La última princesa de Troya 49
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Lucía fijó la mirada en el ordenador. Su respiración se ralentizó a medida que, una a una, las ventanas comenzaron a iluminarse con los rostros de cinco personas.

Aquella no era una simple videoconferencia.

Lo sintió en el alma. Había una tensión subterránea, una especie de código tácito entre los presentes, como si todos compartieran un mismo secreto del que ella aún no era del todo partícipe.

Lo más inquietante fue el silencio. Normalmente, en cualquier reunión, la gente saludaba, intercambiaba comentarios triviales, establecía contacto visual con gestos de complicidad. Pero allí no. Allí, todos los ojos estaban fijos en ella. La observaban.

—Esta noche va a estar presente en la reunión mi hija, Lucía.

En la pantalla nadie reaccionó de inmediato. No hubo sonrisas de cortesía ni saludos efusivos. Solo una ligera variación en sus expresiones, una sutil tensión que Lucía no supo interpretar.

—Todos la conocéis bien —continuó Santiago—, pero ella no os conoce a vosotros, así que os voy a presentar.

Lucía sintió un leve estremecimiento al escuchar aquello. Todos la conocían. ¿Cómo? ¿Desde cuándo?

Santiago se inclinó ligeramente hacia el teclado y empezó a nombrarlos, uno por uno.

—Annick Dupont.

El rostro de la mujer de la primera ventana se mantuvo imperturbable. Gafas de pasta negra sobre pómulos afilados, cabello rubio y una expresión calculadora.

—Experta en criptografía y análisis de inteligencia. Trabaja en la Interpol en Lyon.

Annick asintió con un leve movimiento de cabeza. A Lucía se le erizó la piel al pensar en su profesión.

—Arthur Phillips —continuó Santiago, señalando a un hombre de unos cincuenta años y expresión impenetrable—. Agente de la NSA, experto en redes de vigilancia por satélite y espionaje digital, desde Maryland.

Arthur inclinó la cabeza.

—Olivia Parker.

Lucía se encontró con una mujer de facciones afiladas, pelo recogido y una mirada que no dejaba lugar a la improvisación.

—Agente del FBI. Experta en homicidios, investigación forense y perfiles criminales. Trabaja en Washington.

No sonrió. Ninguno lo había hecho aún.

—Rodrigo Calderón.

Sus ojos oscuros brillaban con inteligencia.

—Policía experto en criminalidad digital y en la Dark Web, que se encuentra en Madrid.

Lucía lo miró con interés.

—Y por último, Víctor Díaz de León.

El hombre tenía una presencia imponente, el rostro serio y curtido.

—General del Ejército de Tierra de España.

Lucía sintió que su corazón latía con fuerza. Aquellas cinco personas no habían sido escogidas al azar, sino que formaban parte de un legado que trascendía cualquier organización que ella hubiera conocido.

No era una simple red clandestina. Eran profesionales.

—Lucía está aquí porque, desde esta noche, será un miembro más de Los Ojos del Cielo.

Ella dudó. No sabía qué pintaba allí, ni qué podía aportar a ese equipo.

No hubo preguntas ni sonrisas de bienvenida. Solo leves asentimientos y felicitaciones de manera protocolaria.

Lo que no pasó desapercibido para Santiago fue la manera en que todos se habían dirigido a él. Sin reverencias, sin títulos. Nadie pronunció la palabra que, de acuerdo con la historia de su linaje, debería haber dicho.

Nadie dijo Majestad.

Lucía entendió que todavía quedaban muchas cosas que su padre no le había contado. Supuso que aquella reunión no iba a ser una simple charla entre colegas.

—¿Alguna novedad desde la última reunión?

—Nada —murmuró Olivia Parker, que sostenía un vaso de café en una mano—. Sigo sin información sobre la huella encontrada en casa de los Duro. He cruzado todos los registros, contactado con distintos departamentos. Pero hasta ahora, es un fantasma.

—Tampoco en Interpol —añadió Annick Dupont, y su melena rubia se movió al negar con la cabeza—. He explorado también los registros de Europol, bases militares, sistemas gubernamentales, incluso bases de datos privadas y nada. Si no fuera por la huella, habría jurado que ese hombre no existe.

—Todo el mundo deja rastro en algún sitio —terció Rodrigo Calderón desde su cueva de penumbra, con las luces de los monitores que parpadeaban detrás de él—. Salvo los fantasmas.

Lucía parpadeó, desconcertada. ¿Fantasmas?

—No es el único que ha desaparecido —intervino Arthur Phillips, con su español teñido con un marcado acento mexicano—. El coche también. He revisado las imágenes satelitales en un radio de 50 kilómetros alrededor de Murcia y no hay rastro.

—Todo desaparece si se sabe cómo hacerlo —murmuró Olivia, dando un sorbo a su café—. Pero no para siempre.

—¿Cómo es posible?

—Es posible, pero no me preocupa. He dejado activadas varias alertas en los satélites. Tarde o temprano ese cabrón saldrá a la luz y lo cazaré. En cuanto aparezca, te avisaré, Santiago —aseguró Arthur.

