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Pasó entre los dos, los empujó con fuerza y los arrojó al suelo. No miró atrás. Lo que quedó a su espalda fueron gritos, carreras y confusión.
Los médicos y los policías reaccionaron tarde. Roberto y Samuel fueron los primeros en moverse. Salieron disparados, empujaron a enfermeras, sortearon carros de medicación y dejaron atrás el desastre.
Lucía apareció en el pasillo, desorientada, tratando de entender qué diablos pasaba. Vio a su padre y a Carmen en el suelo y, al intentar avanzar hacia ellos, se encontró con el caos de policías y médicos que perseguían a alguien que ella no había alcanzado a ver.
—¡Papá!
Su padre alzó la mano, pero no respondió
El Flaco ya estaba en el vestíbulo y corrió hacia las escaleras.
Descendía los escalones de dos en dos mientras escuchaba los pasos de sus perseguidores que retumbaban tras él. En la planta baja miró de reojo hacia arriba. Cuatro, no, cinco. Policías y médicos bajaban a toda velocidad dos pisos más arriba.
« ¡Joder, Reyes ha traído un puto ejército! », pensó.
Al llegar al sótano, giró en un pasillo mal iluminado. Conocía el camino. La puerta de la zona de carga y descarga estaba allí, al fondo. Empujó con el hombro, sintió el golpe del aire fresco de la tarde en la cara y supo que estaba casi fuera.
Subió por la rampa de acceso de los camiones de suministros. Solo unos metros más.
El aparcamiento estaba cerca. Si llegaba al coche, estaba a salvo.
Llegó a la calle, giró a la derecha y corrió. Dobló una esquina y lo vio. Blanco. Esperando como un fiel escudero.
No había agentes de policía.
« ¡Joder, qué suerte! », pensó.
Entró, cerró la puerta y giró la llave en el contacto con la seguridad de quien ya ha escapado de situaciones peores. El motor rugió y las ruedas derraparon sobre el asfalto cuando pisó el acelerador.
Al otro lado de la calle, los policías, Roberto, Samuel y Lucía llegaron justo a tiempo para ver cómo el automóvil del Flaco se perdía entre el tráfico.
Lucía, con la respiración agitada, se giró hacia su padre.
—¿Qué pasa?
Santiago Reyes se frotó la cabeza donde el palo de la fregona le había golpeado. Sus ojos refulgían de rabia.
—Que te lo cuenten Roberto y Samuel.
Acababa de llegar Daniel al volante de una patrulla. Santiago y Carmen subieron con rapidez. Arrancó berreando y salió quemando goma tras la estela del Flaco, con la sirena aullando y las luces azules centelleantes sobre el asfalto.
La persecución había comenzado.
El rugido del motor provocaba un latido acelerado en los oídos del Flaco. La ciudad pasaba en ráfagas de luces y sombras a ambos lados, borrosas por la velocidad y la tensión que le subía por el pecho. No había margen para la calma, solo para la huida.
Sentía cómo la adrenalina convertía su cuerpo en una máquina perfectamente calibrada para la huida.
Sus reflejos estaban agudizados y los movimientos eran precisos.
La información visual y auditiva llegaba a su cerebro en ráfagas milimétricamente digitalizadas para decidir la velocidad del coche, advertir la ubicación de los obstáculos y escoger las posibles rutas de escape.
Tras sortear varias avenidas a toda velocidad, el barrio de Vistabella lo recibió con calles estrechas, casas bajas y coches pegados a las aceras, formando un auténtico laberinto.
No pensaba frenar. No podía. Pasó a centímetros de un grupo de niños que cruzaban confiados el paso de cebra sin ver el peligro que se les echaba encima.
Una anciana se llevó las manos al pecho al sentir el rebufo pasarle por la espalda.
Todo eso quedó atrás en un suspiro. En el retrovisor, solo cabía el espacio para el reflejo de su propio miedo.
Pisó el acelerador.
Giró bruscamente en la avenida Primero de Mayo y dejó un rastro de neumático quemado en el asfalto.
Atravesó el túnel claustrofóbico de las Atalayas sin aminorar la velocidad, con las paredes de cemento estrechándose a su alrededor.
Nadie lo seguía. Y, sin embargo, el peligro era tangible, como un espíritu al acecho.
Se aferró al volante y pisó aún más el acelerador.
