La última princesa de Troya 63
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Lucía sentía que ese día no correría por costumbre, ni por salud, ni siquiera por el ritmo sereno del hábito, sino por una necesidad antigua y desconocida que le nacía en la sangre. Una voz le urgía a moverse, a respirar, a encontrarse consigo misma en el curso impasible del río Segura.

Sus ojos aún conservaban la niebla de una conversación cargada de palabras irreversibles, aquellas que su padre le había entregado con la serenidad resignada de quien sabe que ciertas verdades no se pueden ocultar toda la vida.

La había llamado princesa, no como un padre que miente para consolar a su hija, sino como un hombre orgulloso que por fin revela el secreto que lo ha mantenido vivo.

Y esa palabra, princesa, le resonaba ahora como un eco perdido en una historia que no era suya, pero que la reclamaba desde un pasado remoto y trágico.

Se vistió en silencio, con el sol insinuándose entre las rendijas de la persiana.

Mallas de licra oscuras, una camiseta ligera y las zapatillas desgastadas que conocían cada rincón del recorrido.

Su coleta recogía el cabello castaño con la misma firmeza con la que ella sujetaba sus dudas.

Sabía que no podía quedarse quieta. Salió de casa sin pensar, con ese andar seguro que da la costumbre y el orgullo.

En la calle la esperaba Samuel. Apostado en una esquina, fingía que no esperaba a nadie.

Junto a él, dos hombres con aspecto corriente, casi anodino, uno flaco y alto como una farola, el otro de estatura mediana y ancho como un viejo armario.

Ninguno de los tres destacaba entre la gente que comenzaba a llenar las aceras.

Pero Lucía supo, apenas los vio, que estaban allí por ella.

Torció el gesto. No le gustaba sentirse observada, menos aún protegida, y mucho menos tratada como alguien importante. Pero sabía, con una madurez que le venía de las entrañas, que las cosas ya no iban a ser lo que habían sido.

—¿Adónde vas? —le preguntó Samuel con esa voz que nunca subía de volumen.

—A correr. Por la margen izquierda del río —respondió ella, intentando no sonar molesta ni lo que sentía.

Samuel asintió con una leve inclinación de cabeza que parecía más bien una disculpa.

Le presentó a los hombres, cuyos nombres Lucía olvidó pronto, no por descuido, sino porque presentía que su presencia era circunstancial, como los guardianes mudos de las antiguas diosas, figuras necesarias en un ritual que ni ellos comprendían del todo.

—Roberto y otros dos te esperan más adelante. Estaremos repartidos en puntos estratégicos del recorrido. No estarás sola.

Serían seis en total, una escolta discreta y silenciosa.

Lucía no contestó. Solo sonrió con esa cortesía heredada de generaciones de mujeres que sabían guardar las apariencias incluso cuando todo ardía por dentro. Se despidió con un gesto leve, encendió la música de su móvil, aunque ni la escuchaba, y comenzó a trotar sin decir nada más.

Callejeó con soltura, guiada más por la memoria del cuerpo que por los ojos.

Bajó las escaleras en el puente de Hierro y se incorporó al sendero que bordeaba el río Segura.

El agua fluía tranquila, con ese aire resignado que tienen los ríos del sur, que saben desde su nacimiento que su destino es entregarse al mar.

Al pisar el firme húmedo de la mota del río, sintió un leve alivio.

El contacto con la naturaleza le devolvió la serenidad.

El recorrido se mostraba a su alrededor con la parsimonia de siempre.

Corredores solitarios, ciclistas sin prisa, matrimonios caminando con sus hijos, perros que no perdían de vista a sus dueños.

Una ciudad cualquiera, una mañana de domingo cualquiera.

Pero ella ya no era cualquiera. Lo supo al llegar a Los Molinos del Río; bastó con levantar la vista para distinguir la figura de Samuel en el puente de los Peligros, observándola desde arriba, pendiente de ella.

Lo saludó con la mano, sin detener el paso.

Dio la vuelta y, más adelante, al cruzar bajo el puente de Miguel Caballero, vio a otro de los hombres, apoyado en la barandilla.

Lo mismo ocurrió en el puente de Hierro, en el del Hospital y en la pasarela de Vistabella.

Todos estaban allí, perfectamente ubicados, vigilantes y discretos.

Se saludaban apenas con una mirada. Roberto fue el único que le sonrió abiertamente al llegar al puente de la FICA y, ella, por primera vez en mucho tiempo, le devolvió la sonrisa sin fingir.

Allí, Lucía dio media vuelta. Lo hizo con la solemnidad de un rito antiguo.

Subió por la mota del río corriendo, con el ritmo estable, la respiración acompasada y el corazón latiendo al ritmo de una determinación que no había sentido jamás.

Hizo tres veces el trayecto, cada uno de tres kilómetros.

Al terminar, sus músculos ardían y su mente encontró por fin un poco de sosiego.

