59
A Renato no le gustaba dormir.
El sueño era para los que desperdiciaban la vida, pensaba Renato.
Para los que no habían comprendido aún que el mundo avanzaba sin tregua, sin pausa, sin esperar a nadie.
Dormir era una debilidad, una manera absurda de perder oportunidades.
Por eso, él aprovechaba las horas de la noche para adentrarse en su propio universo, en un laberinto de pergaminos gastados por el tiempo, de manuscritos cuyas tintas desvanecidas aún contenían respuestas.
Algunos los había adquirido de forma legal; otros no tanto, porque los compraba a traficantes de historia en páginas de Internet de dudosa legalidad o en librerías donde los dueños sabían demasiado y hablaban poco. Pero eso no le preocupaba.
Había aprendido a leer el pasado igual que otros aprendían a leer los labios de un mentiroso.
Los troyanos no eran un mito, no eran solo los héroes de una epopeya.
Eran reales. Habían existido ocultos en los pliegues de la antigüedad.
Su obsesión por encontrarlos creció en su vida, invadió sus pensamientos y le dio un propósito.
Los rastros estaban ahí, desperdigados en la historia, y él estuvo convencido de que si sabía leerlos correctamente, podría desentrañar su paradero y no descansó hasta encontrarlos.
A Renato le gustaba madrugar.
Era otra de sus costumbres. El amanecer le proporcionaba una paz extraña y cada mañana le ofrecía la oportunidad de empezar de nuevo.
El alba se abría paso con sigilo sobre la sierra madrileña, derramando una luz pálida sobre los pinos.
La carretera, mojada aún por la humedad de la noche o por la lluvia, se extendía ante él con la incertidumbre de un sendero desconocido.
Renato conducía con calma. Saboreaba el paisaje con el placer de un hombre que encuentra en la soledad un refugio más que un castigo.
A su alrededor, el bosque se alzaba como una muralla verde, un reino de sombras y silencio donde todo podía suceder, donde solo el sonido lejano del viento silbando entre los árboles podía quebrar la paz.
El cielo estaba cubierto de nubes bajas que parecían sostenerse sobre las copas de los chopos, inmóviles, atrapadas en una espera indefinida. Había algo primitivo y feroz en la sierra a esa hora, como si la naturaleza lo vigilara con la misma cautela con la que él perseguía a los troyanos.
Era temprano, demasiado temprano para el hacker.
Esteban dormía con el sueño espeso y errático por haber pasado la noche trabajando en los márgenes de su universo de códigos y algoritmos, absorto en el murmullo incesante de los datos que cruzaban el ciberespacio.
Su hábitat natural era la madrugada, donde la clandestinidad se confundía con el insomnio y la ilegalidad con la necesidad.
El rugido de un motor le arrancó del letargo y, sin abrir los ojos, murmuró una maldición.
—¡Joder, ya está aquí!
Había cometido un error de principiante al no concretar una hora exacta y ahora lo pagaba. Se tenía que reunir con ese ratón de biblioteca que vete a saber qué querría de él. No se lo había dicho y él tampoco había preguntado.
Renato era puntual, demasiado puntual. El hacker se revolvió en la cama e intentó negociar cinco minutos más de sueño con su cuerpo agotado, pero el golpe de la aldaba en la puerta sonó como un trueno en la habitación en penumbra.
Se levantó malhumorado y se arrastró hasta el baño. Orinó con los ojos cerrados, intentando atinar y no salpicar. En caso contrario, le obligaría a realizar una labor extra de limpieza que detestaba.
El agua, demasiado fría, le abofeteó la cara y terminó por despertarlo. Un latigazo helado que le estiró la piel y le aclaró la vista. No se peinó. Solo deslizó los dedos por el pelo para domar la melena negra que le caía hasta cubrirle las orejas.
Otro golpe. Más impaciente.
Fue hasta el dormitorio, se puso unos vaqueros viejos y una camisa de cuadros negros y otros en distintos tonos de color rojo que no recordaba si estaba limpia. No le importaba.
La tercera llamada a la puerta con la aldaba fue más contundente. Más exigente.
Esteban disfrutó mientras le hacía esperar.
Caminó con parsimonia hasta la entrada, sin prisa.
Sabía que al otro lado el ratón de biblioteca estaría reprimiendo la impaciencia.
Si algo le molestaba a Esteban era esa manía que tenía Renato de querer encajar el tiempo como las piezas de un rompecabezas.
Giró la cerradura y abrió la puerta.
Renato lo miró sin saludar. Traía la chaqueta húmeda por la bruma matinal y el aspecto de alguien que no estaba para tonterías.
—Has tardado —apuntó Renato con sequedad.
Esteban apoyó el hombro en el marco de la puerta, fingiendo indiferencia.
—Algunas cosas buenas requieren paciencia.
Renato no sonrió.
—Tenemos que hablar.
—¿Sobre qué?
—Sobre los troyanos.
—¡Otra vez los troyanos! Estáis todos obsesionados con ellos. ¿Qué pasa ahora?
—Necesito que hagas algo por mí.
