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El despliegue en el aeropuerto de Madrid parecía sacado de una novela de espías, escrita por un autor con poco rigor y demasiada imaginación.
Coches oficiales con lunas tintadas alineados con precisión militar.
Policías uniformados con aire de estar hasta los mismísimos.
Y tipos con traje oscuro y pinganillo invisible que pretendían pasar desapercibidos, colocándose las Ray-Ban con movimientos ensayados ante una prensa que siempre se presentaba, aunque no estuviera invitada.
Todo por un comisario europeo de Justicia. Un figurón de Bruselas que no conocía nadie, pero que tenía derecho a moverse por Europa con la pompa de un embajador romano.
La coordinación secreta del operativo corría a cargo del agente del CNI Eloy Campos, experto en seguridad nacional e internacional y, desde hacía veinticuatro horas, fugitivo encubierto.
Blas Redondo llevaba tres cafés en el cuerpo, una hora larga de mal humor y estaba en fuera de juego, refunfuñando, porque esa mañana le habían ordenado por primera vez en su vida coordinar, aunque a regañadientes, a los agentes de policía que apoyaban la misión de protección del comisario europeo.
Blas arrastraba los pies entre los policías uniformados como quien camina hacia una condena, y los dejaba hacer, ya que ellos tenían mucha más experiencia que él en esos menesteres.
Aquellos operativos lo ponían de mal humor, y no se molestaba en ocultarlo.
Lo suyo era la calle, los casos reales, los delincuentes de carne y hueso, no las coreografías mediáticas ni los pasillos de poder.
Al fin, la comitiva se puso en marcha, y los coches se tragaron la carretera con el estrépito del convoy oficial. Cruzaron avenidas, esquivaron el atasco protocolario y avanzaron por calles que olían a capital cosmopolita hasta llegar al Ministerio de Justicia con una puntualidad casi bíblica.
Allí, el dispositivo volvió a desplegarse coincidiendo con la reunión del comisario con el ministro de Justicia español, y los hombres volvieron a ocupar sus puestos con la resignación solemne de los oficiantes de una misa de nueve de la mañana.
Esa mañana en la que Eloy Campos sintió por primera vez en su vida que no volvería vivo a casa, amaneció sobre Madrid un cielo que no auguraba ninguna catástrofe, pero que tampoco la negaba.
Eloy no paraba. Caminaba movido por un motor secreto. Pero no era energía lo que lo impulsaba, sino miedo. Un miedo sin nombre, sin forma, sin rostro. Nacido con la pérdida de un motorista y que ahora se paseaba por las calles como si también tuviera acreditación oficial.
Caminaba de un lado para otro con esa falsa compostura que adoptan los que están al borde del colapso, pero que aún no pueden permitirse admitirlo.
Se acercaba a los coches y murmuraba órdenes a los conductores.
Daba la vuelta. Miraba a los tejados. A los rostros.
Tenía el presentimiento de que en cada esquina se escondía una sombra capaz de matarlo.
Sus hombres lo notaron mucho más activo que de costumbre y no les pasó por alto que, por alguna razón que no comprendían, continuamente miraba a un lugar y a otro, a derecha e izquierda, adelante y atrás, incluso a los edificios cercanos, como si estuvieran protegiendo al presidente de los Estados Unidos y no a un simple comisario europeo.
Sus hombres no lo sabían, pero Eloy Campos sí que sabía el motivo de la vigilancia que realizaba.
Sentía el canguelo en el cuerpo desde que había salido de su escondite esa mañana.
Comprendía que ese día iba a estar expuesto a los troyanos, por lo que prestaba atención a miradas, gestos fuera de lugar y cualquier detalle que le llamara la atención.
No podía fiarse de nadie. Su vida estaba en juego.
Y cualquiera de los rostros con los que se cruzara ese día podía tratarse de un troyano.
Al concluir la reunión, la caravana retomó la marcha, esta vez con dirección al Tribunal Supremo. El protocolo se repitió con idéntica precisión, pero Blas Redondo ya no disimulaba su hartazgo. Caminaba con los hombros caídos y una expresión agria que no necesitaba explicación.
La mañana se le estaba haciendo demasiado larga. Se decía a sí mismo, como un rosario repetido sin fe, que proteger comisarios europeos era una pérdida de tiempo, un teatro caro para espectadores ausentes.
—¡Menudo truño de día! —gruñía, una y otra vez, sin que nadie lo escuchara.
Eloy Campos, como toda la mañana, iba de un lado a otro, en una coreografía sin pausa.
Estaba más tenso que nunca. Parecía oler el peligro, sentirlo en las losas de granito del suelo.
Tenía la sensación de que había ojos que lo miraban, quizás desde alguna esquina, quizás desde alguna ventana.
Lo sabía porque él también era uno de ellos. Y conocía bien las reglas del juego.
Blas pasó caminando por delante de la puerta del Supremo y allí, apoyado en una farola con cara de querer estar en cualquier otro sitio vio a Eloy Campos. El agente del CNI tenía la americana desabrochada, el nudo de la corbata torcido y la cara de un lunes sin café.
Y mientras los hombres se movían en sus posiciones, repitiendo la misma canción, Eloy supo que el día no terminaría igual que los demás.
Que esta vez, los rostros que había aprendido a temer podrían aparecer de verdad.
Que los troyanos estaban cerca.
Que alguien ya lo había visto.
Y que tal vez, solo tal vez, era demasiado tarde para huir.
Blas Redondo lo observó sin ser visto, con una leve mirada por encima de las gafas de sol, con esa media sonrisa torcida que solo le dedicaba a los viejos delincuentes que hubieran preferido no haberse despertado esa mañana.
Ahora, el día acababa de empezar.
Una cuenta pendiente estaba a punto de saldarse.
Y la caza había empezado.