La última princesa de Troya 58
66%

58

Santiago Reyes le abrió la puerta y, sin decir nada, la abrazó.

No fue un gesto casual. No fue el abrazo rutinario de un padre a su hija.

Fue un gesto distinto a los de siempre. Más largo.

Más apretado. Lucía lo sintió en la presión de sus brazos, como si estuviera asegurándose de que su hija seguía ahí, intacta.

—¿Un café?

—Sí, me va a venir bien.

Lucía caminó hasta la terraza. Se apoyó en la barandilla y dejó vagar la vista sobre las calles, que ya comenzaban a cobrar vida. Desde allí, la torre de la catedral se erguía vigilante sobre la ciudad, aunque permanecía indiferente a lo que la atormentaba.

Llevaba el cabello recogido en una coleta improvisada. Algunos mechones se escapaban y rozaban su rostro con cada movimiento, buscando, igual que ella, una respuesta.

Se frotó el cuello para espantar el cansancio. Pero el agotamiento no procedía del cuerpo, sino del alma. En sus ojos azules, que reflejaban la vastedad de un océano lejano, traía dibujadas las huellas de la guardia que había pasado en vela y los pensamientos que no la dejaron descansar.

Santiago Reyes llegó con la bandeja y sirvió el café. Lucía le echó media cucharadita de azúcar y removió la cucharilla con una lentitud casi mecánica. Entonces, miró a los ojos a su padre y estalló.

—Papá, ¿qué está pasando?

Santiago bajó la cabeza y suspiró, pensativo. Parecía buscar las palabras correctas en las vetas del suelo de madera. Al alzar la cara, en su rostro no había enfado ni miedo, solo una nostalgia profunda con un envoltorio de ternura.

—¿Recuerdas lo que te conté en Boston?

Lucía le dedicó una mirada fulminante. Lo recordaba perfectamente. Pero las palabras de su padre no iban a calmarla, no esta vez.

—¡Papá, por favor! No me cuentes otro rollo. Ya tuve bastante con el de Boston —la voz de Lucía sonó más fuerte, más desesperada. Necesitaba respuestas claras—. Estoy cansada de la guardia, quiero descansar y lo que menos deseo es estar aquí toda la mañana escuchando milongas.

—Está bien. Como a ti te gusta.

Lucía se enderezó en el sillón y movió la cabeza con brusquedad.

—Te escucho.

—Lucía, lo que voy a contarte va a cambiar tu vida para siempre.

—Estoy preparada.

Santiago tomó su mano y la apretó con fuerza. La miró durante unos segundos. Una mirada que contenía siglos de historia, generaciones de secretos y una verdad que había sido enterrada y protegida durante demasiado tiempo.

—Lucía… somos descendientes del único príncipe de Troya que escapó con vida la noche en la que la ciudad fue destruida.

Lucía sintió que el aire se le atascaba en los pulmones, que la realidad se partía en dos.

Parpadeó, con la sensación de haber escuchado mal.

Sin embargo, algo en su interior había intuido esa verdad desde hacía pocos días, y aquellas palabras abrían puertas olvidadas que reposaban en su memoria.

No obstante, necesitaba certezas, oír de su padre palabras más claras y directas.

—¿Y eso qué significa?

Santiago le acarició la mano. Sus dedos estaban fríos y los entrelazó con los de ella.

—Que yo soy el rey de los troyanos.

Lucía tragó saliva. Su mente trató de procesar la información y lo único que sintió fue un vértigo insufrible.

—¿Y yo… quién soy? —preguntó, siendo consciente de que realizaba la pregunta más tonta del mundo, pero necesitaba escucharlo en boca de su padre.

Su padre la miró con una solemnidad que nunca antes había visto en él.

Se levantó despacio, se acercó y la abrazó con fuerza.

—Tú eres la princesa de Troya.

Lucía sintió que el suelo temblaba bajo sus pies y que el cielo se derrumbaba sobre ella.

Cerró los ojos, pero no sirvió de nada.

Al abrirlos, la primera lágrima escapó sin permiso, con la delicadeza de un hilo de agua que encuentra su cauce. Después otra. Y otra más. No era un llanto desgarrado, sino una emoción más etérea. Su vida ya no le pertenecía.

Ahora entendía muchas cosas.

De golpe los silencios de su padre cobraron sentido.

No descubría un secreto familiar.

Acababa de heredar Troya.