—Si alguien sabe hacer desaparecer cosas, son ellos —masculló Rodrigo Calderón—. Pero yo sí tengo una información interesante que aportar.

Todos prestaron atención. Rodrigo sopesó la gravedad de lo que estaba a punto de decir.

—Hoy ha habido un tráfico intenso de mensajes telefónicos encriptados en la zona norte de Madrid. Algunos de ellos demasiado cerca del CNI. O incluso dentro.

Lucía sintió cómo el pulso se le aceleraba. ¿Los Mirmidones tenían infiltrados dentro del servicio secreto español? No solo mataban, sino que también sabían moverse entre las cloacas del poder.

Entonces, el general Víctor Díaz de León levantó la mano, con ese ademán tranquilo y solemne que solo tienen los hombres que han comandado ejércitos.

—Yo sí que tengo noticias. Y son importantes. Han intentado matar a Blas Redondo esta noche en Madrid.

—¡Qué! —exclamó Santiago, que desconocía ese dato.

—Fue cerca de las instalaciones del CNI —prosiguió el general—. Pero Blas es un policía astuto. Se dio cuenta de que lo seguían y puso en alerta a nuestros Guerreros que estaban todo el día vigilando esa zona. Le tendieron una trampa y ahora tenemos a un Mirmidón entre rejas.

—¿Vivo? —quiso saber Santiago.

—Por ahora.

—Interrógalo de inmediato —ordenó Santiago—. Hay que descubrir lo que sabe, quiénes son sus contactos, dónde se esconden.

—Eso corre de mi cuenta —afirmó el general—. Ese cabrón no tiene ni idea de contra quién se ha metido. Se va a arrepentir de no haberse volado la cabeza.

Lucía sintió que el estómago se le encogía.

De repente se encontraba en mitad de una conspiración de espionaje de la que no tenía ni idea ni control.

No estaba acostumbrada a aquel lenguaje, a la crudeza con la que hablaban de interrogatorios y cacerías humanas.

Pero esto no era ficción. Esto ya formaba parte de su vida real.

Annick Dupont se llevó una mano al mentón, pensativa.

—Si han intentado asesinar a Blas y ha habido tanto tráfico de mensajes encriptados, solo significa una cosa.

—Que la segunda fase ha comenzado —dijo Rodrigo.

—Pero aún no sabemos qué significa El Legado Perdido —añadió Annick—. Y ese es el punto clave de todo esto, porque parece que es lo más importante para ellos.

Santiago apretó los labios y palideció, con la sensación de haber recibido un puñetazo en el hígado.

—Yo también tengo noticias. Y no son buenas.

Lucía giró la cabeza para mirar a su padre y la expresión de sus ojos la heló por dentro.

No era solo preocupación.

Era miedo.

—Hoy hemos tenido nuevas bajas de miembros de nuestro pueblo, asesinados con total seguridad por los Mirmidones.

Las imágenes en la pantalla se congelaron y el dolor se reflejó en los rostros de todos. El general Víctor Díaz de León fue el primero en romper el silencio. Se puso en pie de golpe y se inclinó hacia la cámara con los ojos inyectados en furia.

—¡La madre que los parió! ¡Malditos malnacidos! —rugió. Golpeó la mesa con tal fuerza que la imagen de su cámara se tambaleó—. ¿De quién se trata?

—El matrimonio madrileño que eran amantes del buceo. La versión oficial es que murieron ahogados esta mañana en Cabo de Palos, pero eran buceadores expertos. No doy por buena esa versión, aunque no pueda hacer nada.

—¿Alguna prueba?

—Ninguna —admitió Santiago.

El general, aún de pie, cerró los puños y masculló una maldición antes de añadir con voz gélida:

—Ese matrimonio estaba avisado. Me aseguraron que iban a pasar el fin de semana en casa. Me han engañado y por desobedecer mis órdenes, ahora están muertos.

Annick Dupont, que había permanecido en silencio hasta entonces, inclinó la cabeza y se quedó quieta, calculadora.

—Santiago, has dicho nuevas bajas. ¿De quién más se trata?

—De un matrimonio de Alicante que fueron a Valencia a pasar el día. Los han asesinado a los cuatro en un chiringuito de la playa de la Malvarrosa.

—¿Un asesinato en un lugar público? Debieron ser extremadamente cuidadosos —apuntó Annick.

—O considerablemente arrogantes —intervino Rodrigo Calderón.

Esta vez, fue Olivia Parker quien reaccionó. Dejó el café a un lado y se inclinó hacia la pantalla.

—En un sitio tan concurrido, imagino que habrán dejado alguna pista, ¿no?

—En efecto. Había mucha gente comiendo a esa hora. Una persona cercana a la mesa del matrimonio oyó decir al hijo menor que olía a almendras antes de empezar con los síntomas —confirmó Santiago.

Arthur Phillips se pasó la mano por la barba y sonrió con amargura.

—¡Elemental! Envenenamiento por cianuro. ¡Un clásico!

