56
Santiago Reyes ejecutó Ilión y esperó. La pantalla parpadeó antes de que las ventanas de la videoconferencia aparecieran como espectros cobrando vida en el silencio de su despacho.
A pesar de la distancia, el ritual era el mismo de siempre y la primera en hablar fue Annick Dupont. Desde su apartamento en Lyon, vestida con una camiseta de algodón gris que le daba un aspecto más doméstico que profesional, se ajustó las gafas y dijo con voz neutra:
—Majestad, la conexión es segura.
Santiago aceptó el título con la resignación de quien sabe que el deber no entiende de deseos personales. Sabía que Annick solo lo llamaría así con Lucía ausente.
Antes de que pudiera contestar, Arthur Phillips irrumpió con su voz grave y melodiosa. Desde su despacho en Maryland, con la corbata aflojada y la cara cansada de quien ha pasado la mañana entera entre reuniones, informes y llamadas telefónicas.
—Tengo que pedirte disculpas, Santiago. No pude avisarte antes. Estaba en una reunión y, al llegar a mi despacho, vi que las alertas se habían activado. Detecté el coche del asesino y te llamé de inmediato.
Santiago lo observó fijamente a través de la pantalla. No era la primera vez que recibía información con retraso. Las distancias, el tiempo y la discreción con la que operaban jugaban en contra de la inmediatez.
—Tu aviso fue crucial, Arthur. Y tú ayuda durante la persecución, también.
La sorpresa impregnó la reunión. Olivia Parker dejó a un lado su café y se inclinó hacia la cámara con un brillo de interés en los ojos.
—¿Qué sucedió exactamente?
Santiago se acercó un poco más a la pantalla, apoyó sus manos sobre el escritorio y resumió lo sucedido tras recibir la llamada de Arthur para avisarlo de que el coche del sospechoso estaba aparcado detrás del hospital.
Rodrigo, desde el despacho en penumbra de su casa, carraspeó.
—¿Y Lucía?
Escuchar el nombre de su hija hizo que Santiago se tensara.
—Está bien. Creo que el asesino iba a por ella porque no había ningún troyano ingresado en la planta.
El general Díaz de León entrelazó los dedos y los llevó a su barbilla, pensativo.
—La protección que te sugerí ha surtido efecto.
—Tenías razón, Víctor. No había pruebas de que supieran quién era Lucía, pero tu idea de asignarle protección fue un acierto.
Annick se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa.
—Entonces, ¿Samuel y Roberto cumplieron con su misión?
—No se separaron de ella ni un instante.
—Supongo que ya se habrá enterado de que Roberto y Samuel son troyanos —añadió Rodrigo.
—No he tenido tiempo de hablar con Lucía. Imagino que ellos se lo habrán dicho. Mañana, al terminar su guardia, me reuniré con ella.
Annick inclinó la cabeza hacia la cámara. Un mechón de su cabello rubio cayó sobre su rostro, pero ni se inmutó.
—¿Se lo vas a contar ya?
—No tengo otra opción. Ya ha llegado la hora de que sepa quién es.
El silencio que siguió a sus palabras fue tan espinoso que casi podía cortarse con un hilo fino de acero.
Santiago cerró los ojos y los volvió a abrir.
Todos lo sabían.
La revelación lo cambiaría todo.
Y después de eso, ya no habría vuelta atrás.
En ese instante, un leve parpadeo en la interfaz de Ilión captó la atención de los troyanos. Un pequeño indicador rojo palpitaba en una esquina de la pantalla.
Una conexión desconocida intentaba unirse a la reunión.
Alguien quería espiarlos de incógnito. Aunque lo más simple y probable es que algún hacker friki sencillamente quisiera observarlos.
Annick Dupont fue la primera en reaccionar. Escribió en su ordenador una línea de código con inusitada rapidez, que fue completada por Rodrigo Calderón.
—La conexión es segura —anunció Annick, esbozando una sonrisa de satisfacción. Ella era la principal encargada de la seguridad de la aplicación, junto a Rodrigo, y esa era la frase que más le encantaba pronunciar.
—Buen trabajo, Annick y Rodrigo.
La imagen de Annick Dupont mostró un asentimiento breve y Rodrigo se permitió una ligera sonrisa de satisfacción.
