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Signal era una aplicación más segura para comunicarse que otras aplicaciones del mismo estilo.
Esteban, en cuanto se cercioró de que Renato ya estaba bien lejos, cogió su teléfono, abrió la aplicación, deslizó la pantalla para buscar el contacto de Eloy Campos y pulsó sobre el icono del teléfono.
Sabía que Eloy odiaba que lo llamaran por esa aplicación, pero le daba igual.
No pensaba usar uno de esos teléfonos encriptados que les obligaban a llevar.
El sonido de la aplicación despertó la atención de Eloy, que hacía la maleta, y se sorprendió al ver el nombre de quién lo llamaba.
—¡Joder! ¿Y este qué coño querrá a estas horas?
Dudó antes de contestar. No le gustaba usarla para asuntos serios, pero Esteban tenía esa jodida manía de hacer las cosas a su manera.
El tono sonó tres veces antes de que Eloy decidiera responder. Deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el móvil al oído.
—Te he dicho mil veces que no me llames por Signal —gruñó Eloy Campos.
Esteban sonrió con cierto regocijo.
—No me gustan esos cacharros encriptados que usáis. Prefiero algo más normal.
Eloy, en otra ocasión, le habría soltado alguna maldición, pero no iba a discutir estupideces.
—Mira, Esteban. Esto no es un juego. Ahora mismo, tú también estás en peligro.
Esta vez, Esteban no respondió de inmediato.
Miró el salón de su casa, ese refugio en el que solía sentirse seguro.
Pero si lo pensaba bien, hacía tiempo que la seguridad podía ser solo una ilusión.
Se irguió en el sofá con la vana intención de sacudirse la sensación de inquietud que se le estaba pegando a la piel.
—Ya sabes que no me gustan esos asuntos que os traéis entre manos, aunque yo os ayude.
—Pues te guste o no, estás metido hasta el cuello.
Un ruido de ropa al doblarse sonó al otro lado de la línea. Eloy estaba metiendo una prenda en una maleta.
—A partir de ahora, si necesitas hablar conmigo o con Luis, usarás un teléfono encriptado de los nuestros. En cuanto tenga un rato libre te llevaré uno. ¿Entendido?
—Entendido.
Eloy notó el ligero cambio en su tono. Continuó con lo suyo y colocó unas camisas dentro de la maleta.
—¿Qué quieres?
—Acaba de estar en mi casa Renato, el ratón de biblioteca.
—¿Y qué quería ese de ti?
—Cree haber encontrado los nombres de los antiguos reyes de los troyanos en España —confesó Esteban, levantándose del sofá.
—Por fin, una buena noticia.
—Quiere que investigue y descubra el nombre del rey actual de los troyanos en España.
—Sería la mejor noticia que le podrías dar a Luis Conde —comentó mientras introducía las corbatas en la maleta.
—Ya lo sé. Por eso quería avisarte.
—No llames a Luis. No me fío de los troyanos y no hay ninguna aplicación segura. Yo se lo diré y, cuando te lleve el teléfono encriptado, te podrás poner en contacto con él.
—De acuerdo.
Eloy cerró la cremallera con decisión. Ya estaba listo para irse.
—Si descubres el nombre del rey antes de que te lleve el móvil, me llamas por aquí. En caso contrario, no lo hagas.
—OK.
Esteban dejó el móvil sobre la mesa y se pasó una mano por la cara. Todo avanzaba demasiado rápido.
Eloy guardó su teléfono en el bolsillo interior de su chaqueta y se permitió disfrutar de la satisfacción de la noticia. Por fin, una pista sólida.
Pero la sonrisa se disipó de inmediato y la realidad se impuso sobre su ánimo.
No tenía noticias del motorista, ni de su familia. Seguían sin dar señales de vida.
Y eso era un grave problema.
Si los troyanos lo habían cazado, el asunto pintaba mal. Muy mal.
No solo él estaba en peligro. Luis Conde también. Y no podía permitirse el lujo de que los localizaran.
Salió de la habitación tirando de la maleta tras de sí. Huir sería la mejor opción. Mantenerse fuera del radar durante unos días. Acudiría al trabajo, claro, aunque tuviera que exponerse, pero sin levantar sospechas, sin reuniones innecesarias y sin movimientos de riesgo.
Tampoco podía poner en peligro a Luis Conde.
Lo llamaría por teléfono, le contaría la magnífica noticia de Esteban y lo apremiaría para que desapareciera cuanto antes durante una temporada, hasta que ellos asestaran el último golpe.
Después de hablar con Luis, se esfumaría.
Antes de que fuera demasiado tarde.