La última princesa de Troya 50
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El monasterio se alzaba en el altozano, resistiéndose a ser un testigo mudo de épocas que nadie recordaba. Las piedras viejas, carcomidas por la lluvia y el viento, exhibían un aire solemne, casi investidas de autoridad para juzgar a los hombres que cruzaban su umbral.

Renato llegó sin prisa, deslizándose por la carretera sinuosa que se perdía entre las montañas.

El coche eléctrico avanzaba con la misma suavidad con la que caían los primeros copos de nieve, en un silencio apacible que contrastaba con la inquietud que latía en su interior.

El paisaje, imponente y remoto, le ofrecía un espacio para la calma, aunque él sabía que no era más que una ilusión.

Desde hacía meses, cada uno de sus pasos estaba guiado por una única obsesión. Intuía que la búsqueda llegaba a su fin.

Detuvo el coche frente a la puerta de madera maciza y apagó el motor.

Se puso los guantes de cuero negro, tomó la caja del asiento del copiloto y salió.

Inspiró hondo el aire frío de la montaña y recorrió con la mirada el enclave religioso, con sus piedras centenarias empapadas de historia y sus muros erguidos contra el tiempo.

Se permitió unos minutos para disfrutar del entorno.

Aquel paraíso le producía siempre la misma sensación: embriagaba sus sentidos.

La majestuosidad de las montañas lo atrapó igual que otras veces.

Sus cumbres, ahora cubiertas por la primera nevada de la temporada, vigilaban en silencio el valle encajado a sus pies, donde el pueblo abandonado seguía dormido bajo el yugo de los años.

No era difícil imaginar su vida pasada, con chimeneas humeantes, calles de barro y la voz de los niños que resonaban entre las paredes de piedra.

Pero todo eso ya no existía, solo quedaban ruinas y el susurro del viento enredándose entre los escombros.

Se ajustó la bufanda con la misma lentitud con la que un hombre se ajusta los últimos detalles de su destino.

La nieve comenzó a caer con parsimonia y Renato extendió la mano, dejando que algunos copos se posaran sobre la palma enguantada y se fundieran de inmediato, mientras su respiración dibujaba breves nubes de vapor que se desvanecían en el aire helado.

Caminó hasta la entrada sin apresurarse.

Lo esperaba el monje de siempre, envuelto en su hábito negro y el cíngulo, con el rostro sereno y la misma expresión de callada resignación.

Renato le sostuvo la mirada, pero no dijo nada.

Aquel hombre había jurado votos de silencio, y a él le venía bien.

Le gustaban los lugares donde la gente no hacía preguntas.

Siguió al monje a través del claustro, donde la nieve comenzaba a acumularse en los rincones, convertida en un sudario de plata.

El aire olía a piedra húmeda, incienso y cera gastada.

Conocía bien el camino. Demasiados meses subiendo hasta allí para desenterrar historias muertas entre frágiles pergaminos y estanterías polvorientas.

Lo que buscaba no estaba en las grandes bibliotecas ni en los archivos nacionales.

La verdad, la que a él le interesaba, solía esconderse en rincones de esa índole.

Hacía meses que acudía a aquel lugar para examinar cada rincón de la biblioteca como un arqueólogo de papel y tinta.

Desde que descubriera la lista de los troyanos, su mente entró en una espiral de obsesión y comenzó a devorar cualquier documento que pudiera arrojarle luz sobre el enigma.

Lo mismo le ocurrió al conocer la existencia del monasterio y saber que, en sus proximidades, se alzaba una villa cuyos habitantes habían intentado ocultarse del resto del mundo durante la Edad Media.

Renato tuvo el presentimiento de que se trataba de los troyanos.

Le costó conseguir su objetivo, pero lo logró y atinó en el centro de la diana.

No le interesaban más listas para Eloy Campos.

Ya no.

Ahora, su ambición solo le permitía obcecarse en conseguir el nombre de los reyes que habían gobernado ese poblado.

Y si lo conseguía, estaba seguro de que podría conocer el nombre actual del rey de los troyanos.

Para su propio beneficio.