Santiago, con la voz aterciopelada y el gesto endurecido, miró directamente a Víctor Díaz de León.
—Víctor, cuéntanos lo que has descubierto en el interrogatorio del motorista.
El general se inclinó hacia la cámara y su rostro parecía el de un César del Imperio romano con alma de Maquiavelo. Sonrió con una malicia medida, la suficiente para que los demás comprendieran que lo que estaba a punto de revelar cambiaría las reglas del juego.
—Todo. ¡Lo he descubierto todo!
Santiago observó cómo los rostros de todos se tensaban y sus ojos se agrandaban con la sorpresa. Rodrigo, incapaz de contenerse, agitó las manos y preguntó con vehemencia:
—¿Cómo lo hiciste? ¿Qué método de tortura utilizaste?
El general no se molestó en responder de inmediato. Sabía que tenía la atención de todos. Luego negó con la cabeza, como un profesor que tiene la paciencia de explicarle a un alumno, una y otra vez, la lección que no ha entendido.
—Si un hombre no quiere hablar, no habla. Puedes desollarlo vivo, arrancarle las uñas o aplicarle electrodos. Pero si está decidido a callar, callará.
El rostro de Arthur Phillips expresó un destello de irritación en sus ojos. Él también sabía demasiado sobre la brutalidad de las torturas y los interrogatorios.
—Entonces, ¿cómo lo conseguiste? —insistió Arthur, con la curiosidad palpable en su tono de voz.
El general saboreó el momento. Luego, con la cadencia de quien está desvelando un misterio, aseguró:
—Con astucia y sutilidad.
Los troyanos esperaron. No había necesidad de interrumpirle.
El general se irguió en su silla y continuó:
—Sabemos que los Mirmidones tenían fama en la antigüedad de ser los guerreros más duros. Más que los espartanos, incluso. Pero…
Dejó la frase suspendida unos segundos.
—No son inquebrantables.
Todos esperaban la clave. La revelación.
—Tienen una debilidad. La familia.
Una serie de miradas cómplices recorrieron las pantallas. El general sabía contar historias y los tenía atrapados con su narración.
—No fue necesario torturar al Mirmidón. Solo le mostramos las imágenes mediante una videollamada. Su mujer, su hija y sus padres. Todos detenidos y convenientemente inmovilizados.
—¿Y entonces? —preguntó Rodrigo, aunque imaginaba ya la respuesta.
—Le ofrecimos para él y sus familiares una sola opción: vida o muerte.
Ninguno de los presentes necesitó más detalles. Imaginaron lo que había sucedido después.
—En el momento en el que su familia le rogó que hablara, que no sacrificara sus vidas por una guerra que ya no les pertenecía, el motorista se derrumbó y cantó como un pajarito.
—Vamos, cuéntanos lo que cantó —exhortó Santiago.
Díaz de León emitió un soplido de satisfacción. El acto culminante había llegado.
—El capitán de los Mirmidones en España es un agente del CNI llamado Eloy Campos.
Se detuvo para saborear la reacción de sus compañeros.
—Y el actual líder mundial de los Mirmidones, su actual Aquiles, es Luis Conde. Un profesor español que trabaja en la Sorbona.
Un silencio atronador envolvió la sala virtual de la reunión. Ninguno se movía, parecían estatuas petrificadas.
Durante unos instantes, el tiempo se detuvo.
Hasta que un sonido rompió el silencio. Olivia Parker había golpeado la mesa con el puño, derramando su café. Ni siquiera miró la mancha que se expandía sobre su escritorio.
—¡Bien hecho, general! ¡Un trabajo magnífico! —exclamó con rabia—. ¡ Fuck you , Luis Conde, and fuck you , Eloy Campos!
Annick Dupont apretó los puños y los lanzó al aire.
—Ahora, ¡a por ellos!
Todas las miradas examinaron con fiereza a Santiago. Esperaban su reacción.
Víctor Díaz de León clavó sus ojos en el capitán de Los Ojos del Cielo y, con la paciencia de un soldado, exigió:
—Espero instrucciones.
Santiago entrelazó sus manos y emitió su sentencia.
—¡A por ellos!
—¿Los detenemos o los matamos?
La pregunta quedó suspendida en el aire. Los rostros de los troyanos se tensaron aún más, expectantes.
