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El Flaco nunca tenía prisa para matar. No había urgencia en la perfección. Conducía con parsimonia hasta Cabo de Palos. La carretera le pertenecía, el tiempo le pertenecía. Aquel día, su mundo se reducía a una sola misión y la impaciencia no formaba parte del plan.
Aparcó en un lugar apartado de Cala Reona, un punto donde los acantilados descendían en picado hacia el mar y donde el eco de las olas rompiendo contra las rocas se unía al canto lejano de las gaviotas.
Se trataba del lugar en el que Eloy Campos le había indicado que la pareja de troyanos bucearía aquel día.
Esperó pacientemente, transformado en un depredador que conoce mejor que nadie el terreno y a sus presas.
Dentro del coche se quitó la ropa y se enfundó el traje de neopreno.
Los movimientos eran mecánicos, precisos, igual que los de un soldado que ha practicado una y otra vez cómo desmontar y montar su arma con los ojos cerrados.
Del maletero sacó la botella de buceo y comenzó a descender por un sendero estrecho y escarpado que lo llevó hasta la orilla del mar.
Se sumergió antes de que la lancha llegara. El agua fría lo envolvió mientras descendía con la serenidad de quien no teme a la profundidad. Los peces se agitaban a su alrededor, ajenos a la sombra que se deslizaba entre ellos con la letalidad de un escualo.
Encontró el lugar perfecto para la emboscada, en una gran roca junto a un pasillo submarino de pronunciado desnivel y se ocultó tras ella.
Allí, rodeado de magres, sargos, salmonetes y doradas, que se apartaban a su paso con la indiferencia de quien ha visto muchas especies moverse en la profundidad, esperó.
El objetivo apareció pocos minutos después.
El hombre llegó primero. Nadaba despreocupado. Exploraba con la tranquilidad de un pez en su hábitat, maravillado con aquel universo de corales y vida submarina.
No sospechaba el peligro que corría en la profundidad del mar.
El Flaco aguardó el momento exacto. Dejó que la presa se adentrara más en el pasillo. Entonces, con una precisión milimétrica, emergió de su escondite, se deslizó detrás del hombre y, con un movimiento preciso, cerró la válvula de su tanque de oxígeno.
Los primeros segundos fueron de confusión.
Luego de terror.
El troyano se agitó con violencia, pero el Flaco ya le tenía la muñeca asegurada. Empujó su cabeza hacia las profundidades del mar y contuvo cada intento desesperado de luchar.
Poco después, el cuerpo comenzó a convulsionar en espasmos breves hasta quedar inmóvil.
Seguro de haber terminado, volvió a abrir la válvula y dejó que el cadáver descendiera lentamente hasta el fondo del pasillo submarino.
Un accidente perfecto.
Acababa de ejecutar una misión limpia, sin rastros y sin chapuzas, con el objetivo de cumplir al pie de la letra las órdenes de Eloy Campos.
Regresó a su escondite.
Y no tuvo que esperar mucho.
La esposa no tardó en aparecer. Se movió con rapidez al ver el cuerpo de su marido, y esa prisa la dejó expuesta.
En cuestión de segundos, el Flaco repitió la maniobra.
Y el resultado fue idéntico.
Con los dos cuerpos descansando inertes sobre la arena, el Flaco se permitió una media sonrisa, visible solo tras la máscara de buceo. Luego, inició su retirada. Siguió una ruta que sabía que ningún otro buceador exploraría.
En la superficie, el sol brillaba sin culpa.
En el fondo del mar, un matrimonio de troyanos yacía en la inmovilidad de la muerte.
De regreso a su coche, se cambió con la misma calma con la que había ejecutado la misión. Se secó las manos, encendió el motor y marcó un número en su teléfono móvil.
Al otro lado de la línea, Eloy Campos respondió tras el primer tono.
La conversación fue breve. Un informe escueto y conciso.
Misión cumplida.