que había nacido para hacer frente a lo que le esperaba.
Y Santiago comprendió que, a pesar de sus temores, su hija era más fuerte de lo que él mismo se había imaginado.
Al salir de allí, el aire frío del exterior les devolvió el murmullo lejano de la ciudad que ya se había desperezado. Santiago condujo por varias calles hasta enlazar con la autovía que los llevaría a Molina de Segura.
No hablaban, pero ambos sabían que aquel entrenamiento no había sido uno más.
Era el último antes del verdadero combate.
En Molina de Segura, el campo de fútbol Sánchez Cánovas se extendía mudo, dormido, con ese aire de solera que tienen los campos de fútbol míticos.
Detrás de la tribuna, resguardado por una tapia alta y húmeda, estaba el recinto de prácticas de tiro con arco.
El aire olía a hierba mojada y a limoneros.
A Lucía siempre le había extrañado, mucho más que las armas de fuego, que su padre se empecinara en que ella aprendiera a utilizar el arco, como si fuera algo que Santiago llevara impreso en sus entrañas.
Y ahora entendía el motivo.
Ella avanzó por la tierra reseca con el carcaj colgado al hombro y su silueta recortada por el incipiente sol de media mañana que ya empezaba a apretar.
A su lado, su padre tenía una expresión que oscilaba entre la concentración y la melancolía, como si al otro lado de la diana se le aparecieran todos los fantasmas que acumuló a lo largo de los años.
—Recuerda —dijo él, sin mirarla—. Primero utilizaremos los arcos modernos y, después, los antiguos.
Lucía asintió y se colocó frente a la diana.
Cogió el arco recurvo con la seguridad de quien ya lo ha utilizado en muchas ocasiones.
Ajustó el protector en su antebrazo izquierdo, alzó el brazo derecho y tensó la cuerda.
El sonido del roce de la cuerda con los dedos fue leve, casi íntimo. Y entonces disparó.
La flecha cortó el aire con un silbido seco y se clavó cerca del centro.
—Bien —la voz de Santiago tuvo ese deje áspero, del hombre que se alegra por dentro pero no lo deja salir.
Luego él tomó su arco compuesto. Más agresivo, más técnico. El arco de alguien que había vivido cosas que no se pueden contar. Disparó tres veces y todas las flechas se clavaron en un círculo de apenas cinco centímetros. Sin hacer alarde. Sin necesidad de presumir.
Durante bastantes minutos sólo se escuchó el zumbido seco de las cuerdas, el silbido de las flechas que cortaban el aire y el golpe sordo al clavarse. A diferencia del estruendo de las armas de fuego, el arco hablaba otro idioma, más antiguo, más íntimo.
Cuando acabaron, Santiago sacó el arco troyano de su funda.
Lucía hizo lo mismo, con un respeto casi ritual.
Ambos sabían que tenían una significación distinta.
Aquellos arcos no eran herramientas, eran vestigios.
Y al tensarlos, no sólo entrenaban, sino que evocaban una sangre y una herencia que los definía más allá del tiempo.
Las flechas, de fresno y plumas, con punta de bronce, tenían un pulso diferente.
Lucía tensó. Le costó más. La cuerda, de tendón trenzado, era más hosca, el peso del arco mayor y el gesto técnico más rudimentario.
Disparó. La flecha voló con un leve temblor, menos precisa, más visceral.
Se clavó con fuerza en la diana. No en el centro, pero con una intensidad que pareció hablar otro idioma. Uno más antiguo. Más brutal.
Cuando Lucía disparó, su padre la miró con atención. Había quietud distinta en su forma de respirar antes de soltar la cuerda, en la concentración extrema que ponía en cada gesto. No era la técnica, era la conexión. Como si aquella arma reconociera por fin a su dueña.
Todo le devolvió un recuerdo que no era suyo, pero que sentía como una cicatriz. Las imágenes acudían a su mente sin permiso: la sangre en el suelo de mármol, fuego en los muros de una ciudad inexpugnable y gritos en una lengua olvidada.
—Este arco no perdona —murmuró Santiago—. Tienes que ser tú la que se amolde a él. No al revés.
Disparó él también. La suya fue directa, certera, como si la flecha supiera sola a dónde ir.
Lucía sonrió. No de triunfo. De reconocimiento. De saber que aquel entrenamiento no era sólo físico, ni siquiera simbólico. Era un rito. Una preparación. Un recuerdo genético que se activaba cuando la cuerda crujía y la madera hablaba en su idioma olvidado.
—¿Has notado eso? —preguntó Lucía, sin apartar los ojos del muro.
—¿El qué?
—No sé. Parece que hubiera alguien al otro lado.
—Podría ser un animal —dijo, para tranquilizarla, aunque su tono decía otra cosa.
Ambos miraron hacia la tapia. Ninguno lo dijo, pero lo sintieron. Era la intuición de que no estaban solos. Y no por una presencia física, sino por algo más viejo y más oscuro que se arrastraba entre los limoneros, con la memoria de los muertos y el rencor de quienes no fueron vengados.
El viento cambió de dirección y trajo consigo un eco lejano, casi un susurro, como si la tierra murmurara los nombres de quienes habían luchado hacía siglos por la sangre que ella ahora llevaba en las venas.
Se marcharon en silencio. Y tras ellos, los arcos troyanos seguían vibrando, reacios a volver al letargo.
Caminaban hacia la salida a través del mullido césped artificial del campo y de pronto sonó la melodía de la aplicación Ilión en el móvil de Santiago.
Se detuvo en seco, sacó el teléfono y advirtió el nombre del miembro de Los Ojos del Cielo que lo llamaba.
Lucía, alerta, se aproximó para oír.
—Majestad —dijo la voz del general Díaz de León, sin rodeos—. Hemos localizado a Eloy Campos.
Lucía miró a su padre con el corazón detenido.
—¿Dónde está?
—Ahora mismo en la puerta del Tribunal Supremo, en Madrid. Coordina el dispositivo del CNI para la visita de un comisario europeo.
—¿Cómo lo habéis encontrado?
—Una casualidad. Blas Redondo estaba también asignado al operativo y me llamó en cuanto lo reconoció.
—Despliega a todos los hombres. No le perdáis el rastro. Me voy a Madrid. Voy a ser yo quien cace a ese hijo de puta —ordenó con una voz que era de mármol.
—Lo que usted ordene, Majestad.
Colgó y acto seguido comenzó a escribir en la aplicación:
« Todos en alerta. El general acaba de descubrir el paradero de Eloy Campos. Está en el exterior del Tribunal Supremo de Madrid. Arthur, no lo pierdas de vista con tus satélites. Rodrigo y Annick, rastread las conversaciones telefónicas de esa zona y de donde os señale Arthur o el general ».
Santiago guardó el móvil y Lucía lo miró fijamente.
—Voy contigo.
Él negó con la cabeza, con esa seriedad que dejaba pocas grietas para la réplica.
—No. En esta ocasión no va a poder ser.
—¿Por qué?
—Porque si algo me sucede, tú eres la heredera y tendrás que asumir tus deberes de reina de Troya.