Aceptó que ahora todo sería diferente, incluso su forma de moverse por el mundo.

Cansada, pero en paz, subió de nuevo por las escaleras del puente de Hierro.

La ciudad hervía de vida ahora. Las aceras vibraban con el bullicio del mediodía.

Lucía caminó hacia su casa con los músculos entumecidos y el pecho aún acelerado.

Notó cómo los seis hombres se distribuían con naturalidad a su alrededor, sin interrumpir su espacio, sin parecer guardaespaldas, confundidos entre los viandantes.

Compartían un mismo origen, esculpidos por la misma mano invisible que tallaba su destino.

Después de ducharse y una comida ligera, el sueño la venció.

No tenía previsto dormir, pero no pudo evitarlo.

Cayó en un sopor pesado, lleno de imágenes vívidas.

Soñó con banquetes en salones infinitos iluminados por antorchas, con princesas vestidas con sedas que flotaban al caminar, con tiaras de oro y brillantes que pesaban como el pasado.

Soñó con dioses de ojos crueles que hablaban en lenguas olvidadas, con hombres y mujeres vestidos con bruñidas armaduras, que empuñaban espadas y que cabalgaban hacia la guerra bajo la lluvia.

En el sueño, ella avanzaba delante de todos ellos, armada, valiente y furiosa. No tuvo miedo. Solo rabia y odio.

Despertó empapada de sudor, con el corazón retumbando en el pecho y los ojos abiertos, con la sensación de haber regresado de otro tiempo.

Comprendió entonces, con la claridad de las cosas inevitables, que no le quedaba otra opción que aceptar lo que era.

Que había nacido con una carga y que su pueblo esperaba de ella una misión diferente a vivir tranquila.

Se dejaría proteger, sí, pero no se escondería. Y, si hacía falta, pelearía.

Pasó la tarde estudiando. Necesitaba el refugio de las letras. La disciplina del estudio le ofrecía cierta serenidad, un ancla, una excusa para que la normalidad no se le escapara del todo. Cenó poco, algo frugal.

Luego salió hacia la casa de su padre, caminando con la espalda recta y la cabeza erguida, para cumplir con su destino. No era altivez. Era dignidad. Era lo que había heredado sin saberlo: la sangre de Troya, la que no se inclina ante nadie.

Al llegar, Santiago le abrió la puerta sin sorpresa. Se fundieron en un abrazo largo, verdadero, con una ternura que reunía todos los silencios que no se habían dicho.

Se sentaron frente al ordenador. Él abrió la aplicación Ilión y las ventanas se fueron desplegando una a una, como cartas de una baraja sagrada. Desde Lyon, la imagen de Annick Dupont se iluminó en la pantalla.

—Alteza —dijo mientras miraba a Lucía a los ojos—, la conexión es segura. Podemos comenzar la reunión.

Durante ese día, su padre había notificado a los miembros de Los Ojos del Cielo que había hablado con Lucía y que ya sabía que era la princesa de Troya.

Todos le dedicaron a Lucía honrosas palabras, pronunciando siempre la palabra Alteza.

Lucía asintió. Y en esa inclinación de cabeza, breve y digna, aceptó la herencia de una historia que había comenzado siglos antes de que ella naciera.

Las luces del despacho irradiaban un tibio resplandor sobre la madera oscura del escritorio.

En el reflejo de la pantalla flotaban los rostros de Los Ojos del Cielo, que parecían convocados por una ceremonia antigua, primero alrededor de un fuego ancestral, después en torno a crepitantes antorchas y, ahora, presentes en unas digitalizadas ventanas de la aplicación Ilión.

Después de unos instantes, de esos que se alargan en el filo del tiempo y parecen esperar la orden para desatar el infierno, todas las miradas convergieron en la figura pétrea del general Víctor Díaz de León.

Lucía observaba con atención la imagen en la pantalla, que recordaba a la estatua de bronce de un emperador del Imperio romano. Firme, inmóvil, con los ojos como dos piezas afiladas de obsidiana y esa mandíbula imperturbable que parecía tallada en mármol pulido.

Santiago, que ya no era sólo un comisario sino también el guardián de una sangre remota, rompió la quietud con una voz que no admitía réplica.

—Víctor, cuéntanos. ¿Qué sabes de Luis Conde y de Eloy Campos? Todos estamos pendientes de ti.

El general se movió ligeramente en su silla, con ese ademán que hacía cada vez que estaba a punto de tomar la palabra para notificar algo importante.

Sus ojos buscaron los de Santiago y luego los de Lucía.

A ella la miró apenas un momento, suficiente para hacerle sentir que ya no era ajena a nada de aquello.

—Majestad. Estoy deseando relatarle los hechos de hoy.

Por primera vez desde que Lucía se había unido a aquella hermandad clandestina, lo llamó como solía hacerlo cuando estaban solos, antes de que ella supiera quién era realmente.