La aguja del velocímetro coqueteaba con cifras prohibidas.
No veía luces de la policía, pero su instinto le gritaba que estaban cerca.
Salió disparado del túnel y se topó de bruces con la rotonda de Juan XXIII.
Justo entonces, el semáforo se puso en rojo y las señales acústicas agudas del tranvía comenzaron a sonar.
—¡Mierda! —dejó escapar un taco en voz alta.
Se quedó clavado con los nudillos blancos sobre el volante. Al otro lado, la ciudad continuaba con su rutina de semáforos y prisas. El Flaco miró al espejo. Nada. Pero entonces lo oyó.
Un aullido metálico que perforaba el atardecer.
A lo lejos, la sirena de un vehículo de policía se acercaba a toda velocidad.
El sonido se filtró en sus oídos como un veneno lento. No podía ser. Lo había hecho todo bien, no había dejado rastro. Y, sin embargo, estaban ahí.
No sabía cómo, pero lo habían descubierto. Sabían cuál era su ruta de escape.
El Flaco no lo pensó dos veces. Apretó los dientes, pisó el acelerador y se lanzó contra la rotonda, cruzando los raíles un segundo antes de que el tranvía se estampara contra su coche.
En el último instante, vio cómo la policía quedaba atrapada al otro lado, en la cola del semáforo.
No era un mal golpe de efecto y se permitió el lujo de sonreír.
Les dedicó a los policías un gesto obsceno, parecido a una peineta, y se perdió en la avenida Rector José Lostau, tomando la curva de la rotonda como un borracho trasnochado.
« ¡Premio! La suerte está conmigo », pensó.
Siguió adelante. Atravesó la avenida sin detenerse en los semáforos, esquivó automóviles que frenaban en el último momento y escuchó la bocinas y los improperios de los conductores resonar a su alrededor, pero nada le importaba.
Estaba cerca de su destino. El resto del trayecto lo hizo con más calma. Giró por la calle Doctor Fleming, atravesó la Universidad por la parte trasera y se deslizó por la calle Saavedra Fajardo.
Ahora, solo quedaba desaparecer.
Al llegar al parking subterráneo descendió por la rampa y aparcó al fondo, en una zona poco iluminada. Su pulso ya no era el de un hombre al borde del abismo. Apagó el motor y se bajó con la parsimonia de quien ha logrado burlar a la muerte.
En el asiento trasero, con la maestría de un ilusionista, inició su transformación.
Se cambió de ropa con la rapidez de la experiencia, de alguien que ha hecho esto muchas veces.
Los vaqueros rotos, la camisa blanca, la peluca de pelo negro hasta el cuello y la barba hípster lo transformaron en otra identidad.
El disfraz era tan falso como efectivo. Se miró un segundo en el retrovisor y se aseguró de que ya no quedaba rastro del otro.
El disfraz de limpiadora quedó arrugado en el asiento trasero.
Aún no había terminado.
Faltaba la eliminación de las pruebas.
El Flaco abrió el maletero, cogió la botella de medio litro de agua rellenada con gasolina y la roció con la paciencia de un hombre que enciende un puro tras una gran victoria.
La gasolina impregnó los asientos, el volante y el suelo.
Sacó una cerilla y la encendió. Contempló cómo la llama bailaba y la dejó caer sobre la tapicería.
El coche prendió con una explosión de llamas anaranjadas y humo.
Y lo miró por última vez, para despedirse de su viejo amigo.
Caminó sin prisa hacia la salida, ajustándose la cazadora. Salió a la calle y vio a la policía entrar en el parking.
Se le heló la sonrisa.
—¡Joder! ¿Cómo demonios me han seguido? —masculló en voz muy baja.
No se quedó para averiguarlo.
No corrió, porque corriendo se llama la atención.
Se mezcló con la gente en la calle San Lorenzo y avanzó con las manos metidas en los bolsillos, con la naturalidad de un viandante más.
La calle Trapería lo recibió con su típico bullicio al anochecer, con gente de compras, parejas que paseaban y camareros sirviendo café con leche.
Un mar de rostros anónimos en el que se disolvió sin dejar rastro.
Era la primera vez que fallaba en una misión.
Lo peor de todo es que no sabía en qué se había equivocado, ni qué lo había delatado.
Pero eso no quedaría así. Aprendería de su error.
La próxima vez sería más precavido y certero.