Esteban lo observó, luego dejó escapar un gruñido y asintió. Sabía que lo que iba a escuchar a continuación no le iba a gustar.
Renato recorrió la casa con la mirada antes de sentarse.
Le bastaron un par de segundos para hacerse una idea de la vida de Esteban: el desorden calculado, la taza de café con los restos secos de la última madrugada de trabajo, los libros abiertos sobre la mesa y las hojas garabateadas con anotaciones que solo él entendía.
No era una casa cómoda, sino un refugio.
Un espacio creado para ocultarse del mundo y vigilarlo desde la distancia.
Renato no se dejó impresionar por la mezcla de elementos antiguos con estructuras modernas. Un equilibrio entre tradición y tecnología que encajaba demasiado bien con la mente de Esteban.
Sacó el móvil del bolsillo sin decir una palabra, deslizó el dedo sobre la pantalla y le mostró una imagen al hacker.
—Mira esto.
Esteban, aún con la pesadez del sueño en los párpados, acercó la cara para observar la imagen. Observó un pergamino ajado con tinta deslustrada y unos párrafos en latín que su cerebro no supo traducir.
—¿Esto qué es? —preguntó, con la voz rasposa por la falta de sueño.
—La pista definitiva.
Esteban no estaba de humor para acertijos. Se pasó una mano por el rostro, intentando despejarse.
—Aclárate, Renato. Que aún estoy casi dormido.
Esteban no lo conocía lo suficiente para saber que le gustaba hacerse el interesante. Al final, tras disfrutar de la expectación que él mismo había creado, habló.
—Esos nombres que ves ahí escritos pertenecen a los antiguos reyes troyanos de la Edad Media en España.
Esteban parpadeó un par de veces y, sin necesidad de pensarlo demasiado, vio por dónde iba aquello.
—Ya. Y supongo que quieres que investigue esos nombres.
—Exacto.
Esteban dejó caer la cabeza contra el respaldo del sillón.
—Lo que me extraña es que no sea Eloy Campos el que me los haya traído.
La cara de Renato cambió. Esbozó un matiz de desdén y su mirada se endureció.
—Eloy no sabe nada de la existencia de este descubrimiento que hice ayer.
—¿Por qué?
Renato se permitió sonreír con aire sibilino.
—Porque no tengo la intención de que Eloy se entere. Quiero que trabajemos juntos. Descubre quién es el rey actual de los troyanos y nos encargaremos de él.
Esteban lo miró de reojo, intentando medir su nivel de locura y se frotó las sienes.
—¡Ni de coña! Luis Conde me mataría. Y Eloy sería el encargado de degollarme.
Renato sacó un papel doblado del bolsillo de su chaqueta con los nombres escritos y se lo tendió a Esteban.
—Eso no va a pasar. En cuanto lo tengamos, lo eliminamos y luego se lo contamos a Luis Conde.
Esteban cogió la hoja y pasó la vista por los nombres escritos. Su estómago se encogió, no por miedo, sino por la sensación de que Renato estaba yendo demasiado lejos.
—Seremos unos héroes para nuestro pueblo —añadió Renato—. Nos lo agradecerán con honores en una ceremonia.
El hacker se levantó y empezó a caminar despacio por el salón. Cuando habló, su voz sonó más grave, para establecer los términos de un contrato que no iba a negociar.
—Escucha, Renato. Voy a trabajar en la lista. Pero en cuanto te vayas, llamaré a Luis Conde y a Eloy Campos. No necesito reconocimiento. Odio a los troyanos, pero ahí se acaba mi papel. Por mis venas no corre tanto veneno como el que circula por las vuestras.
Renato se levantó de golpe, se acercó a Esteban con la cara inflamada y le apuntó con el dedo índice.
—Lo quieras o no, estás predestinado a convertirte en nuestro líder algún día. No puedes renunciar a eso.
Esteban soltó una risa corta, sin humor.
—Eso os lo dejo a vosotros. No quiero saber nada de la venganza de los Mirmidones.
—No puedes renunciar a tus raíces —le advirtió Renato con desprecio—. Ahora ponte a trabajar; necesitamos ese nombre lo antes posible. Y cuando lo descubras, haz lo que tengas que hacer.
Esteban se acercó a la puerta, la abrió y lo invitó a marcharse.
—Por supuesto. En cuanto te vayas, me pondré a trabajar. Pero el nombre del rey de los troyanos primero lo sabrá Luis Conde, después Eloy Campos… y el último en enterarse serás tú.
Renato apretó la mandíbula y sin añadir nada más salió de la casa, cerrando de un portazo.
Desde la ventana, Esteban lo vio subirse al coche y desaparecer carretera abajo pisando a fondo el acelerador.
Se quedó un momento en silencio, con la vista clavada en el camino.
Sabía que Renato no iba a dejarlo estar.
Y sabía que aquello no acabaría bien.
Esteban esperó antes de moverse, pensativo. Maldijo para sí mismo y se dejó caer en el sofá. La información que acababa de recibir le hervía en la cabeza.
No tenía duda de que Renato tramaba algo que iba más allá de lo que decía en voz alta.