Lucía no podía evitar visualizarlo. Dos niños, una madre y un padre. Todos juntos en una comida. Disfrutando. Riéndose. Hasta que la muerte, invisible y rápida, se colaba por sus bocas con cada bocado.

No había necesitado la confirmación de Arthur. Desde que su padre lo había mencionado, su mente analítica de médica experta ya había llegado a la misma conclusión.

El general Díaz de León, con la rabia brillando en sus ojos, descargó un puñetazo sobre la mesa y su imagen en la videollamada volvió a tambalearse.

—Está claro que conocen la existencia de algunos de los nuestros.

Y no se andan con remilgos. Nos quieren ejecutar uno a uno.

Voy a interrogar a ese hijo de puta y os aseguro que le voy a sacar toda la información que sepa, aunque le tenga que arrancar los dientes y las muelas de una en una con unas tenazas.

Lucía había escuchado historias de brutalidad, de torturas, pero nunca imaginó estar tan cerca de esa realidad. Sin embargo, el dolor por la muerte de esas personas pesaba más que la rabia o el miedo.

—Estoy sacando mis propias conclusiones sobre todo lo que comentáis —dijo, con voz más firme de lo que esperaba—. Y creo que ahora mismo nuestro pueblo tiene que ser prudente y muy precavido, para no correr el riesgo de ser atacado por los Mirmidones.

Fue pronunciar nuestro pueblo y un estremecimiento recorrió su cuerpo. No se había dado cuenta de lo que acababa de decir hasta que el silencio se instaló en la reunión. Todos la miraban. Y en sus rostros encontró una mezcla de respeto y reconocimiento.

Rodrigo Calderón fue el primero en hablar.

—El general y Lucía tienen razón. Durante más de tres mil años nuestro pueblo ha sabido esconderse y no sé cómo, pero está claro que han logrado una lista de troyanos. Saben quiénes somos.

—O al menos conocen la existencia de algunos de los nuestros —aclaró Santiago—. Pero si han conseguido una lista, significa que hay una brecha en nuestra seguridad.

—Arthur, Rodrigo y Annick, sois los expertos en informática y espionaje. Ya tenéis trabajo. Debéis encontrar al Mirmidón o a los Mirmidones que están detrás del descubrimiento del grupo de troyanos que han sido asesinados —ordenó Olivia, muy cabreada.

—Tengo una nueva pista. En el interrogatorio que hicimos ayer al personal del hospital, Lucía también fue citada y, tras observar las imágenes del asesino del hospital y del repartidor de pizzas en la casa de los Fajardo, está convencida de que se trata en todos los casos de la misma persona.

Arthur chasqueó los dedos.

—Envíame esas imágenes. Y también las de las cámaras de seguridad del hospital en las que aparezca todo el personal, para saber si el asesino trabaja allí.

Santiago ya lo tenía previsto. Tecleó con rapidez.

—Hoy mi equipo ha recabado esas imágenes de la compañía de seguridad que trabaja en el hospital. Annick, Arthur y Olivia, os voy a enviar un archivo para que las tratéis con vuestros programas de reconocimiento facial.

Se oyó el sonido de las teclas. Poco después, los tres miembros de Los Ojos del Cielo dijeron al unísono:

—Recibidas.

Lucía, aún inquieta, no pudo evitar preguntar:

—¿Cómo puedo ayudar yo?

Su padre la miró fijamente.

—Estás en peligro, Lucía. Todos lo estamos. Tenemos que estar alerta las veinticuatro horas del día.

Annick, con la cabeza inclinada y la melena rubia derramada sobre el rostro, corroboró:

—Tienes toda la razón.

El teléfono de Santiago sonó. La melodía se coló en la reunión como si fuera una intrusa. Miró la pantalla y no le gustó nada el nombre que vio en ella.

—Disculpadme. Tengo que responder. Es una llamada importante.

La conversación quedó en suspenso mientras Santiago se echaba hacia atrás y contestaba. Todos observaron cómo su rostro se transmutaba. Primero tensión. Luego incredulidad. Finalmente, rabia.

Colgó y miró a la pantalla.

—Acaban de avisarme que han encontrado el cuerpo del profesor Leone ahogado en el río Arno, en Florencia.

Los rostros de los troyanos se crisparon y comenzaron a proferir una ola de insultos.

Lucía se quedó con las ganas de pronunciar uno también.

Annick, con la voz quebrada, murmuró:

—Sin él, no sería posible que nos estuviéramos comunicando ahora. Era el padre de esta aplicación y de sus secretos matemáticos para no ser hackeada ni detectada.

—Si han llegado hasta el profesor, significa que ninguno de nosotros está seguro —sugirió Olivia.

Santiago se frotó la cara con ambas manos.

—Se acabó por hoy. Mañana a la misma hora. No confiéis en nadie. Tened cuidado.

Con la videollamada terminada, Lucía se quedó en su silla, inmóvil, con los puños apretados y con el corazón encogido, lleno de rabia.

En pocos días, su vida había cambiado para siempre.

Y ahora tenía la certeza, sin lugar a dudas, de que corría un peligro real.