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Eloy Campos supo que debía marcharse incluso antes de que anocheciera.
Fue una intuición silenciosa que se le instaló en la mente mientras dormía y que, al despertar, se le reveló en forma de sudor frío y temblor en las manos.
Soñó con un caballo envuelto en fuego, con troyanos arrojados desde las almenas, con espadas que cercenaban sentimientos y con flechas que silbaban una melodía eterna.
Al abrir los ojos, todo en la habitación le resultó extraño.
Movió el brazo derecho con rapidez para empuñar la espada, pero sus dedos solo encontraron la maleta tirada en el suelo.
Pasó la noche repasando cada uno de sus pasos, cada decisión de las últimas horas, cada palabra dicha.
Y llegó a la conclusión de que lo más sensato, lo más prudente, aunque también lo más doloroso, era marcharse.
Solo con lo puesto y lo indispensable. Porque su seguridad, y la de Luis Conde, pendían de un hilo demasiado fino.
Solo se permitió un instante de calma, que le devolvió un brillo en los ojos que no sentía desde hacía unas horas.
Una breve chispa de satisfacción durante la llamada de Esteban, que estaba tras la pista del rey de los troyanos.
Encontrar el Legado Perdido, la realeza de los troyanos, se había convertido en su obsesión desde que tenía uso de razón.
Soñó tantas veces con ese hallazgo y trabajó tantos años persiguiendo ese linaje que la simple posibilidad de estar cerca lo reconcilió momentáneamente consigo mismo.
Si los Mirmidones conseguían matar al rey y a su descendencia, el pueblo troyano quedaría descabezado.
Una vez eliminada la realeza, matar a la plebe sería coser y cantar.
Pero la satisfacción no duró. Fue fugaz como una cerilla encendida en medio de un vendaval.
Pronto volvió la realidad y aplastó la euforia con la fuerza de una ola imposible de surfear. Regresó la preocupación porque no sabía nada del motorista. Ni una llamada. Ni un mensaje. Silencio absoluto.
Y eso no era buena señal.
Eloy nunca sintió miedo. No de verdad. Pero ahora lo notaba: sentía una presión en el pecho, un sudor helado, una vibración molesta en los tímpanos. No era un miedo cualquiera. Era un miedo nuevo. Instintivo. Una voz ancestral, en algún rincón recóndito de su ser, le advertía que lo perseguían.
El miedo era una sensación nueva para él, con la que tendría que convivir y saber regatear. El sufrimiento también era por los Mirmidones y, sobre todo, por su líder, al que veneraba.
Eloy cogió la chaqueta del perchero de la entrada y abandonó su casa solo con una maleta pequeña con ruedas.
Dejó el coche en el parking de su edificio y, antes de salir, miró a derecha e izquierda.
Necesitaba asegurarse de que nadie lo espiara.
No podía dejar ninguna pista de su rastro.
Una vez seguro de que no había nadie, salió a la calle y comenzó a caminar. No se permitía cometer ningún error.
Caminó por la acera con el cuello de la chaqueta levantado. Cada pocos pasos comprobaba cuanto lo rodeaba para asegurarse de que no lo seguían. Tenía que extremar las medidas de seguridad. Sabía que los troyanos no se dejarían ver. Pero aun así, miraba.
Era el precio que tenía que pagar si quería estar completamente a salvo y continuar con la venganza.
El cielo seguía encapotado. El aire olía a humedad, a domingo de ciudad grande, a calles en las que se cruzan vidas sin detenerse. Algunos transeúntes madrugadores caminaban sin prisa y nadie reparaba en él.
Caminó por calles conocidas, aunque no demasiado transitadas, evitando las cámaras de tráfico. Había memorizado los puntos ciegos de cada cruce y no se permitió bajar la guardia ni una sola vez.
Se detuvo al llegar a la entrada del metro. Fingió consultar el reloj. Observó a su alrededor. No había nadie que llamara la atención. Y sin embargo, el agobio en su pecho no se aliviaba.
Apoyó la espalda en un coche aparcado y sacó su teléfono negro encriptado.
El dispositivo, austero y opaco, era el último vestigio de una seguridad que ahora se le antojaba relativa.
Estaba en un lugar común de Madrid, en donde su conversación encriptada, en caso de ser interceptada, no podría ser relacionada con él.
Marcó el único número que le importaba.
—Buenos días, Eloy —dijo la voz pausada de Luis Conde—. Cuéntame solo buenas noticias.
Eloy dudó. Sabía que la respuesta no agradaría a su interlocutor.
—Mi señor, tengo buenas noticias, pero también algunas que no lo son tanto.
En París, Luis Conde se encontraba en el salón de su apartamento, sentado en un sillón orejero con las piernas cruzadas y el portátil apoyado sobre los muslos.
Leía un artículo arqueológico en el American Journal of Archaeology.
La imagen del profesor refinado era perfecta.
Solo que bajo esa fachada habitaba un fanático.
—Empecemos por las buenas.
Una sonrisa sutil se le dibujó en los labios a Luis Conde. Cada palabra de Eloy era una sinfonía de placer, tras escuchar el resumen de la conversación con el hacker y la pista sobre el rey de los troyanos.
—Son excelentes noticias. Estoy seguro de que Esteban pronto nos dirá el nombre del rey de los troyanos. Y con él… —dejó la frase en el aire, suspendida como una guillotina—. Ahora dime, ¿cuáles son esas malas noticias?
Eloy tragó saliva. Miró al asfalto, luego a la acera, luego a la línea del horizonte. No veía a nadie, pero seguía sin sentirse solo.
—Mi señor, hace treinta y seis horas que no tengo noticias del motorista.
Luis levantó la vista. Cerró el portátil con un leve chasquido y lo dejó en la mesita frente al sillón.
—¿Qué crees que ha pasado? —preguntó, sin alterarse.
—Creo que ha fracasado en su intento de matar a Blas Redondo. Además, en la prensa no ha sido publicada ninguna noticia relacionada con él. Y si ha fracasado, puede estar muerto o algo peor.
—¿Y?
—Tengo el presentimiento de que lo han capturado los troyanos. Y si canta, mi señor, estamos en peligro. Todos.
Luis se puso en pie. Caminó hacia la ventana. Descorrió la cortina unos milímetros, lo justo para mirar la calle. A primera vista, todo era normal: ciclistas, coches, una pareja de turistas. Pero él sabía que eso nunca era garantía de nada.
—Si fuera así, ¿qué sugieres?
Eloy tardó en responder. Miró de nuevo a su alrededor. No era paranoia, sino sentido común.
—Debemos adoptar medidas de seguridad. Yo ya he abandonado mi casa. Voy a esconderme. Y usted debe salir de París. Desaparecer unos días. Hasta que sepamos qué ha pasado.
Luis guardó silencio. Luego asintió. No por miedo, sino por estrategia. Había aprendido hacía mucho tiempo que, para sobrevivir, uno debía ser transparente, invisible.
—Está bien. Será lo más prudente.
—Le pondré una escolta. Discreta. Por si acaso.
—No creo que lleguen hasta mí, aunque es lo más conveniente.
—Le llamaré si tengo noticias.
—Hazlo.
La línea se cortó. Eloy guardó el móvil, se ajustó la chaqueta y se perdió entre la gente que bajaba al metro. Cada paso que daba era una maniobra invisible en la guerra que estaban librando.
Y esa guerra, ya no era silenciosa.
A partir de ahora, la supervivencia era su único objetivo.
Después hizo otra llamada. Más breve.
Ordenó matar a todos los troyanos de la lista que tenían.