La última princesa de Troya 51
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El Flaco se tomaba su tiempo. En su oficio, la impaciencia podía ser un lujo peligroso y él no estaba dispuesto a arriesgar nada por un descuido. Cada detalle importaba. Más de lo que pudiera parecer.

Se vestía con la parsimonia de quien ha hecho esto todos los días, con la seguridad de saber que cada botón, cada pliegue, cada gesto formaba parte de una coreografía precisa.

Frente al espejo, observó su reflejo con la mirada crítica de un maestro de la costura revisando su ajuar antes de iniciar la labor. No era un disfraz lo que iba a llevar puesto, sino una nueva piel, un personaje construido con esmero y disciplina.

Se sentía un artista ante su lienzo.

Se colocó la peluca con movimientos concretos, asegurándose de que cada mechón cayera con naturalidad.

Luego, con la paciencia de un relojero, pintó sus uñas de un color neutro, capa tras capa, sin prisas, y esperó a que el esmalte se secara antes de seguir con la siguiente.

Nada de chapuzas, nada de prisas. Si algo había aprendido en su oficio era que la perfección estaba en los pequeños detalles.

Justo lo necesario para que nadie le prestara demasiada atención y fundirse con genialidad en el entorno de trabajo.

Disfrutaba durante el proceso. Cada trazo lo acercaba más a su nueva identidad, al papel que estaba a punto de interpretar.

Nada de eso bastaba si no lograba meterse dentro del personaje. Ser la mujer que debía ser. Erguir la espalda, suavizar los gestos, medir la cadencia del paso. Perderse en la multitud. Nadie debía mirarlo dos veces, nadie debía fijarse en él, en ella.

El uniforme de limpiadora le sentaba como un guante.

Lo había elegido con cuidado. Sabía que los atuendos demasiado holgados podían hacer que alguien reparase en él por razones equivocadas, pero tampoco demasiado ceñido para llamar la atención.

Ajustado en los puntos clave, con el dobladillo justo, le daba la apariencia de una mujer menuda y trabajadora, de esas que pasan desapercibidas al limpiar los pasillos y las salas de un hospital.

Se lo abrochó tirando de los botones con firmeza y sintió cómo la tela se ajustaba a su cuerpo fibroso, domesticado a base de años de disciplina.

Cuando terminó, se observó otra vez en el espejo y sus pensamientos lo llevaron de vuelta al punto de partida.

Sus ojos, los mismos de siempre, eran lo único que quedaba de lo que una vez fue.

Todo lo demás había cambiado. No quedaba rastro del niño con sobrepeso que había sido años atrás, que había engordado aún más durante la universidad, ni de aquel tipo obeso, con trabajo sedentario y un rostro demasiado fácil de recordar.

Necesitó un año sabático. Un periodo de tiempo en el que desapareció por completo y borró su identidad con la meticulosidad de un falsificador de élite.

Se sometió a un plan dietético riguroso y a un programa de ejercicio físico que cambió su cuerpo por completo.

Había moldeado su aspecto con una determinación casi fanática, aprendiendo a moverse de otro modo y a adoptar posturas que lo hicieran irreconocible.

Tras regresar a su trabajo, nadie lo reconoció: tenía un cuerpo fibroso, delgado y con un índice de grasa corporal ridículo.

En la actualidad, ni Eloy Campos, ni tan siquiera Luis Conde conocían su verdadero rostro.

Y eso lo convertía en el mejor asesino de su pueblo.

Sobre la mesa había un pequeño tubo de ensayo sellado con un tapón de goma.

Un simple frasco, pequeño, insignificante a simple vista.

Pero él sabía lo que contenía y lo que podía hacer.

Dentro, el líquido con millones de bacterias Legionellas se mecía con el movimiento.

Lo sostuvo entre los dedos con el mismo cuidado con el que un monje sostiene un relicario y lo deslizó con suavidad dentro del bolso.

Una joya de la paciencia, del trabajo meticuloso, de la ciencia al servicio de un propósito.

Un ligero retoque al maquillaje y el pintalabios sería el toque final. Deslizó la barra con maestría sobre sus labios finos y sintió una oleada de satisfacción.

Ahí estaba. Perfecto.

El Flaco se contempló una última vez en el espejo. Movió los hombros, estiró el cuello y ajustó la postura. Ya no era él. Ahora era alguien más. Alguien que nadie miraría dos veces.

Antes de salir del vestidor, cogió el bolso y lo colgó del hombro con total naturalidad. Caminó hacia la puerta, apagó la luz y sonrió para sí mismo.

La función estaba a punto de comenzar.

Era el momento de actuar.