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No tuvieron que madrugar mucho porque el trayecto desde Alicante hasta Valencia era más bien un paseo, un serpentear manso sobre la autopista que se extendía como un río de asfalto entre campos de cítricos, pueblos y urbanizaciones dispersas.
Solo a la entrada de la ciudad encontraron tráfico, un atasco menor que resolvieron con paciencia.
El matrimonio y sus dos hijos, de doce y catorce años, dejaron el coche en un parking subterráneo del centro y emergieron a la superficie poco antes de las diez de la mañana. La humedad densa les abrazó y el cielo, nublado pero sereno, les prometía un día sin lluvia.
Sabían a dónde se iban a dirigir en primer lugar y caminaron con un entusiasmo casi infantil, con la sonrisa anclada en los labios y los jugos gástricos revoloteando en sus estómagos.
El viento de la mañana arrastraba el aroma a café y chocolate caliente. Ocuparon una mesa en una terraza donde, a pesar del aire frío, se estaba cómodo bajo la protección de unos toldos.
—Cuatro chocolates y buñuelos —pidió la madre con la eficacia de quien ha organizado la excursión al milímetro.
El primer sorbo fue una bendición. El chocolate espeso les calentó el alma y los buñuelos desaparecieron del plato con mayor velocidad que la de la luz.
Allí, en esa mesa, con las manos entibiadas alrededor de las tazas y las bocas manchadas de chocolate y azúcar, eran la imagen de una familia feliz.
Después de desayunar se pusieron en marcha.
A medida que avanzaban hacia la catedral de Santa María, comenzaron a notar el pulso abatido de la ciudad.
Calles en las que la tristeza flotaba en una niebla invisible, cabezas inclinadas y pasos arrastrados.
Las cicatrices de la DANA aún se percibían en los gestos de resignación y rabia de los viandantes.
Entraron en la catedral con el respeto y la curiosidad que infunden los lugares donde el tiempo se ha detenido.
Dentro del templo, la penumbra, el respeto sagrado y la solemnidad los envolvió con su frescura de piedra y su fragancia de cera consumida.
El hijo mayor observaba con admiración y sacó el móvil para hacer fotos, pero su madre le dirigió una mirada de advertencia.
El menor pasó los dedos por el mármol frío mientras el padre explicaba, con tono de enciclopedia, la historia del Santo Cáliz.
La siguiente parada fue la Lonja de la Seda, donde las imponentes columnas helicoidales del Salón Columnario, con sus diecisiete metros de altura, que se alzaban hasta el techo como palmeras de piedra, arrancaron exclamaciones de asombro en sus hijos.
Allí, el matrimonio les explicó que aquel edificio era una muestra del esplendor comercial valenciano, un vestigio de mercaderes que, siglos atrás, sellaban tratos bajo aquellos techos abovedados.
La historia resonaba en las piedras, y en los ojos de los adolescentes se encendía un leve destello de admiración.
El tiempo pasó con la ligereza de los días felices y, sin darse cuenta, ya estaban de regreso en el parking.
Subieron al coche y pusieron rumbo a la playa de la Malvarrosa.
Allí, el viento, aunque frío, no llegaba a ser hostil, sino que les acariciaba el rostro con ternura.
Pasearon por la arena dejando que sus pies se hundieran con cada paso y que las olas lamieran la orilla mientras conversaban sobre trivialidades y bromeaban con los niños.
A las dos de la tarde se sentaron en la mesa del chiringuito.
Todo vibraba con el viento y el olor del mar se sumaba al del arroz que chisporroteaba en las cocinas.
Compartieron unos aperitivos entre risas y, ante la paella valenciana recién servida, el aroma los envolvió en un hechizo.
Los rostros se iluminaron y la boca se les hizo agua.
—Parece de revista —comentó la madre.
La madre sirvió los platos con la parsimonia de quien se entrega a un ritual. Cada grano de arroz parecía engarzado con la perfección del oro y cada trozo de carne y verdura tenía el equilibrio de una obra de arte culinario.
El hijo mayor olfateó el aire.
—¿Oléis eso? —preguntó, con un tono extraño.
Su madre alzó la mirada, sin entender.
—¿El qué?
—Parece que huele a almendras.
El padre, sin darle mayor importancia, contestó con una sonrisa:
—Sí, será por las almendras del aperitivo que aún quedan en ese plato.
Y siguieron comiendo.
Poco después, el hijo menor dejó caer el tenedor sobre el plato y sus ojos, antes brillantes, se enturbiaron.
—Mamá… me siento raro… —susurró.
—¿Qué te pasa? —preguntó, sorprendida.
—Me estoy mareando.
Entonces, el día feliz en Valencia se desmoronó como un castillo de arena ante la subida de la marea.
Y, en un solo instante, todo se fue al traste.