—Muerte a los Mirmidones.
Díaz de León apuntó con el dedo índice a la cámara y proclamó:
—¡Que así sea!
En la pantalla, nadie discutió la orden.
Era una sentencia que llevaba escrita demasiado tiempo en la memoria de sus antepasados.
Y había llegado la ocasión de ejecutarla.
—Ahora me toca a mí —intervino Olivia Parker, deseosa de contar lo que había descubierto—, porque yo también tengo noticias.
A pesar de su expresión de aparente control, el reflejo de la luz en sus gafas no conseguía ocultar las ojeras que le cruzaban el rostro de tantas horas de trabajo que destinaba a la investigación.
—Dinos qué tienes, Olivia —solicitó Santiago.
—Mis compañeros han logrado reconstruir el documento que intentaron quemar en la casa de Carlos Duro.
Rodrigo se removió en su asiento y Annick, siempre inquisitiva, no pudo contenerse. Estaba interesada en el método utilizado.
—¿Cómo?
Olivia dio el último sorbo a su café, el poco que no se había derramado sobre su escritorio y explicó:
—Tuvimos suerte. El papel estaba impreso con una impresora láser en color. El tóner contiene partículas de óxido de hierro y carbón, lo que nos permitió recuperar el texto.
—¿Y qué decía? —preguntó Santiago.
Olivia pulsó una tecla en su ordenador y compartió la imagen del documento reconstruido. Las letras surgieron en la pantalla, fragmentadas, difusas, como si alguien las hubiera arrancado del olvido y emergieran de las cenizas.
—Es una lista de nombres. Mis compañeros están desconcertados, porque no saben qué significan.
—Son amigos troyanos de Carlos Duro —murmuró Annick, comprendiendo lo que tenía delante.
Pero Olivia aún no había terminado. Se inclinó de nuevo hacia la pantalla y continuó:
—En la parte inferior del documento aparecen tres palabras en mayúsculas: REY, REINA y PRÍNCIPE. Y, además, una frase escrita a mano, encerrada en un círculo que, aunque intentaron borrar, hemos podido recuperar por la presión ejercida al escribirla.
Los ojos de todos se clavaron en la imagen.
—¿Qué dice? —preguntó Arthur Phillips.
—El Legado Perdido —anunció Olivia, con voz queda.
El corazón de Santiago se aceleró.
Annick comprendió de inmediato la magnitud de lo que acababan de descubrir, y aunque no era precisamente una mujer impresionable, susurró en su francés natal:
—¡ Dieu …!
Arthur apoyó los codos sobre la mesa y se frotó el mentón.
—Los Mirmidones creían que en este documento encontrarían la clave para descubrir quién es el rey actual de los troyanos.
Rodrigo chasqueó los dedos, un tic nervioso que solo aparecía ante algo que lo impresionaba de verdad.
—Lo que significa que aún no lo saben —concluyó.
—No —confirmó Olivia—. Pero están cerca. Y si siguen buscando, lo encontrarán.
Fue el general Díaz de León quien, con su calma característica, cortó la tensión con unas frases sencillas y letales.
—Tenemos que adelantarnos. Hay que proteger a esos hermanos. Yo me encargo.
—Sí. Antes de que ellos lo hagan —advirtió Santiago.
Después, levantó el dedo pulgar en dirección a la cámara y preguntó:
—¿Alguna novedad sobre la huella?
Olivia y Annick negaron con la cabeza.
—¿Alguna coincidencia de la imagen del asesino con el personal del hospital?
Arthur, Olivia y Annick también negaron con expresiones contrariadas.
—No importa. Os envío las imágenes de la limpiadora de esta tarde.
Santiago suspiró. La fatiga de la jornada comenzaba a hacer mella en él.
—Está bien —dijo, frotándose los ojos con los dedos—. Hoy ya hemos trabajado demasiado. Mañana más.
Todos asintieron y, una a una, las ventanas de la videollamada comenzaron a cerrarse.
Santiago apagó el ordenador y se quedó sentado, en silencio.
Los Mirmidones estaban cerca.
Muy cerca.
Y si querían ganar esta guerra, tendrían que moverse más rápido.
Se dirigió a su habitación sin encender más luces, con la impresión de que el día siguiente no iba a ser mejor.
Tal vez, incluso, sería peor.