53
La tarde avanzaba con la pereza de un sábado sin historia.
En el control de enfermería, Lucía fingía tranquilidad.
Jugueteaba con un bolígrafo entre los dedos mientras intercambiaba comentarios con las enfermeras y auxiliares, aunque por dentro seguía en tensión.
Participaba de la conversación, pero permanecía alerta.
Miraba a su alrededor con disimulo y escuchaba sin dar señales de estar atenta. Un truco aprendido con los años.
Sentada con la espalda cercana a la pared, mantenía una postura estratégica desde donde lo podía vigilar todo, como si esperase que alguien surgiera de la nada.
Era una cuestión de instinto. Algo le decía que no debía estar expuesta, que debía tener siempre el entorno bien vigilado, porque el hospital había dejado de ser un lugar seguro y el peligro podía acechar en cualquier momento.
No era una sospecha concreta, sino una sensación viscosa, pegajosa, que se le adhería a la piel desde hacía unos días.
En esta ocasión había comenzado en la planta de Urología, a donde había ido una hora antes a realizar una interconsulta.
Roberto apareció por allí sin previo aviso y una sensación de peligro la recorrió por dentro.
Él no tenía nada que hacer allí, ni motivos para aparecer de repente.
Pero lo había hecho. Como por arte de magia.
O quizás no. Quizás había sido a propósito.
No le cuadraba.
No le gustaba nada.
El eco de unos pasos reverberó en el pasillo y Lucía sintió una punzada de alarma en el estómago antes de mirar para saber de quién se trataba.
La silueta enorme de Roberto Campillo se dibujó frente al control de enfermería, con su caminar pausado, el pelo alborotado con estudiado descuido similar al de un Primer Ministro venido a menos y esa mirada de perro guardián que nunca terminaba de apartar de ella.
Si le dabas un pinganillo y un traje caro, podía pasar por escolta de un pez gordo.
Lucía lo observó hasta que desapareció caminando por el pasillo.
Sintió una opresión en el pecho y resopló con disimulo, hasta que una idea se instaló en su mente: « Lo que me faltaba.
A este tostón de tío lo voy a tener que aguantar durante toda la guardia.
¡Hasta en la sopa! ¡Menudo calvario de guardia! ».
Se obligó a respirar hondo y trató de enfocarse en la conversación de las enfermeras. Se trataba de un comentario para ella misma en tono jocoso. Intentaba mitigar el miedo o los fantasmas que creía ver. No tenía sentido dejarse llevar por la paranoia.
Hasta que, de nuevo, unos pasos hicieron que girara la cabeza. Más ligeros esta vez. Y antes de verlo, ya supo quién era.
Samuel Morales.
Lucía sintió una inesperada sensación de alivio. La tensión en su cuerpo se disipó y se le relajaron los hombros casi sin darse cuenta. Incluso se permitió un pensamiento absurdo: « ¿No vendrá este a tirarme los tejos aquí, en medio del control de enfermería? ».
—¿Qué haces aquí? —preguntó, más relajada.
Samuel vaciló un segundo, sin esperar la pregunta.
—Nada. Solo daba una vuelta.
—Y has decidido que la mejor opción era venir a Medicina Interna.
Samuel esbozó una sonrisa forzada, pero no respondió.
Era una observación inocente, pero en el interior de Lucía la sospecha empezó a brotar.
Si lo pensaba bien, Samuel también encajaba en el perfil.
De repente, tuvo un pensamiento inesperado que le golpeó como un dardo afilado: « ¿Y si fuera él? ¿Y si estaba confiando demasiado en alguien que, en realidad, encajaba demasiado bien en el perfil del asesino? ».
Era un hombre fuerte, con conocimientos médicos relevantes y acceso a casi cualquier parte del hospital. Alguien que podría moverse con facilidad sin levantar sospechas.
De manera instintiva, empujó con los pies y la silla de ruedas giró levemente hacia atrás, acercándola más a la pared.
—¿Te pasa algo?
Lucía negó con la cabeza, pero antes de que pudiera decir nada, un nuevo sonido de pasos le hizo girarse de golpe.
Y allí estaba Roberto otra vez.
Su figura, enmarcada en el pasillo, parecía más grande de lo normal.
Lucía sintió un ataque de terror puro.
Por primera vez en su vida sintió un miedo irracional apoderarse de su cuerpo. Se le secó la boca, el corazón le estalló en el pecho y los músculos se le tensaron.
Dos hombres. Dos presencias que le hacían sentirse acorralada.
Era absurdo, se decía. Estaban en un hospital. Rodeados de gente. No había ninguna amenaza real.
Pero su instinto decía lo contrario.
Y lo que había aprendido en los últimos días era que, cuando tenía una intuición, nunca se equivocaba.
Sin embargo, se dio cuenta de que Roberto no la miraba a ella, sino que observaba ensimismado hacia la entrada del pasillo.
El hospital tenía sus propios patrones, dinámicas en las que todo obedecía a un método científico. Y si algo se salía de esa lógica, significaba que una pieza no encajaba.
A Roberto Campillo nada le pasaba desapercibido.
