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La tarde caía sobre Madrid con una serenidad engañosa. La zona norte de la ciudad, uno de esos territorios urbanísticos donde la vida transcurre sin apenas asomo de transgresión, era ahora el escenario de una vigilancia que se realizaba con discreción.
Un grupo de troyanos se había apostado allí desde primera hora de la mañana, ocultos en la escasa visibilidad de las esquinas y en el refugio de las calles.
Cada uno sabía lo que buscaba: algo fuera de lugar, alguna señal, alguna pequeña fractura en las personas o los coches que les hiciera sospechar lo descubierto por Rodrigo Calderón.
La luz del día se desvanecía y el frío de la noche comenzaba a hacerse presente, pero ninguno de ellos se iba de allí.
Eran los Guerreros de Los Ojos del Cielo a las órdenes del general Díaz de León, una milicia bien entrenada para la misión que llevaban a cabo.
Todos sabían que acechaba una amenaza.
Con la tarde ya consumida por la noche, Blas Redondo, inspector de la Unidad Central de Delincuencia Especializada y Violenta, decidió unirse a la vigilancia.
La jornada laboral ya había terminado para él, pero su instinto de policía, esa sensación primordial de que el crimen se esconde donde menos se espera y que estaban ejecutando a su pueblo, lo llevó hasta allí.
Sabía que la zona norte de Madrid, además de ser un núcleo de actividad policial y gubernamental, era también la guarida de las sombras más profundas.
El CNI tenía su sede allí, y la idea de que los Mirmidones pudieran estar entre esas paredes le produjo un mal presentimiento.
No tenía claro qué debía buscar, pero su intuición le decía que los enemigos de su pueblo se hallaban cerca y que su presencia se diluía por las arterias de la ciudad, igual que el viento invisible que trae consigo una tormenta.
Su conversación con Santiago Reyes había sido el último empujón en una carrera que no admitía más vacilaciones.
La cacería había comenzado, pero ahora no sabía si él era el cazador o la presa.
Estaba dispuesto a proteger a sus hermanos troyanos, incluso aunque la muerte le fuera en ello.
Arrancó el motor y se sumergió en la corriente de coches que avanzaban como un riachuelo lento.
La ciudad estaba vestida de fiesta. Los escaparates resplandecían con adornos de Navidad y las luces colgaban en las calles con la ingenuidad de quien no sospecha que la muerte podría caminar entre ellas.
Pero Blas no estaba para celebraciones ni para villancicos.
Se deslizaba entre aquel enjambre de vehículos y repasaba el retrovisor cada dos por tres. Conducía con una calma aparente. Detrás de sus ojos atentos, su cerebro trabajaba a toda velocidad. Encajaba piezas y calculaba riesgos.
Desde hacía unos minutos, tres coches y una moto seguían su misma ruta. Avanzaban con una sincronía que no le gustó un pelo.
Levantó la mirada hacia el retrovisor. Tras los coches circulaba un motorista con el casco negro, vistiendo del mismo color la cazadora y los pantalones.
Demasiado negro para ser casualidad. La moto circulaba no muy cerca, tampoco lejos, la justa para no llamar la atención.
Pero Blas no era un ciudadano cualquiera. No era un policía cualquiera.
No aceleró ni frenó. Se limitó a seguir el curso del tráfico y a comprobar hasta qué punto su instinto no le jugaba una mala pasada.
Antes de llegar a la zona peinada por los troyanos, abrió la aplicación de mensajería Ilión y pulsó el teléfono del grupo.
—Estoy en la zona. ¿Alguna novedad? —preguntó con tono neutro.
Uno a uno, los Guerreros dispersos en el área respondieron:
—Nada fuera de lo normal.
—Todo tranquilo.
—Ni rastro de Mirmidones.
—Ya te veo, Blas —dijo una voz.
El inspector, más experimentado que un zorro viejo, le describió a sus compañeros los tres coches que venían tras él desde hacía varias calles y también la moto que veía más atrás.
El troyano apostado en esa área lo seguía con la vista, oculto entre el gentío de la acera.
—Ahí siguen los tres coches y la moto —confirmó.
Blas no dijo nada. Solo miró de nuevo por el retrovisor. La moto seguía allí. No adelantaba. No se quedaba atrás. Simplemente estaba.
Al pasar por una rotonda, giró a la derecha por la primera salida. Al enfilar esa calle, uno de sus compañeros en el chat confirmó lo que ya sabía.
—Ahora solo te siguen dos coches y la moto.
No era la primera vez que Blas Redondo sentía la presencia del peligro.
Lo había vivido en una persecución en Lavapiés, con una bala que le rozó la oreja; en un callejón de Vallecas, seguro de que iban a apuñalarlo; y también aquella vez en la que una mujer de labios rojos le dijo que lo amaba con el mismo tono con el que se firma una condena de muerte.
