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El comedor de los médicos de guardia del hospital no era precisamente un lugar acogedor.
Era un espacio funcional, sin más pretensiones que ofrecer un respiro entre consultas, quirófanos y urgencias.
Paredes blancas, ventanales amplios, un mobiliario anodino y el rumor de conversaciones a media voz que flotaban entre las mesas.
Lucía tomó asiento en una de las sillas, deslizó la bandeja sobre la superficie de la mesa y miró el menú con la resignación de quien ya sabe lo que le espera.
Un primer plato sin gracia, un segundo insípido y un postre que, al menos, prometía cierta venganza para compensar la falta de sabor del resto.
Nada nuevo bajo el sol. Comería lo justo, salvaría el yogur y la fruta y saldría de allí cuanto antes.
Cogió el tenedor y estaba a punto de empezar cuando notó una presencia familiar en la sala. Levantó la vista y lo miró de reojo. Allí estaba Samuel Morales, que la observaba con su eterna media sonrisa. Sostenía su bandeja con ese aire relajado que parecía acompañarlo a todas partes.
—¿Está libre?
Lucía lo miró, hizo un gesto con la cabeza y él se sentó al lado de ella, acomodándose con la naturalidad de quien se sabe bien recibido.
No llevaban ni dos minutos en aquella falsa tranquilidad. La puerta del comedor volvió a abrirse y apareció Roberto Campillo.
Lucía suspiró por lo bajo y murmuró:
—¡Ya estamos todos!
Samuel ladeó la cabeza y captó la frase al vuelo.
—¿Qué has dicho?
—Nada, nada… hablaba sola.
Pero Samuel no era tonto. Enarcó una ceja con esa expresión suya que quería decir que no se tragaba una palabra de lo que le habían dicho.
—Últimamente siempre coincidimos en las guardias —planteó Lucía, decidida a cambiar de tema.
—Sí. Pura coincidencia.
—Será eso, pura coincidencia. Pero me gusta estar contigo en las guardias.
—A mí también me encanta coincidir contigo —respondió Samuel, con las mejillas encendidas.
Antes de que pudieran continuar con su juego de medias sonrisas y silencios cómodos, Roberto se plantó junto a ellos, con la bandeja en las manos, con su habitual aire desenfadado y soltó la pregunta que Lucía ya presentía.
—¿Está libre este sitio?
Podría haber dicho que no. Podría haber inventado cualquier excusa. Pero lo cierto es que la silla estaba vacía y eso le dejaba pocas opciones.
—Sí.
Roberto sonrió con esa facilidad suya que no siempre era sincera.
—¿Me puedo sentar?
Lucía cruzó una mirada fugaz con Samuel antes de responder, un intercambio mudo que no pasó desapercibido para ninguno de los tres. No quería que se sentara. Pero, al final, cedió.
—Por supuesto.
Y con ese detalle, la dinámica cambió de inmediato.
Lo que antes era una conversación con sus pausas y sus miradas ahora se convirtió en una comida silenciosa, con la tirantez extendiéndose como una nube cargada de electricidad que Roberto notó, pero que no le dio demasiada importancia.
Samuel, por su parte, se mantuvo en su papel.
Observó la escena con la calma de un hombre que sabía leer las situaciones y prefería no intervenir antes de tiempo.
Lucía, en cambio, no era de las que dejaban las cosas a medias tintas.
—Por cierto, ¿qué haces tú por aquí? Y más siendo sábado. Ya casi no haces guardias y, si las haces, son entre semana.
Roberto, que partía su filete con una calma irritante, sonrió sin darle importancia a la pregunta.
—Pues mira, no tenía nada mejor que hacer y me he dicho: ¡Venga, me voy al hospital a pasar el día!
Lucía no se rio. Ni siquiera esbozó una sonrisa. Se quedó mirándolo con esa expresión que usaba cada vez que pretendían tomarla por idiota.
No estaba para bromas.
—No, en serio —se corrigió él—. Paco Belda tenía un compromiso y, como nadie le cambiaba la guardia, me pidió el favor. Así que aquí estoy.
—Bueno, a ver si la guardia es tranquila y tenemos la fiesta en paz.
Roberto no dijo nada. Samuel tampoco. Lucía cogió su bandeja y se puso en pie con una energía renovada por la necesidad de salir de allí.
—Yo ya he terminado. Me voy. ¡Que disfrutéis de la comida!
Y sin más, se marchó, con el gesto tenso y los hombros firmes, dejando atrás a los dos hombres, que la observaron alejarse con idéntica expresión de desconcierto.
Lucía siguió caminando, sin volver la vista atrás.