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A orillas del Arno, dos hombres corrían con un trote ligero, sin prisa.
La noche era suya y no tenían otra preocupación que pasar inadvertidos.
Treintañeros, atléticos, con el ritmo de quien ha entrenado lo suficiente para parecer inofensivo.
No necesitaban mirarse ni darse indicaciones; habían memorizado cada paso, cada desviación y cada margen de error.
El frío de la noche abrazaba sus cuerpos y el aire gélido convertía cada respiración en bocanadas de vapor.
Atravesaron el Ponte alle Grazie y pasaron frente a la Chiesa di Santa Croce, donde descansaban los restos de Miguel Ángel y Galileo.
Uno de ellos hizo un comentario burlón, comparando la ironía de los genios y los cuerpos enterrados, con la magnitud de su misión.
Su compañero le rio la gracia con desdén.
Estaban a punto de escribir su propio capítulo en la historia de la ciudad, pero no con arte ni con ciencia, sino con precisión matemática.
Eloy Campos les había dado instrucciones claras. Exactas. Una ejecución sin sangre, sin huellas y sin errores.
Desde allí, enfilaron las calles desiertas y pusieron rumbo al Ponte Santa Trinita, donde el tercer hombre ya los esperaba con la furgoneta oscura, listo para completar la ecuación que su capitán había diseñado con precisión científica.
No hubo largas conversaciones a su llegada.
Bastaron un par de frases y un intercambio de miradas.
El conductor se subió al vehículo, lo puso en marcha y se alejó, listo para la siguiente fase del plan.
Los dos corredores reanudaron su marcha. Se dirigieron hacia una esquina estratégica y permanecieron ocultos entre las sombras.
No hubo improvisaciones. Todo estaba calculado al milímetro.
Y la espera fue breve.
Al ver la figura del profesor Leone a lo lejos, salieron de su escondite, reemprendieron la marcha y mantuvieron una distancia prudente.
Iniciaron la persecución con un ritmo controlado.
Paso a paso.
Metro a metro.
Procuraron que la distancia entre ellos y el matemático se redujera poco a poco. Ajustaron el ritmo y alargaron la zancada.
Lo alcanzaron justo en el centro del puente, allí donde las luz era más tenue y el sonido del agua contra los pilares amortiguaba cualquier otro ruido.
Uno de ellos sacó el aerosol y, con un movimiento rápido, roció el rostro del profesor. Un estallido de partículas suspendidas en el aire y el gas sevoflurano entró en sus pulmones sin que siquiera comprendiera lo que pasaba.
Con la precisión de una ecuación bien resuelta, los Mirmidones esperaron unos segundos para que el gas hiciera efecto.
Alessandro Leone no pudo gritar ni pedir socorro.
Las piernas del matemático flaquearon y perdieron el equilibrio.
Lo sujetaron por las axilas antes de que se desplomara, con la naturalidad de quien asiste a un corredor con un calambre muscular. Nadie sospecharía de dos deportistas que asistían a otro en apuros.
Le quitaron los auriculares, el teléfono móvil y todo lo lanzaron al agua.
Sin pruebas.
Sin rastros.
Cualquier golpe no previsto podría alterar la versión oficial de los hechos.
Sin detenerse, lo llevaron hasta el final del puente, donde la furgoneta esperaba con el motor en marcha.
El conductor ni siquiera preguntó. Abrió la puerta trasera y ellos depositaron el cuerpo dentro, como quien guarda un equipo deportivo después de un entrenamiento.
La furgoneta arrancó en silencio y se perdió por las calles húmedas de Florencia.
Condujeron hasta el Parco delle Cascine. No había prisa. Todo estaba calculado. Aparcaron en una zona del parque cercana a la orilla del río. Bajaron y abrieron la puerta trasera. Alessandro Leone seguía inconsciente.
—Vamos —ordenó uno de ellos, escueto.
Lo tomaron con la misma precisión matemática con la que lo habían atrapado.
Dos lo sujetaron de los brazos y el otro de las piernas.
Lo balancearon adelante y atrás, acumulando energía cinética en cada vaivén.
La escarcha, el puente, el suelo resbaladizo, todo encajaba en la ecuación del crimen perfecto.
Uno, dos, tres…
Y soltaron.
El cuerpo giró en el aire antes de impactar contra el agua con la fuerza suficiente para generar lesiones compatibles con una caída desde el puente. Además, el gas sería indetectable en la autopsia.
Los tres observaron cómo la corriente se encargaba de realizar el resto del trabajo, sumergiendo el cuerpo del profesor para provocarle la muerte por ahogamiento.
No había gritos. No había testigos.
Solo el río Arno que se llevaba su carga.
Sin sangre.
Se giraron y caminaron de regreso a la furgoneta. Antes de arrancar, el conductor sacó el teléfono y marcó un número.
Cuando su interlocutor respondió, solo pronunció dos palabras:
—Misión cumplida.
Eloy Campos, en la distancia, curvó los labios en una sonrisa mordaz. Sus ojos destilaban odio. Tomó la lista que Esteban le había entregado a Luis Conde y tachó otro nombre con un ademán pausado.
Alessandro Leone.
Un troyano menos.
Después, torció el morro. Aún no había recibido la llamada del Mirmidón que iba a simular la muerte del inspector Blas Redondo por un sicario colombiano.