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A las seis y media de la mañana, Madrid seguía atrapada en una madrugada reacia a retirarse, con las calles desiertas muy alejadas de su bullicio habitual.
La autopista se extendía ante ellos como una promesa de libertad.
El matrimonio avanzaba por la calzada, abandonando la ciudad con la euforia de quien escapa, de quien se sabe dueño de unas horas sin compromisos ni obligaciones, del preludio de unas vacaciones de ensueño y un largo puente festivo por delante.
El ronroneo del motor marcaba el ritmo junto a la música que brotaba del equipo de sonido.
No cantaban bien, pero cantaban alto, a pleno pulmón, muchas de las canciones de su lista preferida de Spotify, sin preocuparse por la afinación ni la armonía, entre risas y miradas cómplices.
La carretera les pertenecía, el viaje era suyo, y cada kilómetro que los alejaba de la rutina los acercaba más a esa felicidad sencilla de quienes han decidido exprimir cada instante.
El sol ya se alzaba con fuerza y el mar apareció en el horizonte. Cabo de Palos los recibió con su azul intenso, su brisa salina y con esa sensación de tiempo suspendido que solo ocurre junto al Mediterráneo.
Aparcaron y caminaron hasta el espigón. Deseaban que el viento les acariciara el rostro.
De pie, al borde del abismo marino, con sus siluetas recortadas contra el azul infinito del horizonte, abrieron los brazos y llenaron los pulmones de aire húmedo y salado, dejándose embriagar por el perfume salino que ascendía desde las profundidades.
Allí estaba la inmensidad, la promesa de un día perfecto.
El ritual continuó con la minuciosidad de quienes han hecho esto en muchas ocasiones. De regreso al coche, sacaron del maletero las mochilas voluminosas con el equipo de buceo, que colocaron en sus espaldas y emprendieron camino hacia el puerto, donde los esperaba el club de buceo.
Sus sonrisas se mantenían intactas y reflejaban la emoción de quienes han aprendido a encontrar en el mar su refugio, su templo privado.
El proceso de vestirse con los trajes de neopreno, la revisión del material y la charla con los instructores transcurrió sin prisa. Casi a las doce, abordaron la lancha neumática que los llevaría al punto de inmersión.
Junto a ellos, otros cuatro buceadores y dos instructores compartían la emoción anticipada de la expedición. El motor rugió y la embarcación se deslizó sobre las aguas tranquilas, alejándose de la bocana del puerto para dirigirse a una zona cercana, a las aguas profundas que bordeaban Cala Reona.
El viaje hasta el punto indicado fue breve, el necesario para contemplar los acantilados que se erguían como colosos de piedra.
Después, aseguraron las bombonas en la espalda, ajustaron las gafas al rostro, verificaron el equipo por última vez y se dejaron caer al agua con la fluidez de peces que vuelven a su medio.
La temperatura era agradable, el mar estaba en calma y la visibilidad, excelente. Demasiado excelente.
El Mediterráneo los envolvió en su abrazo cálido y silencioso. Poco a poco comenzaron a descender con movimientos pausados. Dejaron atrás la superficie y se sumergieron en un mundo donde el tiempo tenía otro ritmo, donde el silencio lo gobernaba todo y la vida latía en formas y colores oníricos.
La luz del sol, que se filtraba entre las aguas, creaba reflejos sobre la pradera de posidonia ondulada.
Él iba delante y su esposa más atrás. A medida que descendían, observaban maravillados el desfile de criaturas marinas que los rodeaban con la indiferencia de quienes han visto a muchos humanos invadir su reino.
Bancos de peces pequeños se desplazaban en oleadas sincronizadas.
Un mero de tamaño considerable, con la majestad tranquila de un rey en su territorio, emergió entre las rocas y se cruzó con el marido antes de perderse en la oscuridad infinita del mar.
Él avanzó un poco más. Descendió entre las rocas de una montaña submarina hasta que su ordenador de buceo marcó treinta metros.
Entonces se detuvo ante una estrella de mar de colores vibrantes, una pequeña obra de arte moldeada por la naturaleza.
Allí abajo, rodeado de silencio, se sintió parte de todo aquello, un espectador privilegiado de un ecosistema antiguo e indiferente a la existencia humana.
Era un espectáculo hipnótico, un instante perfecto en el que la armonía de la naturaleza parecía intacta.
Hasta que algo falló.
La primera señal fue el vacío repentino en los pulmones y la imposibilidad de inhalar.
Y la confirmación llegó con una evidencia brutal, al notar que el oxígeno no llegaba.
Un latigazo de pánico le golpeó la conciencia.
Su mano buscó de inmediato la válvula del tanque y sus ojos se abrieron desmesuradamente tras el cristal de la máscara de buceo.
Algo iba mal.
Muy mal.