La última princesa de Troya 62
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Al salir de su casa, Eloy se convirtió en su propia sombra. No se trataba de una decisión improvisada ni de un impulso fruto del pánico. Era un plan previsto, pulido con los años y diseñado en aquellas madrugadas en las que la duda se sentaba a su lado como una vieja compañera de profesión.

Si hubiera rodado una película de Hollywood, seguro que se habría puesto una gorra para intentar ocultar su rostro, pero esto era la vida real, por lo que no vestía disfraz alguno ni trataba de ocultarse tras una gorra o unas gafas de sol absurdas.

En el Madrid de los trajes planchados y los ejecutivos acelerados, intentar parecer alguien distinto solo aumentaba las probabilidades de ser observado.

Así que fue él mismo: discreto, metódico, ordenado.

En los pasillos del metro, caminó con el paso ensayado del que finge normalidad.

Las cámaras de seguridad colgaban como ojos sin párpados, por lo que bajaba ligeramente la cabeza cuando pasaba frente a un ojo de cristal o giraba los hombros como si fuera a esquivar a un niño, pero en realidad lo que buscaba eran los ángulos muertos.

Caminó con el cuerpo ligeramente encorvado, llevando encima el lastre de una sospecha, y evitó los espejos y los escaparates, no por miedo a verse, sino por temor a reconocerse en lo que se estaba convirtiendo.

Salió a la calle y el aire era más limpio. Cogió un taxi, dio instrucciones escuetas y pagó en efectivo. El conductor no preguntó, señal inequívoca de que aún quedaban lugares donde los algoritmos no gobernaban las transacciones.

Se bajó frente a una urbanización de dúplex uniformes. Entró en la casa, propiedad del CNI, que conocía desde hacía años y cerró la puerta con firmeza. El silencio lo abrazó sin exigirle explicaciones. Se dirigió a la cocina, bebió agua en un vaso de cristal y se sentó en el sofá del salón.

Estaba a salvo.

Por ahora.

Hasta el día siguiente en el que tendría que ir a trabajar.

Luis Conde, por su parte, manejaba la situación con pragmatismo y la vanidad intelectual que lo caracterizaba.

Era consciente de lo que significaba el silencio del motorista.

No necesitaba pruebas. Treinta y seis horas sin señales eran suficiente sentencia.

A estas alturas, que alguien se callara tanto tiempo solo podía significar que estaba muerto o en manos de sus enemigos.

Y ambas opciones eran una amenaza.

Estaba cruzando la frontera hacia otra vida. No con el dramatismo de las películas ni con la emoción clandestina de los espías de novela. Lo hacía con la serenidad que dan los años vividos entre archivos clasificados y medias verdades.

Recogió lo justo. Una maleta con ropa sobria y un maletín con papeles, dinero en efectivo y su portátil.

Dejó el teléfono móvil en el apartamento, el único objeto que todavía podía delatarlo sin esfuerzo, y se llevó el móvil encriptado, el mismo con el que mantenía el contacto exclusivo con Eloy y otros Mirmidones.

Salió del piso en París con la resignación serena de quien sabe que ya no se puede hacer más que lo necesario.

Pidió un taxi para ir a la estación de tren y pagó en metálico, tal y como habían ensayado en sus protocolos de contingencia. El conductor, joven y callado, no dijo ni una palabra.

Adquirió un billete para el primer TGV rumbo a Lyon y, con la maleta en la mano, caminó hasta el andén con la certeza de que cada paso que daba podía ser el último sin vigilancia.

Ya sentado en el vagón, mientras el tren se deslizaba por la campiña francesa, experimentó una sensación inesperada: la de estar cometiendo una travesura de adolescente. Aquella huida improvisada destilaba libertad, ruptura y desafío. Una estrategia útil, incluso elegante.

Sin embargo, no tardó en disiparse el espejismo.

La sombra del motorista seguía allí, agazapada entre los pliegues del pensamiento. ¿Lo habrían capturado? ¿Habría confesado? ¿Estarían ya los troyanos cerca, olfateando sus huellas?

Luis alzó la vista y repasó a los demás pasajeros del vagón.

Rostros anónimos, cansados, distraídos. Una mujer mayor leía una novela con las gafas bajas.

Un niño jugaba con un videojuego. Dos hombres de negocios hablaban de cifras con acento belga.

Nada le llamaba la atención. Y sin embargo, la duda persistía.

Porque él sabía que bastaba con uno. Solo uno. Uno que lo reconociera. Uno que supiera demasiado. Uno que no olvidara.

¿Y si todo esto no era más que un teatro, un último acto antes de ser descubierto?

Volvió la mirada al cristal.

Su reflejo le devolvió la imagen de un hombre que, por más que huyera, no podría escapar de su misión en la vida.