No porque se creyera uno de los más listos del hospital, sino porque había aprendido, en demasiadas ocasiones y a costa de casos clínicos complicados, que la diferencia entre la vida y la muerte solía residir en pequeños detalles.
Y el detalle, en esta ocasión, era una limpiadora.
No era habitual que a esa hora siguiera en la planta.
Sabía que el grupo de la limpieza tenía su propio ritual, porque de seis a seis y media, la cafetería era su territorio exclusivo.
Un café con leche, un bocadillo, agua y una charla con chismes del hospital antes de seguir con la jornada laboral.
Sin embargo, esa mujer no estaba donde se suponía que debía estar.
La había observado desde que venía caminado por el pasillo, con disimulo, como quien no tiene nada mejor en qué entretenerse, porque le había puesto en alerta un gesto imperceptible que había realizado con el hombro.
La miraba intentando que ella no se diera cuenta.
Podían ser suposiciones suyas, pero ese tic lo volvió a ver y la señal de alarma llegó a la amígdala de su cerebro.
Un leve movimiento de hombro, un espasmo involuntario que traicionó a la mujer sin que ella lo supiera.
Sutil, casi inapreciable, que en cualquier otra circunstancia habría pasado desapercibido.
Pero no en esta. No cuando su cabeza ya estaba programada para detectar anomalías.
Fue el ojo clínico de Gonzalo Vidal el que lo había detectado al examinar las imágenes del asesino. No informó a la policía; solo lo compartió con Roberto, que, taciturno, admitió no haber visto nada.
Disimuló. Echó una mirada rápida a Samuel y tanteó su reacción, antes de girarse y sacar el móvil del bolsillo de su bata.
Fingió revisar un mensaje, pero en realidad activó la cámara de fotos solo para verla y, de paso, vigilarla sin ser descubierto.
La mujer fregaba el suelo con una calma exagerada, como si cada movimiento estuviera coreografiado.
Desde el otro lado del pasillo, la limpiadora también lo vio. Sabía cuándo pasaba desapercibida y cuándo era observada.
No se inmutó. Siguió fregando con parsimonia.
Su vida dependía de hacerlo exactamente igual que cualquier otra tarde.
Pero en su nuca notó un ligero escalofrío que recorrió su espalda.
Por un instante y por el rabillo del ojo, creyó notar que el gilipollas de Roberto, el esbirro de Gonzalo Vidal, se fijaba en ella.
Tranquila, se dijo. Todo está bajo control.
Siguió con su rutina, escurrió la fregona y aprovechó el gesto para lanzar otra mirada de reojo.
Sin embargo, en esta ocasión, observó que el guardaespaldas de Gonzalo estaba de espaldas hablando por teléfono y ya no le prestaba atención. Bien. Mejor así.
Lucía observaba a Roberto.
Y eso no era lógico.
Parecía olvidarse de ella. Se había dado la vuelta y estaba muy concentrado en la llamada telefónica que realizaba.
Samuel también pasaba de Lucía y prestaba toda la atención a lo que sucedía en el pasillo.
Lucía, que supuso que estaban allí por ella y que tanto pánico sintió antes, ahora estaba desconcertada, sin saber qué ocurría, con la sensación de que esos dos hombres, tan distintos entre sí, parecían confabulados.
Algo no encajaba.
La limpiadora terminó de fregar un tramo del pasillo y con un gesto casual, casi ensayado, movió el cartel amarillo de “ atención suelo mojado ” unos centímetros.
Pequeños cambios que le servirían para medir el nivel de atención sobre ella.
Tuvo la impresión de que ahora era Samuel el que la observaba.
Supuso que sería casualidad y miró el reloj.
Faltaban veinte minutos para las seis y media de la tarde.
Aún tenía tiempo de sobra para que esos imbéciles se olvidaran de ella y le dejaran el campo libre para cumplir con su objetivo.
Volvió a escurrir la fregona y aprovechó para sacar de su bolso, que lo tenía colgado en el carro de la limpieza, el tubo de ensayo y el pulverizador. Ambos los guardó con naturalidad en el bolsillo de su uniforme.
Lo tenía todo calculado al milímetro.
Nadie se fijaba en ella en esos momentos.
Seguiría fregando hasta acercarse a la sala de las sesiones clínicas, a la que entraría para seguir con su tarea. Aprovecharía el momento de soledad para verter el contenido líquido del tubo de ensayo en el pulverizador. Y, después, rociaría la tablet de Lucía.
La limpiadora conocía sus movimientos exactos.
Sabía que era de costumbres estrictas y que a las seis y media en punto, cuando estaba de guardia, cogía su tablet y bajaba a la cafetería.
Allí pedía un café que provocaría el efecto que buscaba.
La humedad del vapor del café caliente desprendería microgotas que atraparían a las bacterias de la superficie de la tablet.
Lucía las inhalaría y le provocaría una neumonía grave que la dejaría en fuera de juego.
Un plan perfecto.
Con ello, se aseguraría de que no pudiera investigar en el hospital para su padre durante, al menos, unas semanas. Un período necesario para cumplir sus objetivos.