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Lucía no pegó ojo en toda la noche.
No fue un insomnio pasajero ni el agotamiento natural de una guardia. Era algo más visceral, más primario, que le oprimía el pecho cada vez que cerraba los ojos y le hacía sentir que caía en un pozo sin fondo.
Los pasillos del hospital, con su trasiego de luces frías y murmullos apagados, se convirtieron en su refugio, en su manera de esquivar los pensamientos que, cada vez que cerraba los ojos, volvían a embestirla con la insistencia de una pesadilla recurrente.
La noche era interminable, con una sucesión de horas lentas que se derretían en la penumbra de los pasillos del hospital, donde el tiempo transcurría con más pereza y angustia que en el resto del mundo.
Agotada, decidió escapar de la tortura de sus pensamientos a través del trabajo. Volvió al Servicio de Urgencias y pasó la noche dejando que la avalancha de actividad anestesiara sus pensamientos.
Atendió a pacientes con una eficacia meticulosa, prescribió tratamientos y revisó informes con la obsesión de quien se aferra a la rutina para no perder la razón.
Pero en cuanto terminó su turno y se despidió de sus compañeros con una sonrisa mecánica, el abismo volvió a abrirse bajo sus pies, en la penumbra de la habitación a la que volvió a descansar.
Las imágenes de la tarde anterior comenzaron de nuevo a amontonarse en su cabeza sin orden ni sentido, en bucle, encajando una historia que, hasta hacía pocos días, le habría parecido ridícula.
No podía dejar de pensar en la persecución de la limpiadora. Los gritos. La adrenalina recorriendo su cuerpo.
Y luego estaba lo otro, lo que Roberto y Samuel le confesaron con el alivio de quienes guardaron un secreto y por fin lo desvelan. Esas palabras la acosaban, imposibles de ignorar, y quedaron grabadas en su mente.
—Somos troyanos. Tu padre nos ordenó protegerte.
Le habían asegurado que su vida estaba en peligro desde hacía más tiempo del que ella podía imaginar.
Su padre lo sabía.
Claro que lo sabía.
Y se lo había ocultado toda su vida.
Sin embargo, lo peor de todo era la certeza de que su padre aún le podría ocultar más cosas.
Salió del hospital tras el amanecer recién instalado sobre Murcia y el aire fresco le acarició el rostro. En el frío de la mañana sintió que ya no era la misma persona. El aire olía a naranjos, pero Lucía sólo olía incertidumbre.
Igual que todos los domingos tras una guardia, Lucía caminó casi por inercia hasta la churrería donde solían reunirse los trabajadores del hospital después de un largo turno de noche.
El lugar era un refugio de rutina, un recordatorio de que, por más trabajo agotador que reinara en el hospital, siempre habría churros calientes y chocolate espeso al amanecer.
Necesitaba ese chocolate caliente y esos churros recién hechos. No tanto por hambre, sino por la necesidad desesperada de que algo en su vida fuera normal.
El local estaba tranquilo. El murmullo de los clientes acompañaba al sonido del aceite que chisporroteaba en la cocina. Pidió su desayuno y se sentó en una mesa. Se obligó a comer despacio, a disfrutar de cada sorbo de chocolate, a sentir el crujido de los churros al morderlos.
Envolvió con las manos la taza de chocolate caliente. Lo hizo más por el gesto de consuelo que por la temperatura, porque su frío no era físico, sino esa clase de frialdad que nace en el alma cuando el mundo entero se desmorona bajo los pies.
Pagó la cuenta y salió a la calle sin rumbo claro. No tenía prisa por llegar a casa de su padre. De hecho, no estaba segura de querer llegar.
A su alrededor, Murcia despertaba con la pereza de los domingos.
Las aceras vacías, algunos autobuses surcando las avenidas, los jilgueros trinando sobre los naranjos y las moreras esparcidas por la ciudad.
Todo tan normal, tan cotidiano, tan lejos del terremoto que se había desatado en su interior.
Tenía la sensación de que esa mañana no iba a ser como cualquier otra.
Casi sin darse cuenta, terminó frente a la puerta del edificio de su padre. Eran las diez en punto y el pulso le latía en las sienes con fuerza.