Ella parpadeó al oír el título. Aún no lo había asimilado del todo. Pero no hizo ningún gesto. Ya no.

—Es el tema más importante de la reunión, general. Adelante.

—Los hechos son los siguientes. Rodrigo me proporcionó la dirección de Eloy Campos en Madrid y Annick la de Luis Conde en París.

Envié a cada domicilio un grupo de hombres a vigilar.

Guerreros preparados, discretos. Han estado allí todo el día y aún continúan en el lugar.

Por ahora, no hay novedades de ninguno de los dos y las luces de ambas casas están apagadas desde que cayó la noche.

—Está claro que han huido y están escondidos en algún lugar —intervino Olivia, sin necesidad de alzar la voz.

—Era de esperar. Al no tener noticias del motorista, se han puesto en alerta y han salido por piernas —concluyó Arthur.

—No pueden haberse esfumado. Alguien, en alguna parte, tiene que haberlos visto —advirtió Annick.

—Así que no queda otra que continuar con la búsqueda —apuntó Rodrigo, chasqueando los dedos.

Lucía, hasta entonces en silencio, se inclinó ligeramente hacia la cámara.

Sus ojos reflejaban una determinación fría y absoluta.

Ya no era la imagen de la mujer que corría sola por la margen del río, ni la doctora y criminóloga de hacía apenas unos días, sino la de alguien que había cruzado un umbral sin vuelta atrás.

Ahora miraba con la firmeza de una princesa en pie de guerra.

—General, mantenga a sus hombres en alerta toda la noche.

Que no bajen la guardia ni un segundo. Y también mañana.

Rodrigo, Annick, vosotros que tenéis acceso a todo tipo de redes: infiltrad vuestros sistemas.

Rastread cualquier movimiento digital. Buscad movimientos de tarjetas, pasaportes, cualquier transacción.

Arthur, controla con tus satélites a los dos Mirmidones. Tenemos imágenes de ambos, ¿no?

Santiago no pudo evitar girar la cabeza para mirarla.

La observó como si la viera por primera vez, con la impresión de que la comisaria de policía era ella y no él.

Había en sus ojos un fulgor antiguo, un reflejo que traía a la memoria el coraje de los héroes troyanos que lucharon por algo más que la victoria.

No solo dio su aprobación, sino que, al escucharla, comprendió hasta qué punto estaba dispuesta a asumir su lugar.

Lucía sintió el calor de su mirada, de orgullo y de reconocimiento, como si la princesa de Troya no fuese sólo una figura del pasado, sino una mujer de carne y hueso sentada a su lado.

Los cinco miembros de Los Ojos del Cielo se quedaron sorprendidos por la claridad de las instrucciones. Con esas palabras demostraba que era digna del título de princesa de Troya.

—Sí que tenemos imágenes de ambos —respondió Arthur.

—Arthur, usa tus algoritmos de reconocimiento facial —ordenó Santiago—. Rastrea las cámaras de seguridad de estaciones, aeropuertos. No se nos pueden escapar.

Annick se quitó las gafas con lentitud. No era un gesto coqueto. Era de fatiga o tal vez de resignación.

—Mañana puede ser un día clave.

—Y si aparecen, mis hombres los cazarán —remató el general.

—No olvidéis que estamos todos en peligro. Si ellos han huido, es porque saben que vamos a por ellos. Si tienen datos sobre más troyanos, intentarán matarlos. Tenemos que extremar las medidas de seguridad —advirtió Santiago.

—No podemos bajar la guardia. Hoy me he acostumbrado a estar protegida. Y empiezo a entender lo necesario que es —apostilló Lucía. Se recogió el pelo con un gesto distraído, sutil, apartando un mechón de la cara. Había una nueva determinación en su voz, que no era autoridad, sino decisión.

—A partir de ahora estaremos conectados de forma permanente —intervino Santiago—. Nada de reuniones nocturnas. Cualquier información debe ser compartida en tiempo real.

Todos aceptaron. Había que resistir y también atacar.

—Espero noticias positivas mañana. De cualquiera de vosotros —añadió Santiago antes de cerrar la aplicación.

Su padre apagó el ordenador. Lucía se levantó y lo abrazó. No fue un gesto emotivo, sino sincero. Cargado de reconocimiento y afecto silencioso. Luego se despidió y salió a la calle.

La noche murciana era cálida. Las farolas dibujaban charcos de luz sobre el paseo Alfonso X y Lucía caminó en dirección a su casa.

No hacía falta que se girara para saber que la seguían. Lo supo desde que los vio. Dos grupos de hombres apostados a los lados del paseo. Conversaban con naturalidad, como si estuvieran allí por azar. Al pasar ella, se pusieron en movimiento, sincronizados, discretos, casi invisibles.

No eran sombras. Eran sus custodios.

Y aunque el título de princesa aún le resultara extraño, sabía que ahora su vida tenía otro valor. Y que para protegerla, aquellos hombres estaban dispuestos a dar la suya.