La última princesa de Troya 54
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En la Comisaría de Policía, Santiago Reyes recapitulaba con Carmen Pardo y Daniel Santos todas las declaraciones del personal de Medicina Interna obtenidas el jueves por la tarde y esa mañana.

Llegaron a la conclusión de que la pista más importante que habían obtenido era la aportada por Lucía.

No obstante, también tendrían que averiguar las causas por las que determinadas personas no habían ido a declarar voluntariamente.

Mientras conversaban sobre lo interesante que era esa pista para ellos, sonó el móvil de Santiago.

—Un momento —se excusó.

La voz que escuchó al otro lado era firme, la información precisa y su semblante se endureció.

—Vamos para allá.

Roberto guardó el móvil en el bolsillo de su bata y Samuel se le acercó.

Lucía, avispada, no perdía detalle.

Y ahora se sorprendía del trato afable de ambos hombres que para ella eran tan distintos como el agua y el aceite.

Más aún, se quedó ojiplática al oírlos hablar de fútbol.

—¿Viste el partido de ayer? —preguntó Samuel.

—¡Menudo robo! —exclamó Roberto.

Ella sabía que Samuel Morales no tenía ni idea de fútbol, ni sabía distinguir entre un penalti y un córner. En fin, « ¡cosas de hombres! ». Pensó.

La limpiadora estaba ya junto a la puerta de la sala de sesiones clínicas. Miró de reojo a los dos médicos que charlaban despreocupadamente frente al control de enfermería.

Nadie parecía prestarle atención.

Era su momento.

El segundo acto estaba a punto de empezar.

Sin embargo, la puerta del ascensor se abrió con su cantinela habitual, que oyó el Flaco.

Escuchó unos pasos apresurados salir del ascensor. Se detuvieron de golpe en el vestíbulo al sonar esa melodía tan característica de una determinada marca de teléfonos móviles.

El Flaco entró en modo alerta y agudizó el oído. Estaba acostumbrado a escuchar, a percibir las señales antes de que fueran demasiado evidentes. Se había criado en un mundo donde el silencio era un lenguaje y el ruido, una amenaza.

Por eso, al escuchar una voz ronca y segura al otro lado de la puerta de entrada, supo que el peligro acababa de materializarse.

—Coche blanco aparcado en la calle detrás del hospital con matrícula…

El resto de la frase se perdió en el bullicio del pasillo, pero ya no necesitaba escuchar más. Sabía exactamente de qué coche estaban hablando. Del suyo.

Durante un par de segundos, todo se ralentizó. El sonido de los carros de medicación, el murmullo de las enfermeras, los pasos de familiares y pacientes en el pasillo. Y, sobre todo, esa voz que perforó su mente con una orden directa:

—Daniel, ve hacia allí y vigila ese coche.

Los latidos de su corazón cabalgaron sobre su pecho. No era un presentimiento. Era un hecho. No sabía cómo, pero lo habían identificado. Iban a por él.

« Mierda », se dijo a sí mismo.

El ascensor se cerró con un leve sonido metálico. En su cabeza, el Flaco pudo ver a un policía dentro, descendiendo. Rápido.

La huida no era una opción. Era la única opción.

Analizó el pasillo en fracciones de segundo. Dos médicos bloqueaban el camino. Más allá, dos grupos de enfermeras con carros de medicación. Pacientes y familiares. Demasiados obstáculos.

No obstante, la puerta de entrada a la planta estaba despejada. Entonces los vio. Santiago Reyes y Carmen Pardo. A escasos diez metros más o menos de distancia. Venían de frente, con ese aire de quien está acostumbrado a ejecutar las decisiones que han tomado.

Si algo tenía claro el Flaco era que el malasombra de Santiago Reyes no era un policía normal. Era un depredador. Uno de esos maderos que jamás se conforman con saber que estás ahí; necesitan atraparte y verte tras las rejas.

Tener siempre una vía de escape figuraba en la primera página de su manual del perfecto asesino.

Y no podía permitirse el lujo de ser atrapado.

Movió la mano con la rapidez de un prestidigitador. Del bolsillo sacó el tubo de ensayo y con el pulgar empujó el tapón de goma. Sintió cómo cedía y, al destaparlo, su brazo izquierdo se alzó.

La fregona voló con la precisión de un lanzador de jabalina. Golpeó a Santiago en la cabeza con un sonido seco y el comisario se tambaleó hacia atrás, sorprendido.

Carmen tuvo menos suerte. No vio venir el tubo de ensayo hasta que explotó contra su pecho y la empapó con el líquido que contenía.

Y entonces el Flaco hizo lo que mejor sabía hacer.

Correr.