Esta vez era igual. El miedo le oprimía el pecho, pero no lo dominaba y le hacía estar más despierto.
—Voy a hacer una prueba —avisó por el chat, con la misma calma con la que se escribe una carta de despedida.
Hizo dos giros rápidos y dejó que la ciudad lo tragara y lo escupiera a otra calle.
La confirmación por parte de uno de sus compañeros tardó apenas unos segundos.
—Solo queda un coche y la moto —avisó.
Blas apretó los labios. Condujo sin prisa ni destino fijo, pero la sospecha se convertía en posibilidad. Por el retrovisor observó cómo el motorista no permitía que nadie se interpusiera entre ellos. Llevaba un buen rato ahí. Demasiado atento. Demasiado a la espera.
En la siguiente rotonda había cuatro calles y Blas giró alrededor de ella para enfilar la tercera salida.
Avanzó a través de la nueva calle y escuchó la certificación de otro troyano apostado más adelante.
—Solo la moto sigue contigo.
Sintió un escalofrío. Era un presentimiento, un sexto sentido cultivado durante años de enfrentarse a lo peor de lo peor, a hacer demasiadas detenciones a traficantes, a patear innumerables puertas y a arrestar a numerosos hijos de puta como para creer en coincidencias.
Si un tipo no se despega de ti y se mueve con esa precisión, no es un despistado ni un repartidor de Glovo.
Es un cazador.
Y, de repente, comprendió su nuevo rol en esa tarde aciaga, puesto que se había convertido en la presa.
—Creo que el motorista me está siguiendo —advirtió Blas a sus compañeros—. Voy a girar en la siguiente calle a la derecha y después de nuevo a la derecha, para volver a esa rotonda. Pararé en el semáforo. Os quiero a todos allí y me esperáis por si verdaderamente estoy en peligro.
—Entendido. Estaremos listos.
Una tras otra, las respuestas llegaron con celeridad.
Sus hermanos troyanos comenzaron a moverse con rapidez y ocuparon sus posiciones sin llamar la atención.
Giró una vez.
Blas mantuvo su ritmo y dejó que el tráfico lo arrastrara.
Volvió a girar a la derecha para adentrarse en una calle de sentido único, con coches aparcados a derecha e izquierda y la moto lo hizo también. Siempre detrás. Siempre a la misma distancia.
Lo observó por el espejo. Realizaba movimientos mínimos de cabeza. Analizaba. Esperaba.
Y, escondido tras la cazadora de cuero negra ajustada a su torso, un bulto apenas perceptible, alargado, bajo la axila izquierda.
Blas sintió un latigazo de adrenalina en el pecho.
—Está armado —gritó por el chat a sus compañeros.
Del otro lado, la respuesta fue inmediata.
—Aquí estamos preparados. Sigue hasta el semáforo —avisó uno de ellos.
Una última maniobra.
El semáforo al final de la calle estaba en verde, pero sabía que no tardaría en cambiar.
Jugó su última carta.
Pisó el acelerador. Fingió que iba a cruzarlo.
El motorista mordió el anzuelo.
Aceleró. Se pegó a su izquierda para adelantarlo.
Blas contó mentalmente.
Uno.
Dos.
Tres.
Frenó de golpe y giró el volante con fuerza.
El impacto fue seco. Un golpe de metal y carne contra el asfalto. El motorista salió despedido y rodó por el suelo, atrapado entre el morro del coche de Blas y otro vehículo aparcado.
Todo sucedió en cuestión de segundos.
Antes de que el hombre en el suelo pudiera reaccionar, los Guerreros emergieron de entre los coches y las aceras.
Seis figuras. Rápidas. Precisas. Letales.
—¡Al suelo! ¡No te muevas! —ordenó uno de ellos.
El motorista intentó levantarse, aturdido, con el reflejo automático de buscar su arma. Pero seis pistolas apuntaban directamente a su cabeza.
Blas bajó del coche con el pulso acelerado. En su pensamiento, repetía unas frases convertidas en mantra: « que sea un Mirmidón. Que no me haya equivocado ».
El motorista respiraba con dificultad. No estaba herido, pero sí atrapado.
Blas se agachó, aún con la adrenalina mordiéndole los músculos. Sin apartarle la vista, bajó con cuidado la cremallera de la cazadora.
Y allí estaba.
Una Glock 17 con silenciador, enfundada en un arnés de cuero.
Un suspiro se le escapó de entre los labios. Su intuición le había salvado la vida.
—Lo hemos cazado. ¡Tenemos a uno! —bramó Blas, acelerado, exultante. Otra vez había cambiado de rol en la noche madrileña.
Los troyanos se intercambiaron miradas de satisfacción.
Habían cumplido la misión ordenada por el general.
Habían cazado a un Mirmidón.
Y ese hijo de puta tenía mucho que contar.