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En una terraza del centro de Valencia, tres figuras disfrutaban de su desayuno matutino sin prisas.
La mujer removía su chocolate caliente con una cucharilla y los dos hombres alternaban sorbos de café y bocados a sus crujientes churros.
Nada en su apariencia los delataba. Parecían un grupo más de turistas o quizás residentes que aprovechaban la tranquilidad de la mañana antes de iniciar la jornada, conversando en voz baja.
Eloy Campos les había indicado el lugar exacto y ellos se encontraban allí, atentos a cada movimiento del escenario que se desplegaba ante sus ojos.
Los vieron llegar pocos minutos antes de las diez de la mañana. Un matrimonio con dos hijos, desprevenidos, felices. Se sentaron en una mesa a escasa distancia y no tardaron en pedir su desayuno, ajenos a las miradas que los analizaban con la precisión de un espía.
Al levantarse el grupo de turistas, la mujer se deslizó tras ellos con la destreza de quien ha hecho de la invisibilidad su morada.
Los observó en la catedral y se mantuvo siempre a una distancia prudente, sin permitir que sus pasos resonaran más de lo necesario en el suelo.
A la salida del templo, uno de los hombres tomó el relevo y los siguió con la naturalidad de un caminante cualquiera, un visitador más de la Lonja de la Seda.
El tercer Mirmidón aguardaba en una esquina, listo para seguirlos hasta la Ciudad de las Artes y las Ciencias, y al comprobar que se dirigían al parking, hizo una señal discreta a sus compañeros.
No lo tenían preparado así, por lo que tendrían que cambiar de estrategia.
En el paseo de la playa de la Malvarrosa, el viento les facilitó la tarea. Había pocas personas paseando y la vigilancia se volvió un juego casi trivial. El matrimonio y sus hijos reservaron mesa en el chiringuito y el hombre que los seguía desapareció.
Minutos más tarde, los tres Mirmidones se reagruparon y comenzaron a estudiar el terreno.
Observaron la disposición de las mesas, el movimiento de los camareros, el ir y venir de la cocina.
Se situaron estratégicamente en la barra, cerca de la salida de la cocina y desde donde tenían una vista privilegiada de la mesa de la familia.
Para cualquiera que los mirara, solo eran un grupo de amigos que disfrutaban de unas cervezas.
Oyeron al cocinero anunciar en voz alta que la paella de la mesa número cinco estaba lista. La dejó en el mostrador para que el camarero se la llevara a la familia y ellos entraron en acción.
El plan lo ejecutaron con una sincronización impecable.
Uno de los hombres se situó delante de la paellera y bloqueó la vista desde el chiringuito.
El otro, detrás, cubrió la cocina. La mujer avanzó con rapidez, sacó un pequeño frasco de cristal, vertió el líquido transparente sobre la paella y lo distribuyó de manera proporcional por toda la comida antes de alejarse.
Poco después, un camarero joven llegó, envolvió el asa con papel de aluminio, cogió una esterilla en donde apoyó la paellera y la llevó a la mesa de la familia.
Desde la barra, los tres Mirmidones observaron los ojos radiantes de los cuatro miembros de la familia. Vieron con satisfacción cómo la madre servía los platos antes de que todos comenzaran a comer.
Luego, esperaron.
El veneno no tardó en hacer efecto.
Y los síntomas comenzaron a manifestarse.
Primero fue el niño menor, con un movimiento tambaleante.
Luego la madre, que intentó incorporarse para ver qué le sucedía a su hijo, pero su cuerpo no le respondió y cayó al suelo.
El padre se levantó asustado y trató de levantar a su mujer, pero pronto su fuerza se tornó en debilidad y él también se desplomó sobre el cuerpo de su mujer.
Solo el hijo mayor permaneció un momento más en su silla, inmóvil, confuso, con su mente negándose a procesar lo inevitable.
La alarma comenzó a sonar en el chiringuito. Camareros y clientes se arremolinaron alrededor de la familia tendida en el suelo para auxiliarles y el caos se apoderó del lugar. Cuatro cuerpos convulsionaron. Uno tras otro. Y se apagaron.
Con el gentío ya alzado en gritos y gestos de horror, los tres asesinos ya habían pagado su cuenta.
Se mantuvieron en su sitio unos instantes más y saborearon la escena.
Después se marcharon.
Caminaron tranquilamente por el paseo marítimo hasta su coche.
La mujer sacó del bolso su teléfono móvil, marcó un número y solo dijo dos palabras.
—Misión cumplida.
Al otro lado de la línea, Eloy Campos esbozó una sonrisa sardónica.
Otra familia de troyanos ejecutada.