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A Alessandro Leone lo habían definido muchas veces como un profesor cuadriculado, con un matiz casi despectivo.
Desde la infancia había sido así. Cuando otros niños jugaban a la pelota y resolvían disputas a puñetazos y juramentos groseros, él se refugiaba en los números, convencido de que en ellos residía una verdad inmutable que la gente parecía incapaz de ver.
No importaba si se trataba de los griegos con sus teoremas, de los árabes con su álgebra o de los modernos con sus algoritmos; las matemáticas eran para el profesor Leone un código universal, inmortal e incorruptible.
No solo había dedicado su existencia a las matemáticas, sino que en su pureza hallaba la única forma de justicia que realmente le convencía.
No importaba quién hiciera los cálculos ni qué circunstancias rodearan la operación.
El resultado siempre era el mismo. Exacto.
Preciso. A diferencia de la justicia humana, ya fuera judicial, política, deportiva o de cualquier otro ámbito, tan voluble, tan imperfecta, que podría dar cualquier resultado dependiendo del rasero del juez en cuestión, de sus pasiones y de sus intereses.
A sus sesenta años, no había tenido esposa ni hijos y la soledad le resultaba un estado natural.
Cada jornada la tenía estructurada con gran meticulosidad.
Impartía clases en la Facultad de Matemáticas de la Universidad de Florencia por la mañana, despacho y tutorías por la tarde.
Luego, una cena frugal y, si la fatiga lo permitía, un rato de abstracción frente a alguno de los problemas matemáticos sin resolver que coleccionaba en su escritorio como si fueran obras de arte, a los que les hincaba el diente para intentar solucionarlos.
Pero antes de la cena, siempre corría.
Cada noche, después de despojarse de su chaqueta, su corbata y su atuendo de profesor, se vestía con la ropa técnica de marca que le confería la apariencia de un atleta profesional y salía a devorar las calles, plazas y puentes de Florencia con la misma disciplina con la que atacaba las ecuaciones.
Sabía que mantenerse en forma no era solo una cuestión de salud, sino una forma de entrenamiento mental.
Se ajustó los auriculares del móvil antes de comenzar su circuito nocturno.
Salió de su apartamento, a dos calles de la Piazza della Signoria, de nuevo su primer destino.
Disminuyó el ritmo al llegar al lugar y se permitió un momento para admirar la geometría de la réplica del David de Miguel Ángel, que seguía pareciéndole una obra maestra de proporciones perfectas.
Observó su postura altiva y encontró en ella un mensaje oculto que no sabría poner en palabras.
Luego su mirada se deslizó hacia la Fuente de Neptuno, con el dios del mar que desafiaba a la ciudad entera para recordar su poder.
Minutos antes de las diez de la noche, Florencia estaba envuelta en un velo de humedad y el pavimento mojado brillaba tenuemente, obligándolo a mantener una velocidad moderada, un trote cochinero que le restaba más que le sumaba, para el ritmo que le gustaba llevar cada jornada.
Desde allí enfiló hacia la Galería Uffizi. Bordeó el museo para observar las sombras proyectadas por los pórticos, que adquirían un dramatismo inesperado a esa hora de la noche.
El siguiente punto en su recorrido fue el Ponte Vecchio, con sus casas colgadas y la luz dorada de las farolas que se reflejaban en las aguas del Arno.
Al cruzarlo, Alessandro inspiró profundamente y sintió la humedad del río adherirse a su piel.
Amaba su ciudad. Amaba esa rutina. Todo era exacto, predecible, seguro.
Dio la vuelta y se adentró en el Lungarno Acciaiuoli. Allí, sus zancadas se volvieron más ligeras y disfrutó de la vista de los palacios reflejados en el agua, donde la historia y la belleza de la ciudad parecían flotar en cada onda del río.
Aquella noche, sin embargo, algo era distinto.
No supo decir qué exactamente. Tal vez el aire más húmedo, la ausencia de estrellas en el cielo o el sonido, demasiado regular, de otros pasos tras los suyos.
No le dio importancia. No, hasta que llegó al Ponte Santa Trinita, con sus elegantes estatuas de las estaciones en cada esquina de ambas orillas y su vista perfecta del Ponte Vecchio a lo lejos.
Redujo la velocidad porque el suelo mojado hacía resbalar la pisada.
La noche era densa, con una bruma inesperada que se arrastraba sobre el río.
No notó el momento en el que los dos corredores que lo seguían aceleraron la marcha y lo alcanzaron en mitad del puente, en el punto más oscuro, uno por cada lado.
No hubo palabras.
Solo el sonido de una válvula que liberó una nube de millones de partículas invisibles. Un rocío con un sabor químico, artificial, que le cubrió el rostro.
No tuvo tiempo de reaccionar.
Un segundo antes estaba corriendo, con el pulso constante y las piernas en movimiento. Ahora, el puente oscilaba como si el mundo se hubiera convertido en una ecuación errónea.
Su mente, que había sido capaz de descifrar fórmulas complejas y de resolver problemas que desafiaban a otros matemáticos, no pudo encontrar una solución a lo que sucedía.
Un mareo súbito le nubló la vista.
Sus piernas se volvieron plomo y todo a su alrededor empezó a inclinarse.
Las luces de la ciudad comenzaron a desvanecerse.
Y después, se apagaron.