La biblioteca era un museo del tiempo, un mausoleo de papel donde el pasado respiraba en cada página amarillenta.

Renato cerró la puerta tras de sí y encendió la pequeña estufa eléctrica de cuarzo que había traído en la caja y esperó a que su tenue resplandor comenzara a caldear el ambiente.

Se quitó los guantes y los dejó junto a la libreta, el boli y el teléfono móvil.

Se frotó las manos y echó un vistazo a su alrededor.

Lo conocía todo de memoria: los muebles de madera maciza, las vitrinas llenas de códices encuadernados en cuero ajado, el polvo flotando en el aire.

Un santuario de conocimiento donde el único sonido era el roce de sus dedos al pasar las páginas.

No le interesaban los códices, aunque los repasaba con rapidez, porque en casi todos solo podía leer aspectos relativos al monasterio.

Él centraba su búsqueda en los pergaminos más antiguos de la biblioteca. En ellos estaban descritos los litigios entre los habitantes del pueblo cercano, los nacimientos, las muertes, propiedades, testamentos y cualquier hecho relevante.

El tiempo avanzó sin que se diera cuenta. Horas de concentración absoluta, de ojos que recorrían líneas en latín escritas con caligrafía gótica, de manos cuidadosas que pasaban páginas con la reverencia de quien sabe que cualquier error podría ser irreparable.

Y entonces…

Ocurrió.

Las palabras saltaron a su vista con la fuerza de una revelación.

Al principio fueron solo detalles, sospechas, fragmentos dispersos que su mente tardó unos segundos en ensamblar.

Pero en cuanto su cerebro captó la totalidad del mensaje, sintió que el corazón le daba un vuelco.

Rex . Regina . Successor . Regnum . Thronus .

Las palabras rey, reina, sucesor, reino, trono y otras, estaban dentro de frases que alertaron todos sus sentidos.

Los nombres de personas escritos a su lado parecían esperar su llegada desde el principio de los tiempos, resistiendo el olvido, aferrados a la tinta como si en ellas persistiera la sangre de quienes los llevaron.

Renato dejó el pergamino sobre la mesa y respiró con lentitud. El aire tenía el sabor inconfundible de la victoria. Se quitó las gafas redondas, las limpió y volvió a ponérselas. Necesitaba confirmar que no estaba soñando.

No lo estaba.

Lo había encontrado.

Y se le iluminó el rostro.

Sacó su libreta y escribió con la calma de quien talla en la piedra el último secreto del mundo. Luego tomó su teléfono móvil y fotografió el pergamino, sellando su hallazgo con la frialdad meticulosa de un hombre que no deja nada al azar.

Colocó los pergaminos con delicadeza en el lugar en el que durmieron varios centenares de años y se despidió de ellos con palabras susurradas de agradecimiento. Al devolver los documentos a su lugar, lo hizo con la reverencia de quien entierra a un rey.

Se quedó unos minutos en la biblioteca. Sabía que estaba a punto de despedirse de un espacio cargado de memoria que lo iba a marcar para siempre.

Pasó la mano por la mesa de madera pulida, por los lomos de los libros, por los cristales empañados de las vitrinas.

Y entonces, sin más, recogió sus cosas y salió.

A medida que avanzaba por el claustro, la nieve caía con más intensidad.

Algunos monjes lo miraron con curiosidad, sorprendidos de verlo partir tan pronto.

Pero él no se detuvo. El monje de la entrada inclinó la cabeza en señal de despedida, y Renato entendió que aquel gesto encerraba más de lo que parecía porque, casi con total seguridad, no volvería a verlo.

No se molestó en disimular su satisfacción. Se detuvo junto a la puerta, le dedicó una última mirada a aquel lugar y, sin más, cruzó el umbral.

Se montó en el coche y miró una última vez las montañas. Estaban cubiertas por un velo de pureza absoluta.

Encendió el motor, descendió por el camino serpenteante y dejó tras de sí la silueta oscura del monasterio.

Desapareció sin dejar más huella que el leve murmullo de la nieve cayendo sobre la tierra.

Y ahora, le tocaría afrontar la parte más difícil de su plan.