La última princesa de Troya 48
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Lucía salió de su apartamento en la calle de la Aurora con la chaqueta bien abrochada. No hacía frío de verdad, pero la noche murciana, con su humedad persistente, tenía esa manera de colarse en los huesos con el menor descuido. Caminaba por esa calle estrecha, antiquísima, con paso tranquilo.

Avanzaba por el centro de Murcia pensando en la llamada de su padre.

Había un registro extraño en su tono de voz.

No era que sonara tenso o preocupado, sino que había en él un matiz distinto, una seriedad que iba más allá de lo habitual.

Santiago Reyes era un hombre que no improvisaba.

Si en lugar de quedar en un restaurante, como tantas veces, la había citado en su casa, es que tenía una información que compartir con ella en un sitio donde nadie pudiera escuchar.

Avanzó por la plaza del teatro Romea y dejó a un lado la silueta de su fachada iluminada. Pasó por Santo Domingo, con su ficus imponente recortándose contra el cielo, y después se internó en el paseo Alfonso X.

Llegó a casa de su padre a las nueve y media. Él ya la esperaba.

Nada más entrar, Lucía notó el olor de la comida recién traída de algún restaurante de la zona. Detalle curioso. Su padre había tenido tiempo de preparar una cena, pero no lo había hecho. Prefería mantener la atención en otra cosa.

—¿Vino?

—Sí, claro.

Durante la cena, en el salón minimalista, conversaron de asuntos sin importancia: el trabajo, noticias de la ciudad, un caso mediático e incluso del libro que Santiago leía. Era evidente que su padre aguardaba a que ella tomara la iniciativa.

Tras servir el café, Lucía ya no pudo contenerse más.

—Papá. ¿Cómo va la investigación? ¿Hay nuevas pistas del interrogatorio de ayer? ¿Algo en claro?

Santiago apoyó los codos en la mesa, cruzó los dedos y la miró a los ojos. Tenía ese gesto que a Lucía le recordaba los momentos de la infancia previos a una noticia capaz de cambiarle la vida.

—Para eso te he citado esta noche aquí y no en un restaurante —manifestó con calma.

—Vamos, adelante.

—Ya es hora de que sepas cómo trabajan Los Ojos del Cielo y cómo nos comunicamos.

Lucía no pudo evitar un leve arqueo de cejas. Su padre ya le había hablado de Los Ojos del Cielo, pero si ahora estaba dispuesto a explicárselo, significaba que su papel en la historia de los troyanos acababa de cambiar para siempre.

—Cuéntame.

—Ven. Vamos a mi despacho.

—¿Por qué en tu despacho y no aquí?

—Porque nos comunicamos a través de una aplicación de mensajería y vamos a utilizar mi ordenador.

Lo siguió por el pasillo hasta la habitación donde su padre trabajaba desde hacía años. La estancia, funcional y sin adornos innecesarios, tenía el escritorio impoluto. Encima, el portátil de Santiago descansaba cerrado.

Se sentaron. Santiago encendió el ordenador; la pantalla cobró vida y él empezó a hablar con su tono habitual, didáctico, el de alguien que ya había ensayado esas palabras en su cabeza.

—Esta aplicación fue creada por un grupo de ingenieros y matemáticos troyanos, expertos en informática y seguridad. Solo nosotros podemos acceder a ella. No deja rastro, no se puede hackear, no puede ser intervenida. Es nuestra única línea segura de comunicación.

Lucía observó la pantalla. Su padre introdujo una clave larga, de las que eran imposibles de recordar, y luego usó otra aplicación para autenticar la entrada. Nada en ese proceso era improvisado.

—A partir de esta noche, tú también tendrás acceso y te instalaré esta aplicación en tu ordenador y en el teléfono móvil.

Ella observó cómo la aplicación se abría ante sus ojos. Una interfaz sencilla, limpia, encriptada. No entendía todavía el alcance de lo que veía, pero intuía que aquello no era solo un medio de comunicación. Era otra forma de estar en el mundo.

—¿Y con quién vamos a hablar?

—Con los miembros de Los Ojos del Cielo que están luchando para mantenernos con vida.

Lucía tragó saliva. Sintió que acababa de cruzar un umbral invisible.

En la pantalla, la conexión se establecía.